Venecia, una advertencia para Barcelona

Vista aérea de Barcelona. ©Isaac Planella
Vista aérea de Barcelona. ©Isaac Planella

Acabo de regresar de Venecia con una sensación difícil de olvidar. No me preocupa tanto el número de turistas como la impresión de vulnerabilidad que transmite la ciudad.

En algunos momentos, el flujo de personas es tan intenso que deja de ser únicamente una cuestión de comodidad para convertirse en un problema de seguridad. En el momento que un turista o un grupo dejan de cumplir la norma de la fila india por las calles, el tráfico se paraliza y amenaza conflicto. He asistido a alguno.

Venecia posee un condicionante físico que ninguna política turística puede modificar: calles extremadamente estrechas, puentes, callejones y una estructura urbana diseñada hace siglos para una población muy diferente de la actual. Setenta o ochenta mil personas diarias -cien mil, en temporada alta-, se concentran prácticamente en los 5,17 kilómetros cuadrados que compone el centro histórico de Venecia.

Cuando estos miles de personas confluyen simultáneamente en ese espacio, caminar deja de ser una experiencia agradable para convertirse en un ejercicio de paciencia y, en determinados puntos, de riesgo. 

Setenta o ochenta mil personas diarias -cien mil, en temporada alta-, se concentran prácticamente en los 5,17 kilómetros cuadrados. 

Paradójicamente, el problema no se encuentra dentro de los hoteles, los restaurantes o los comercios. Allí la organización funciona razonablemente bien. Es una ciudad híbrida en la que conviven dos tipos de público, aparentemente sin conflicto. El mayoritario, atraído por la oferta generalizada low-cost que te permite comer una buena pizza por nueve euros, una pasta por doce o pasearte en vaporetto; evitar comprar agua o cualquier bebida puesto que quintuplica el precio normal: resulta mejor rellenar una botella en las fuentes públicas.

Y el minoritario, nada desdeñable, al reclamo de una extraordinaria oferta de lujo tanto de ropa como de alojamiento, cultura o gastronomía. El verdadero cuello de botella se encuentra en el espacio público. Son las calles las que hace tiempo no admiten más capacidad.

La consecuencia es evidente: la calidad de la experiencia turística disminuye para contemplar la monumentalidad o ingresar en las tiendas, las dos actividades principales. El visitante dedica más tiempo a abrirse paso entre la multitud que a disfrutar de la ciudad. Y el residente acaba sintiendo que ha perdido el control sobre su propio espacio vital. Y cuando un veneciano se enfada, con toda razón, arde Troya.

El residente acaba sintiendo que ha perdido el control sobre su propio espacio vital.

Algo parecido ocurre ya en determinados momentos en Palma de Mallorca. La presión sobre el espacio urbano empieza a superar la capacidad de absorción de la ciudad, como quedó evidenciado en la reciente masiva manifestación.

Barcelona todavía no ha llegado a ese punto de turistas por metro cuadrado. Si en Venecia se calcula que la densidad media en el centro alcanza los 32.000 turistas por quilómetro cuadrado, en Ciutat Vella alcana los 14.000 turistas por metro cuadrado. No tiene nada que ver Las Ramblas o el Barrio Gótico con el entorno del puente de Rialto o la plaza San Marcos.

Skyline de Barcelona
Skyline de Barcelona. ©Laura Guerrero

Pero precisamente por eso hay que acelerar las intervenciones. Las dinámicas turísticas no cambian de un día para otro y dentro de cuatro o cinco años Barcelona podría empezar a experimentar problemas similares. Por eso, esperándolas como las espero, temo el momento en el que culminen las obras de las Ramblas.

La verdadera pregunta es cuántas personas puede absorber las calles de una ciudad.

La discusión hace tiempo que ha dejado de ser si queremos más o menos turistas. Esa es una discusión propia del siglo pasado. La verdadera pregunta es cuántas personas puede absorber las calles de una ciudad sin deteriorar la seguridad, la movilidad, la convivencia y la experiencia del visitante.

El éxito de un destino no consiste en batir cada año un nuevo récord de llegadas, sino en mantener un equilibrio entre actividad económica, calidad urbana y bienestar ciudadano. 

La Serenísima nos enseña que ese equilibrio puede romperse. 

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Josep-Francesc Valls
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