No existen dos rutinas iguales. Cambian los horarios, los trayectos y la manera de afrontar la mañana. Pero, por diferentes que sean estas rutinas, casi todas comparten un mismo ritual: el café. Hay quien no perdona el espresso a pie de barra, quien prefiere llevárselo mientras camina hacia la oficina, quien entra en una cafetería de especialidad y, antes de pedir, pregunta por los orígenes, el tostador o las notas de cata, y quien sigue fiel al bar de toda la vida. Tantas maneras de tomar café como rutinas hay para empezar el día.
Pero, sea cual sea el café escogido, hay una historia que a menudo queda escondida detrás de cada taza. Porque, más allá de las variedades, los orígenes o los procesos de elaboración, son también las máquinas, los molinillos y los utensilios que han ido transformando la manera de preparar el café los que explican su evolución. Es precisamente este patrimonio, a menudo invisible, el que reivindica el nuevo Museo del Café (Via Laietana, 36), inaugurado a principios de julio, con un recorrido con más de 2.000 piezas históricas que permiten entender cómo ha evolucionado la manera de preparar, servir y consumir café a lo largo de los siglos.
“Hoy preparar un café es tan fácil como introducir una cápsula y pulsar un botón. Pero antes el café llegaba crudo y había que tostarlo, molerlo y prepararlo. Era todo un proceso”. Con esta reflexión, Fabio Panasiti resume el espíritu del Museo del Café, impulsado por su familia, que reivindica toda la historia que se esconde detrás de cada taza: desde los primeros tostadores y molinillos hasta las máquinas de espresso que han revolucionado la manera de preparar una de las bebidas más consumidas del mundo.

Aunque el museo acaba de abrir sus puertas en la capital catalana, el proyecto es el resultado de más de tres décadas de vinculación de la familia Panasiti con el mundo del café. La historia se remonta al año 1994, cuando Giuseppe Panasiti, empresario italiano establecido en Barcelona, detectó una ausencia que acabaría marcando su recorrido. “Cuando mi padre llegó a la ciudad se dio cuenta de que aquí no existía la cultura del espresso italiano”, recuerda Fabio. “Había el café del bar de toda la vida, mucho más tostado, pero no aquel espresso corto y cremoso que en Italia forma parte del día a día”.
Con esta idea, Panasiti inauguró el primer Cafès Di Roma, una marca que, a través de un sistema de franquicias, llegó a superar el centenar de establecimientos antes de ser adquirida por Lavazza en 2001. Aun así, hoy la familia continúa vinculada al sector con tres cafeterías Cappuccino —situadas en Via Laietana, 23 y 44, y en la Rambla, 76— gestionadas por sus hijos.

Mientras tanto, sin embargo, Giuseppe Panasiti había desarrollado otra pasión casi tan intensa como la de servir cafés: reunir máquinas de espresso, molinillos, cafeteras, carteles publicitarios, latas y todo tipo de objetos vinculados a la cultura cafetera. Cada nueva adquisición encontraba su lugar en los establecimientos de la familia, ocupando paredes, estanterías e incluso techos. Con los años, aquel conjunto de piezas acabó desbordando los locales y Panasiti habilitó una pequeña sala de unos veinte metros cuadrados en uno de sus Cappuccino para exponerlas. Pero el espacio pronto quedó insuficiente.
Este primer rincón es el origen del actual Museo del Café. Distribuido en dos plantas, el equipamiento reúne más de 2.000 piezas históricas y una biblioteca especializada con más de 1.200 volúmenes, convirtiendo una colección privada construida durante décadas en uno de los fondos dedicados al patrimonio cafetero más importantes de Europa.
La apertura del Museo del Café coincide con un momento de auténtica efervescencia cafetera en Barcelona. Las cafeterías de especialidad no han dejado de multiplicarse, han aparecido nuevos tostadores locales y cada vez hay más consumidores interesados en el origen del grano o los diferentes métodos de extracción. En este contexto, sin embargo, todavía faltaba un espacio que explicara la historia que se esconde detrás de cada taza.
“Hemos recorrido mucho mundo y no hemos visto nada parecido. Ni en España ni prácticamente en Europa”, asegura Fabio Panasiti. “Para reunir una colección así se necesitan muchos años de pasión”. Y es que el fondo que hoy ocupa las dos plantas del Museo del Café es el resultado de tres años de viajes y búsqueda por todo el mundo para recuperar piezas históricas. Cerca del 80 % provienen de colecciones privadas y muchas han tenido que ser restauradas para recuperar su aspecto original antes de exponerse al público.
Cuando el café despierta todos los sentidos
Pero este nuevo espacio propone una manera diferente de descubrir la historia del café. Aquí no solo se observan máquinas, molinillos y objetos antiguos: se siente el olor del café, se escucha el movimiento de los mecanismos, se tocan piezas que todavía funcionan y se recorre el museo con una taza en la mano. Lo primero que envuelve al visitante, inevitablemente, es el aroma. El olor del café recién molido impregna el espacio y se mezcla con la presencia de cientos de piezas históricas.

