Una mesa y una silla

Espectáculo 'Tendrament', de Judit Colomer y Pau Vinyals © Teatre Akadèmia
Espectáculo 'Tendrament', de Judit Colomer y Pau Vinyals © Teatre Akadèmia

'Tendrament' es la nueva obra escrita, dirigida e interpretada por Judit Colomer y Pau Vinyals en el teatro Akadèmia

28 de septiembre de 2026 a las 05:30h

Tendrament (ahora en el teatro Akadèmia de la calle Buenos Aires, pero estrenada hace unos meses en la Beckett) es una maravilla interpretativa, conceptual y estilística. Poética y humorística a la vez, luce una falsa sencillez de producción (sobre todo de concepción, de gestación y seguro que de parto) y una fuerza extraordinaria en cuanto al relato. Digo el relato porque no puedo decir el guion, porque en esta obra desde el primer momento parece que el guion no exista: al auditorio se nos habla de manera personal y directa desde el principio, invitándonos a formar parte de la situación (y digo situación, y no historia). No hay una historia, hay una pareja que lleva once años juntos y que se conocieron en el mundo del teatro. Dos personajes, o más bien dos personas que viven los recuerdos, los traumas, las esperanzas (el estado de buena esperanza) y las contradicciones con una intensidad sincera, bella, tan transparente que casi parece ingenua. Dos niños perdidos, a veces, en el mundo de las elecciones de los adultos.

Autoficción, pero sin mucha ficción: autorretrato en movimiento, diría. No lo había visto nunca tan bien logrado en un escenario. Pau Vinyals es un huracán de sensibilidad, una locura hiperactiva, camaleónico y sorprendente, con una pátina de “joker” mal hilvanado. Un personaje/persona que nunca tiene suficiente en la propia exploración (sobre todo la sexual y afectiva) y que parece creerse letra por letra aquello que dice, y gesto a gesto aquello que hace: debe ser una de las ventajas de aquello que llaman “teatro del yo” (o del “nosotros”), a pelo, a chorro, a saco. Porque la otra parte del “nosotros” es Judit Colomer, hilarante, enérgica, de Manlleu, de una naturalidad tan cómplice que te la llevarías de copas ahora mismo, pero también de una verosimilitud emocional abrumadora. Ríe, sufre, es el payaso listo de la función, como lo son la mayoría de mujeres en las parejas (y si es que en este caso podemos poner género a los miembros de la pareja, que todo es relativo, como siempre ha sido relativo que una mesa y una silla tengan que tener género femenino).

La idea, el concepto, es tan loco como brillante y honesto. Funciona, de arriba abajo, con la pantalla del bebé durmiendo al fondo y las guerras internas (y mutuas) que despliegan alrededor de dos muebles. La reflexión principal es sobre la pareja clásica heteropatriarcal, y sobre cómo la configuración y distribución de los muebles de una casa ya prefigura (o no, según los casos) este modelo. Bien encontrado que los focos iluminen silla Y mesa mientras los dos actores están fuera y continúan conversando, bien encontrados los recursos teatrales que evocan el pasado de la pareja (el primer beso, insultantemente “mecánico”, o la primera mirada, en un descanso teatral) y una buena manera de poder practicar un cierto exhibicionismo interpretativo (hiperbólico, ansioso) por parte de Vinyals. Ella no se queda corta, pero no es ninguna exhibicionista: ya desde el principio nos deja claro que ella nunca ha hecho esto, que ella es escenógrafa. Si se descuida.

La reflexión principal es sobre la pareja clásica heteropatriarcal

Cuesta mucho condensar el argumento y por eso los programas de mano no acaban de hacerle justicia. ¿De qué va, esta obra? Porque no va de una historia que empieza y acaba, va de un estado, de la buena esperanza y de las esperanzas rotas, va de una situación que combina la mediana edad y la paternidad (la maternidad) con la intensidad demencial del mundo del teatro. Quizás en algún momento cuesta entender alguna referencia, alguna metáfora, pero la poesía global funciona igualmente y continúa interpelando a todo el mundo. Por eso reímos, porque nos vemos reflejados, porque parecemos todos juntos antiguos colegas de la pareja. Un abuso de la tensión hacia el público, cuando invitan a bailar claqué o a besarse encima del escenario, en una búsqueda (supongo) de la empatía hacia la incomodidad intrínseca del mundo escénico. Pánico escénico, que le llaman, pero sufrido desde fuera del escenario. También una muy buena salida, por incómoda que sea.

En definitiva, es un hallazgo para el talento presencial y para la idea misma. Sin historia, sin relato, solo con un retrato costumbrista de una pareja en un mundo no costumbrista, o bien donde el costumbrismo se ha vuelto demasiado lleno de opciones. La no-binaridad, el poliamor, la homosexualidad, la heterosexualidad, la bisexualidad, la condición queer, la confusión, la discriminación, el TNC, Joan Ollé, el Institut del Teatre. El piso, el sentar la cabeza, el ser padres. Cómo ser padres ante un espejo tan roto, ante tantas ficciones posibles, tantos relatos íntimos posibles. Teatro del nosotros a la máxima potencia, incluyendo al público en el concepto. De nuevo, una reconfortante celebración de nuestro talento interpretativo. Sí, del nuestro. De la misma manera que decimos, cuando lo sentimos, que ganaremos la Champions.

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