Habitar un festival
El verano es tiempo de festivales. Año tras año, cuando se anuncian las programaciones, se renueva una expectación que va mucho más allá de los espectáculos que se presentan. Los festivales siguen ocupando un lugar privilegiado en nuestra manera de vivir las artes porque, para muchas personas, representan mucho más que una programación cultural: son una manera de relacionarse con la cultura, con los artistas y también con los demás.
Habitar un festival es formar parte, aunque sea solo durante unos días, de una comunidad que comparte una misma predisposición: dejarse interpelar por la creación. Es un tiempo diferente del cotidiano, un ritual contemporáneo que renueva, edición tras edición, la invitación a compartir una experiencia artística. Volvemos para reencontrar artistas, repertorios o espacios que forman parte de nuestro imaginario, pero también porque sabemos que cada nueva edición es, antes que nada, una oportunidad de descubrimiento.
"En la Grecia clásica, la representación de tragedias y comedias trascendía el entretenimiento para convertirse en un espacio de reflexión colectiva sobre la ciudad, la condición humana y el destino."
Los festivales tienen raíces mucho más profundas de lo que a menudo imaginamos. Desde la antigüedad, la música, el teatro o la danza han sido mucho más que formas de expresión artística: han sido una manera de construir comunidad. En la Grecia clásica, la representación de tragedias y comedias trascendía el entretenimiento para convertirse en un espacio de reflexión colectiva sobre la ciudad, la condición humana y el destino. Quizás sea esta la razón última de la vigencia de los festivales: siguen ofreciéndonos un lugar donde una comunidad se reúne para mirarse, pensarse e imaginarse a través de las artes.
Más de dos mil años después, los festivales siguen siendo necesarios cuando son capaces de ir más allá de la programación. Los más relevantes no se definen solo por los artistas que actúan, sino por la comunidad que construyen, por el territorio que transforman y por la manera como contribuyen a ampliar nuestra mirada sobre las artes. Es esta capacidad de generar una identidad cultural compartida la que explica que Europa los haya convertido en una de sus instituciones culturales más singulares.
Pensar Europa
Europa ha convertido los festivales en una de sus grandes instituciones culturales. Los más relevantes no solo han presentado algunos de los artistas más importantes de su tiempo; han contribuido a definir una idea de cultura, han impulsado la creación y han establecido un diálogo permanente entre patrimonio y contemporaneidad. Es en este momento cuando un festival deja de definirse por su programación y empieza a definirse por su misión.
Entre todos ellos, el Festival de Salzburgo ocupa un lugar especialmente simbólico. Fundado en 1920 por Max Reinhardt, Hugo von Hofmannsthal y Richard Strauss, nació en una Europa devastada por la Primera Guerra Mundial con una ambición que trascendía las artes escénicas. No se trataba solo de organizar un gran festival de música y teatro, sino de contribuir a reconstruir una idea compartida de Europa a través de la cultura. Sus fundadores entendían que las artes podían convertirse en un espacio de reconciliación, de diálogo y de futuro. Un siglo después, Salzburgo continúa recordándonos que un festival puede ser mucho más que una programación artística: puede ser una manera de pensar la cultura y su papel en la sociedad.
"Los festivales empezaron a construir una Europa cultural antes de que existiera una verdadera política cultural europea"
Otros festivales han desarrollado esta misma convicción desde sensibilidades y misiones diferentes. Jean Vilar imaginó Aviñón como un proyecto de cultura pública, accesible y arraigado en los espacios históricos de la ciudad, capaz de hacer convivir el repertorio universal con la dramaturgia contemporánea. Aix-en-Provence consolidó una idea mediterránea de festival basada en la libertad creativa y en el diálogo entre patrimonio y contemporaneidad. Bayreuth, por su parte, continúa representando, ciento cincuenta años después, la fidelidad excepcional a una idea artística. Diferentes en su naturaleza, todos comparten una misma convicción: la tradición cultural solo continúa viva cuando es capaz de generar nuevas interpretaciones.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los festivales adquirieron una nueva dimensión. Se convirtieron en espacios de reconstrucción cultural, de circulación de ideas y de cooperación internacional mucho antes de que Europa articulara una política cultural compartida. No es casual que en 1952 naciera la Asociación Europea de Festivales: más que una red de programaciones, representaba la convicción de que la cultura podía contribuir a reconstruir una conciencia europea basada en el diálogo, el reconocimiento mutuo y la circulación de los creadores. En muchos sentidos, los festivales empezaron a construir una Europa cultural antes de que existiera una verdadera política cultural europea.
