Algo pasa entre los seductores y la carbonara. No exactamente con comerla, sino con anunciar que saben cocinarla. Basta con pasar un tiempo razonable en aplicaciones de citas para encontrarse con alguna de sus variantes. "Te preparo una carbonara buenísima". "Es mi plato estrella". "Cuando pruebes mi carbonara, no querrás ninguna otra". En inglés, la fórmula todavía suena más segura de sí misma: "I make a mean carbonara", es decir, "hago una carbonara de escándalo".
En el Reino Unido, de hecho, la carbonara se ha convertido en una de las recetas recurrentes en las apps de citas, y la frase aparece también a menudo en DMs un poco despistados, especialmente como respuesta a publicaciones de comida italiana. El problema es que, cuando demasiada gente intenta parecer original exactamente de la misma manera, la originalidad se desinfla como un soufflé. Viajar, tomar negronis, saber encontrar restaurantes escondidos e indignarse ante una “carbonata” forman ya parte de una cierta identidad romántica contemporánea.
La relación entre carbonara y seducción tiene incluso antecedentes en las encuestas. Según publicó el diario británico The Standard, un sondeo encargado por Oxo a 1.000 mujeres situaba esta receta a la cabeza de los platos que las participantes consideraban más propicios para despertar el ánimo romántico, por delante de la lasaña, la quiche, los raviolis y el risotto. No es exactamente una prueba científica de su poder afrodisíaco, pero sí que apunta que la carbonara hace tiempo que juega con ventaja cuando la cena tiene segundas intenciones.
La carbonara se ha convertido en una de las recetas recurrentes en las apps de citas,
En España, este personaje incluso ha recibido un nombre: el "hombre carbonara", un concepto popularizado por una campaña de Beata Pasta a partir de un hecho, cuando menos, sorprendente. En muchos grupos de amigas aparece, una y otra vez, el mismo arquetipo que promete preparar esta receta. Y tiene cierta lógica. Cuando alguien anuncia en plena fase de conquista que él sí que sabe hacer "una carbonara de verdad", no está hablando solo de pasta.
También está diciendo que sabe distinguir la original de la copia, que ha aprendido a pronunciar guanciale y que, gastronómicamente, sabe un poco más que la media. Y aquí aparece una segunda lectura mucho más conveniente en una cita. Si dominar una receta sirve como credencial, también invita a pensar que esta solvencia quizás no se acaba en los fogones.
Para comprobar si esta fama seductora tiene algún fundamento gastronómico, pido consejo a Gabriele Milani, chef y propietario de Algrano, restaurante italiano con dos locales en Barcelona. Y poca broma con su carbonara: solo la sirven dos días a la semana, los miércoles en el local de Sant Antoni y los jueves en el de la calle Casp, y hay clientes que van expresamente para probarla. "¿Qué pasa con la carbonara?", le pregunto una noche, dispuesta a resolver de una vez por todas el misterio del amor.
"Una buena carbocrema, bien hecha, tiene algo de muy atractivo: cremosa, brillante, sedosa… entra por los ojos", explica el chef. "Parece un plato sencillo, con pocos ingredientes, pero tiene mucha más técnica de lo que parece y unos cuantos trucos que hay que controlar. Si te sale perfecta, quedas como un auténtico crack, se nota que sabes lo que haces."
Aquí aparece otra de las virtudes de la carbonara como arma de seducción: hacerla realmente bien no es tan sencillo. La diferencia entre una salsa brillante y un plato de pasta con huevo revuelto es lo suficientemente pequeña para que dominarla permita presumir un poco. A estas alturas, la pregunta es inevitable: ¿cuál es el secreto? Y aquí Milani me deja una respuesta demasiado buena para no aprovecharla: "Para hacer una carbonara top hay que cuidar bien los ‘preliminares’."
"Para hacer una carbonara top hay que cuidar bien los ‘preliminares’."
"Lo primero es saber elegir un buen guanciale y saber cómo cortarlo. Yo prefiero cortarlo en dados y cocinarlo poco a poco: así queda crujiente por fuera, pero meloso por dentro. Después, cuidado con el pecorino romano: si te pasas, puede resultar demasiado potente. Yo lo equilibrio con un poco de grana padano." Y después llega el punto en que la técnica ya no admite mucho margen de error.
"La mantecatura es otro momento clave: siempre fuera del fuego y controlando muy bien la temperatura para conseguir una carbocrema cremosa, sin que el huevo llegue a cuajar. Y, finalmente, la elección de la pasta. Yo soy de mezza manica: la crema se adhiere muy bien y, cuando además entra dentro de la pasta… es aquí cuando la carbonara se vuelve todavía más sexy."
Visto así, se entiende un poco mejor por qué la carbonara se ha ganado un lugar propio en el imaginario de la seducción. No seremos nosotros quienes prohibiremos usarla con segundas intenciones; solo pedimos que, si se tiene que hacer, se haga bien. Y si en casa fallan los preliminares, el huevo cuaja o la carbocrema se resiste, no os preocupéis: siempre nos quedará Algrano.
