Hay épocas en las que Barcelona concentra, en pocas semanas, realidades que parecen pertenecer a universos paralelos pero que, miradas de cerca, se tocan con una intensidad inquietante.
En esta ocasión han sido, por un lado, la publicación del Informe Fénix, un diagnóstico duro y sin concesiones sobre el deterioro económico de Catalunya durante los últimos veinticinco años. Por otro, el espectáculo musical y luminoso de la Sagrada Familia con motivo de la visita del Papa, un evento que ha generado una ola de emoción colectiva, orgullo cívico y la inevitable cascada de vídeos compartidos por todo el mundo (y, por qué no decirlo, de comparaciones con la kitsch puesta en escena madrileña un par de días antes).
Dos imágenes de una misma sociedad: una que mira hacia adelante con preocupación, la otra que se contempla en el espejo con admiración. La pregunta que hay que hacerse es si estas dos miradas son compatibles, incluso si se necesitan la una a la otra, o si, por el contrario, se anulan mutuamente.
La caída sostenida del ave
El nombre elegido por los autores dedicho informe no es gratuito. El fénix es el pájaro que debe morir para resurgir, que no puede transformarse sin pasar por el fuego. La metáfora es precisa porque el diagnóstico es implacable, y dice que Catalunya ha vivido un deterioro continuado y se enfrenta, si no actúa, a una decadencia incuestionable hacia 2050. No se trata de un alarmismo retórico. Los indicadores cantan: productividad estancada, salarios deprimidos en sectores que deberían ser generadores de valor y, en definitiva, un modelo que ha crecido a base de incorporar mano de obra poco cualificada a sectores de baja productividad en lugar de apostar por la innovación y el capital humano.
La metrópoli barcelonesa concentra algunas de estas contradicciones con especial intensidad. Barcelona es, en teoría, un destino turístico de alta gama: casi un tercio de las plazas hoteleras son de categoría superior, muy por encima del resto del territorio. Pero también ha proliferado el turismo más popular, el de playa y paella precocinada. El resultado, en todo caso, es que los salarios del sector turístico en la ciudad no alcanzan el umbral que los autores del informe consideran suficiente para sustentar una vida digna sin depender de servicios públicos subvencionados, que sitúan en unos 26.500 euros anuales de media. En otras palabras, el turismo considerado de lujo no tiene el efecto arrastre al alza de los salarios que se le podría suponer.
La foto es incluso más impactante cuando se pone el foco en la economía de plataformas. Cada entrega a domicilio hecha por un rider incorpora, según el informe, una subvención implícita de unos 3,5 euros sufragada por la colectividad. Los bajos salarios de este sector no cubren el coste de los servicios públicos que consumen las personas que trabajan en él. En términos prácticos, la sociedad subvenciona un modelo de negocio que se enriquece a costa de socializar sus costes reales. No es el único sector donde el mercado se disfraza de libre, ni el único de los que lo hacen que es omnipresente en nuestras ciudades, pero sí uno de los más visibles.
Y todavía está la cuestión, cómo no, de la vivienda, que en la Barcelona metropolitana adquiere dimensiones de emergencia. El informe proyecta que Catalunya alcanzará los 10,5 millones de habitantes en 2050 y que cerca de la mitad de este crecimiento se concentrará en la metrópoli barcelonesa, como ya apuntábamos en un artículo anterior. La necesidad de vivienda resultante sería según el informe de unas 300.000 nuevas viviendas, mientras que el planeamiento urbanístico aún en elaboración (el Plan Director Urbanístico Metropolitano) prevé unas 200.000 y, encima, solo abarca el 60% de la población de la metrópoli real, la ciudad de los cinco millones. La brecha entre demanda potencial y planificación puede ser materia de discusión técnica, pero en todo caso evidencia la complejidad de resolver la crisis de acceso residencial que ya hoy expulsa de la ciudad a profesionales jóvenes, familias de clase media y cualquier persona que no tenga la suerte de heredar o de haber entrado en el mercado inmobiliario hace años.
Quema la Sagrada Familia, ¿renace el ave?
Y es en este contexto que llega el espectáculo de la Sagrada Familia. Las imágenes del templo de Gaudí bañado de luz, con el Papa como pretexto más que como figura central (que de hecho acabó siendo el arquitecto revivido con drones) constituyó un ritual que seguramente conectaba con la fe, pero que sobre todo fue una muestra de arte y un ejercicio de marketing urbano de primer orden. Las imágenes recorrieron el mundo en cuestión de horas en todos los formatos que permiten las redes sociales. Barcelona ocupaba de nuevo la portada en los diarios y en los noticiarios internacionales.
La ciudad volvía a demostrar que sabe ponerse en el centro de la atención global con una elegancia que muy pocas urbes del mundo pueden reproducir. Da la casualidad que un amigo me envía este fin de semana una foto de la imponente catedral de Colonia (donde el Barça se juega la Champions de balonmano) y el primer pensamiento ha sido: ¿serían capaces los alemanes de hacerla lucir igual? Pero inmediatamente también otra pregunta: ¿tienen necesidad de ello?
