"Todo esto que ves te daré si, postrándote, me adoras". Que Barcelona tenga dos templos expiatorios ya es una rareza, como si fuéramos la ciudad más pecaminosa del mundo, pero todavía es más curioso que el nombre de su cumbre más alta responda a esta tentación de Satanás. El Tibidabo se llama así desde aproximadamente el siglo XV, dicen que por decisión de los monjes del Monestir de Sant Jeroni, pero el caso es que, de tanto que nos hemos hartado de oír que la Sagrada Familia no podía ser más alta que Montjuïc (una teoría sobre Gaudí que todavía está por demostrar), mientras tanto el otro templo expiatorio de la ciudad corona sus alturas apuntando, probablemente, a que nunca llegamos suficientemente arriba como para intentar expiar nuestras tentaciones. Además, si miras la ciudad desde el Tibidabo, cada vez aparece más grande la duda sobre si la ciudad es realmente nuestra. Quizá es que no nos hemos postrado lo suficiente ante el Diablo.
El Templo Expiatorio del Sagrado Corazón del Tibidabo es nuestro Cristo Redentor de Río particular, un icono que los visitantes localizan enseguida en el horizonte y que quieren ir a visitar casi antes que el Barri Gòtic y todo. Y tiene un parque de atracciones... la tentación, en efecto, acaba venciéndolos casi siempre. Otra cosa es si aquella figura de bronce con los brazos abiertos, suspendida sobre la montaña, representa algo más que una atracción turística. La primera piedra del templo no se puso hasta el 28 de diciembre de 1902 (como si quisiera imitar a la Sagrada Familia, que deposita su primera piedra en 1882), pero las obras no se dieron por terminadas... ¡hasta 1961! Casi sesenta años para construir un templo nos parecen pocos comparados con la basílica de Gaudí, pero francamente las dimensiones invitaban a darse más prisa. El proyecto era de Enric Sagnier, un arquitecto mucho menos popular que Gaudí pero extraordinariamente prolífico, y lo terminó su hijo, Josep Maria Sagnier. En una obra que empezó con un padre y acabó con un hijo, solo nos falta localizar al Espíritu Santo.

Cabe decir que, ya en 1886, durante la visita a Barcelona de san Juan Bosco, un grupo de católicos le cedió los terrenos de la cima con la intención de que construyera allí un templo dedicado al Sagrado Corazón. Detrás había también una preocupación mucho más terrenal: corría el rumor de que en la cima del Tibidabo se quería construir un templo protestante, e incluso un hotel-casino (que, por cierto, acabó construyéndose). Los católicos, tan eficientes, decidieron llegar antes. La montaña que hoy asociamos al parque de atracciones, al funicular, al tren suspendido y a las fotografías panorámicas empezó, en parte, como una operación para evitar que allí subieran otras actividades inconfesables.
La primera construcción fue una pequeña ermita neogótica, inaugurada aquel mismo 1886 y todavía existente junto al templo. La promotora fue Dorotea de Chopitea, una mujer mecenas de Barcelona y benefactora de los salesianos. Dos años después, con motivo de la Exposición Universal, se construyó junto a la ermita un pabellón de madera de inspiración mudéjar desde el que, al parecer, la reina María Cristina contempló Barcelona. Es decir: en realidad, el templo resultante del Tibidabo son varios edificios apilados. Abajo está la cripta, pesada, oscura, construida con piedra de tonalidades parduzcas y decorada con mosaicos, arcos y formas que evocan el románico y el bizantino. Encima se levanta el templo, más ligero, vertical y neogótico. Y arriba de todo, casi como si fuera la última pieza de un Lego con instrucciones, está el Cristo.
La historia de la escultura todavía es más accidentada: la primera imagen del Sagrado Corazón, obra de Frederic Marès, fue destruida en 1936. La que vemos hoy es obra de Josep Miret y se instaló en 1950. En 1961, el templo recibió de Juan XXIII el título de basílica menor. Durante décadas, pues, Barcelona ha tenido ahí arriba un Cristo que no es exactamente el mismo que vieron los barceloneses de principios de siglo, pero que ha acabado formando parte de la memoria visual de todos. Hay que mencionar también las esculturas que representan a la Virgen de la Merced, san Jorge y Santiago (patronos de Catalunya y de España respectivamente, no fuera a ser), realizadas por Alfons Juyol siguiendo un diseño de Eusebi Arnau. Después de la guerra, ya se sabe: en 1955 se hizo un nuevo mosaico que muestra una alegoría de la devoción de España al Sagrado Corazón, en la que destaca la inscripción "Templo Expiatorio de España", con toda la iconografía nacionalcatólica y colombina propia de aquellos años de salvadora expiación.

"¿Y el parque de atracciones?", preguntará el intrépido turista. Pues fue construido como parque de ocio privado en 1899 por el farmacéutico Salvador Andreu (el doctor Andreu de las pastillas para la tos) y se inauguró en 1901 junto con el Tramvia Blau y el Funicular. Montañas rusas, tiovivos, máquinas recreativas y criaturas que gritan: casi a modo de provocación, el ocio y el desmadre de los niños transformados en asnos de Pinocho hacen cosquillas a los pies de Jesús, como si la trascendencia y la diversión estuvieran condenadas a compartir la cima. Sin haber resuelto nunca del todo, todavía, cuál de las dos tiene la última palabra.
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