El lector de nuestro Post conocerá sobradamente la irrupción del Menjòmetre, aplicación nacida del caos (ordenado) de las redes y de la pluma misteriosa del antihéroe Segell Fosc, que permite a cualquier usuario preguntar por las subvenciones públicas que ha recibido una empresa o un particular determinado. Muchos de los datos que presenta el Menjòmetre son, diría algún pitiminí de la administración, el mero sumatorio de los datos que los entes públicos ya publicitan en abierto para cualquier consulta del común. Pero, como también sabe todo quisque, los portales de la transparencia (todo hay que decirlo; escasamente visitados y de una usabilidad harto mejorable) ofrecen información válida pero fragmentada de unas ayudas públicas que a menudo dependen de múltiples departamentos y administraciones diferentes y que ---una vez sumadas y comunicadas sin tanta sordina--- nos hacen ver hasta qué punto hay chiringuitos empresariales concertados con dinero público.
Entre toda la información que comparte el Menjòmetre, también hay curiosidades que afectan a los bolsillos de los barceloneses. Hace pocos días, la aplicación nos desveló (adjuntando el contrato en cuestión, de un lustro de longitud) como uno de nuestros chefs estrella de ámbito planetario, Albert Adrià, había cobrado más de 1,5 millones de euros del Ayuntamiento por los servicios de “conceptualización, diseño y producción de propuestas gastronómicas exclusivas” de los nuevos espacios que se abrirán en el parque recreativo del Tibidabo. De entre todas estas atribuciones (por las que el adjudicatario se asegurará una remuneración mínima basada en el 10% de las ventas de... ¡¡¡750 mil pepinos!!!), sorprende la inclusión explícita de la labor “producción del producto de un helado exclusivo”, a la que se destinarán una cantidad de 800.000 euracos. De hacer helados entiendo más bien poco, pero diría que ese nivel de gasto resulta intolerable incluso si el cliente resulta ser un maharajá.
Yo puedo entender perfectamente que nuestro consistorio quiera publicitar la ciudad (o aquello que los imbéciles llaman “la marca Barcelona”) a través de sus cocineros más excelsos, unos hombres y mujeres que han alcanzado la fama mundial, en un principio, sin ningún tipo de ayuda pública y currando como auténticos animales. Y también puedo entender que el Ayuntamiento quiera revertir el destino de un espacio en clarísima decadencia como es el Tibidabo (el cual, si hacemos caso a los últimos datos de postpandemia, llegó a tener 8,5 millones de euros de déficit) a base de excitar el estómago de los cretinos. Pero esta operación suena a pucherazo y huele a un intento típicamente socialista de mantener a ciertos agentes de la restauración con la cartera bien rebosante de pasta para comprarles la voluntad. He consultado las cifras precedentes con mis espías en el universo del marketing de la secta hostelera; no hay ni una sola voz que no me haya dicho que resultan una auténtica locura.
Algunos sectarios de la tribu periodística han cuestionado la aparición del Menjòmetre mediante el manidísimo cuento de afirmar que el invento en cuestión será la herramienta idónea de lo que los cursis tachan de extrema derecha y también la excusa perfecta de todos los que se afanan por recortar aún más algunas ayudas públicas necesarias. Diría que los compañeros de muchos medios no actúan por convicción, sino por el canguelo que les ha dado al saberse mínimamente auditados (y escribo mínimamente, porque el amigo Menjòmetre todavía no se ha ocupado del negocio escandaloso que representan ciertas cooperativas y productoras catalanas en relación con nuestra tele pública...). A todos aquellos a los que el invento les estremezca, les diría que auditar el dinero que cedemos a la administración a cambio de protección, servicios y compensaciones nunca resulta mala idea. Como tampoco lo es que nosotros también perpetremos lo que, al fin y al cabo, el estado hace con nosotros continuamente: a saber, controlarnos.
En resumidas cuentas, la aparición del Menjòmetre también ha servido para poner en solfa la parsimonia y la dependencia del poder de nuestro universo mediático. Porque digo yo que si, una vez publicado y publicitado que alguien cobra 800 mil monedas de plata para conceptualizar un simpático helado, nuestro alcalde no tiene veinte o treinta periodistas persiguiéndole a cada acto y persiguiéndole incluso cuando va a mear con el objetivo de preguntarle qué puñetas representa esta burla... es que, queridos compañeros, tenemos un problema serio. Pero no os preocupéis, amados lectores, que para hablar de esas cosas que todo el mundo calla siempre me tendréis al pie del cañón. Y, como se puede consultar en el propio Menjòmetre, os salgo más que baratísimo.
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