Sería fácil y un poco banal despachar todo esto como una nueva dosis de “pan y circo”. Porque la cuestión de fondo no es si una celebración de este calibre era oportuna o inoportuna, sino si la autoestima colectiva que genera tiene algún valor funcional para hacer frente a cambios estructurales como los que el Informe Fénix reclama.
Y aquí la respuesta es sí, pero con matices importantes.
Las transformaciones económicas que pide el Informe Fénix implican deshacer, reconvertir y en algunos casos eliminar sectores enteros que han sustentado, y todavía lo hacen hoy, a miles de personas. Este tipo de reformas no se pueden hacer sin un grado elevado de confianza colectiva, como ya hemos experimentado en otros momentos. Una colectividad, da igual si hablamos en clave de país o de metrópoli, que se percibe en declive progresivo no moviliza las energías necesarias para acometer los cambios pertinentes.
"Momentos como el espectáculo de la Sagrada Familia hacen algo que los informes no pueden hacer: recuerdan a la ciudadanía que viven en un lugar singular, que pertenecen a una tradición creativa y cultural que no se repite en ningún otro punto del planeta, que hay algo que vale la pena preservar y proyectar hacia el futuro"
En este sentido, momentos como el espectáculo de la Sagrada Familia hacen algo que los informes no pueden hacer: recuerdan a la ciudadanía que viven en un lugar singular, que pertenecen a una tradición creativa y cultural que no se repite en ningún otro punto del planeta, que hay algo que vale la pena preservar y proyectar hacia el futuro. Este tipo de inyección emocional no es un lujo superfluo; es, en términos casi psicológicos, un recordatorio de por qué el esfuerzo de la transformación tiene sentido.
Pero la autoestima, por sí misma, no paga hipotecas ni crea trabajo de calidad. Y aquí radica el riesgo. Barcelona es una ciudad que, amparada en la catarsis olímpica, ha flirteado durante bastante tiempo con el poder de los símbolos como principal fuerza motora, olvidando que en la sala de control hay que tomar decisiones valientes. Lo sabemos, 1992 fue un punto de inflexión real porque las Olimpiadas no fueron solo un espectáculo, sino una palanca de transformación física y económica sobre un modelo previamente planificado. Pero desde entonces, como nos recuerda el informe, a pesar de los grandes atractivos que nos llevan a recibir cada año millones de visitantes, la productividad no crece, los salarios se estancan y el tejido industrial se va a otros territorios.
Renacer de verdad
La metáfora del fénix contiene, pues, una advertencia que a menudo se olvida: el pájaro no renace a pesar del fuego, sino gracias al fuego. La transformación que propone el informe no es indolora. Y da igual si estamos al 100%, al 50% o al 20% de acuerdo con la diagnosis y las recetas concretas que nos proponen estos señores economistas. Lo que es evidente es que nuestra economía no está funcionando de la misma manera para todos.
"Una ciudad que sabe proyectar belleza pero no sabe pagar a sus trabajadores de manera digna, que invita al mundo a admirar su arquitectura pero no puede garantizar vivienda asequible a sus propios hijos, acaba convirtiéndose en un parque temático de sí misma"
Dar la vuelta a la tortilla requiere tomar decisiones que perjudicarán intereses establecidos, que crearán tensiones en sectores acostumbrados a crecer por la vía fácil de la mano de obra barata y la demanda garantizada. Será inevitable que alguien pierda en el proceso de redistribuir la carga hacia un modelo más productivo y justo. Y, si es más justo, quienes ganan y quienes pierden no pueden ser los de siempre. Esto incluye también la dimensión territorial, de manera que el fogonazo que se ha lanzado desde el corazón del Eixample sirva para ver que buena parte del potencial de cambio se encuentra en la metrópoli que lo rodea.
El espectáculo de la Sagrada Familia debería ser, idealmente, no un sustituto de este debate sino su prólogo emocional. La capacidad de Barcelona para emocionar al mundo es un activo real y no hay que menospreciarlo. Pero es un activo que se deprecia si no se trabaja el fondo. Una ciudad que sabe proyectar belleza pero no sabe pagar a sus trabajadores de manera digna, que invita al mundo a admirar su arquitectura pero no puede garantizar vivienda asequible a sus propios hijos, acaba convirtiéndose en un parque temático de sí misma.
"Si la emoción colectiva que genera un templo iluminado se evapora sin dejar rastro en las políticas públicas, en las decisiones presupuestarias, en la voluntad de afrontar reformas incómodas, entonces no será un fénix renacido lo que habrá sobrevolado Barcelona aquella"
Las inyecciones de autoestima, en definitiva, sí que son necesarias. Pero su función legítima es preparar a la sociedad para aceptar el esfuerzo de la transformación, no para evitarlo. Si la emoción colectiva que genera un templo iluminado se evapora sin dejar rastro en las políticas públicas, en las decisiones presupuestarias, en la voluntad de afrontar reformas incómodas, entonces no será un fénix renacido lo que habrá sobrevolado Barcelona aquella noche. Será, simplemente, un fuego de artificio que se desvanecerá después de la traca final.
Sabemos cómo hacerlo, aprovechemos el momento.