Poco a poco, la vista toma protagonismo. El primer impacto para el visitante llega por la variedad de colores, pero también por las dimensiones de unas piezas que cuestan de imaginar cuando pensamos en el mundo del café. Entre los más de 2.000 objetos que forman la colección destacan molinillos gigantes, cafeteras llenas de detalles decorativos y máquinas de espresso que parecen casi piezas escultóricas por su tamaño y diseño. Junto a las grandes máquinas y molinillos, el recorrido descubre también latas antiguas, carteles publicitarios, envases y fotografías que explican cómo el café ha formado parte de la vida cotidiana durante cientos de generaciones.
Entre las piezas más singulares se encuentra un enorme molinillo fabricado en Inglaterra con motivo de la Exposición Universal de Londres de 1862. La pieza, que conserva el sello de la casa real británica en tiempos de la reina Victoria, pasó por los almacenes Harrods de Londres y Buenos Aires antes de llegar a Barcelona. También destaca una cafetera Gaggia que entre 1994 y 2004 formó parte del Central Perk, la cafetería icónica de la serie Friends, y una Victoria Arduino “Extra” de 1910, una máquina de espresso de gran capacidad de la que solo se fabricaron cinco unidades y que funcionó durante años en el Hotel Le Negresco de Niza.

Pero más allá de las grandes piezas, el museo también explica la historia del café a través de los objetos que durante décadas han formado parte de la vida cotidiana: molinillos manuales, tostadoras domésticas, cafeteras, cajas registradoras, envases y material publicitario. La colección, además, también reivindica el patrimonio cafetero catalán, con gran variedad de objetos de marcas locales, que se completan con una biblioteca de más de 1.200 volúmenes en diferentes idiomas.
Y el museo todavía reserva un espacio para descubrirse también a través del oído y el tacto con una experiencia exclusiva que permite preparar un espresso con una máquina original de los años cincuenta y un molinillo restaurado, recuperando los mismos gestos que durante décadas formaron parte del ritual del café. En este momento, la visita deja de ser solo contemplativa: se escucha el sonido de los granos cuando pasan por el molinillo, el movimiento de los mecanismos antiguos y el vapor de la máquina en funcionamiento, mientras el visitante experimenta el proceso de elaboración. “No queremos que la gente solo venga a observar máquinas antiguas, sino que también pueda experimentar toda la historia del café”, defiende Panasiti.

Y, como no podía ser de otra manera, el espacio también despierta el sentido gusto. El museo incorpora, en la entrada, una zona de cafetería y degustación, independiente del recorrido museístico, pensada tanto para quien simplemente quiere disfrutar de un buen café como para los visitantes que prefieren continuar la visita con una taza en la mano. Lo pueden hacer con una mezcla creada exclusivamente para el espacio, la Supercrema Blend, pensada para recuperar la textura cremosa del espresso italiano y elaborada con un 70 % de arábica procedente de Brasil, Nicaragua y Colombia y un 30 % de robusta de la India; así como otros cafés de origen de Brasil, Etiopía y Colombia, con perfiles aromáticos diferentes.
Con este recorrido a través de todos los sentidos, el Museo del Café quiere ser, como defiende Panasiti, un espacio abierto tanto a los apasionados de esta bebida como a quien simplemente tenga curiosidad por descubrir su historia. Desde vecinos del barrio hasta profesionales del sector, coleccionistas o turistas que buscan una experiencia diferente, cualquier visitante puede encontrar una manera de acercarse al mundo del café. Abierto todos los días de lunes a domingo, con una entrada de 8,50 euros para adultos, el museo recupera objetos que a menudo han pasado desapercibidos para mirar atrás y entender cómo una taza de café, hoy tan presente en las diferentes rutinas diarias, es el resultado de siglos de historia, tecnología y pequeños rituales.
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