Esta misión nunca ha estado exenta de tensiones. Todo festival convive con la necesidad de encontrar un equilibrio entre la exigencia artística y la sostenibilidad, entre la responsabilidad cultural y la viabilidad del proyecto. Programar aquello que ya sabemos que funcionará es relativamente sencillo. Mantener un compromiso sostenido con la creación, con el riesgo y con los lenguajes que todavía buscan su público es una decisión mucho más exigente. Pero es precisamente en esta tensión donde los festivales revelan su verdadera relevancia: su legado no se mide solo por las obras que presentan, sino también por las que contribuyen a hacer posibles. Cuando una obra nace, cuando un creador encuentra la confianza para arriesgar o cuando una nueva mirada transforma el patrimonio, el festival ya ha cumplido una parte esencial de su misión.
Hacer posible la creación
El Festival Perelada participa de esta misma tradición cultural europea, no desde la voluntad de reflejarse en ningún modelo, sino desde la convicción de que cada festival relevante debe encontrar su propia manera de contribuir a la cultura. Peralada ha construido su respuesta desde el Empordà y el Mediterráneo, con una identidad arraigada al territorio y, a la vez, abierta al diálogo con Europa.

Desde sus inicios, el Festival Perelada ha entendido que su misión va más allá de presentar grandes artistas en un entorno patrimonial excepcional. Su ambición ha sido crear un espacio donde la creación pueda desarrollarse con libertad y donde los artistas encuentren la confianza necesaria para asumir riesgos. Esta manera de entender el festival responde a una convicción que Carmen Mateu defendió siempre y que ha acabado definiendo la identidad de Peralada: los festivales existen también para hacer posibles los sueños de los creadores.
Hacer posibles los sueños de los creadores no es un eslogan. Es una manera de entender qué debe ser un festival. La visión de los festivales que dejan huella ha sido, históricamente, la de generar auténticas zonas francas para la creación: espacios de confianza donde los artistas puedan asumir riesgos e, incluso, reivindicar un cierto elogio del error como parte imprescindible de cualquier proceso creativo. Porque la misión de un festival no comienza cuando se levanta el telón, sino mucho antes: cuando acompaña una obra que todavía no existe, un creador que todavía busca su voz o una intuición que todavía no sabe en qué se convertirá.
Desde esta mirada se entienden los encargos de nueva creación, las coproducciones, la recuperación y reinterpretación del patrimonio, las residencias artísticas, el Festival de Pascua o el Campus Perelada. No son líneas de programación independientes, sino diferentes expresiones de una misma misión: acompañar a los creadores, generar nuevas oportunidades y contribuir a hacer posible aquello que todavía no existe.
"Preservar un legado no significa repetirlo, sino ofrecerle nuevas lecturas, abrir nuevos caminos y dar espacio a las generaciones que deben seguir escribiéndolo"
A lo largo de cuarenta años, el Festival Perelada ha ido construyendo una identidad propia sin dejar nunca de renovar su misión. Fiel a una tradición que ha situado la ópera y la danza en el centro de su proyecto artístico, ha entendido también que preservar un legado no significa repetirlo, sino ofrecerle nuevas lecturas, abrir nuevos caminos y dar espacio a las generaciones que deben seguir escribiéndolo. Un festival solo sigue vivo cuando es capaz de evolucionar sin dejar de ser fiel a su razón de ser.
Esta manera de entender un festival implica asumir que la creación comporta siempre una parte de incertidumbre. Programar aquello que ya sabemos que funcionará es relativamente sencillo; apostar por una obra que todavía no existe, por un lenguaje que todavía busca su público o por un creador que todavía está construyendo su voz exige una convicción diferente. Es precisamente en esta capacidad de asumir el riesgo donde un festival acaba definiendo su identidad. Cuando renuncia al riesgo, renuncia también a una parte esencial de su misión.
Peralada participa de una tradición cultural profundamente europea, pero la expresa desde una sensibilidad mediterránea, basada en la hospitalidad, en la proximidad entre artistas y públicos, en el diálogo entre disciplinas y en la convicción de que el territorio no es un decorado, sino una parte activa del hecho creativo. El Empordà es el paisaje desde el cual el Festival ha construido esta manera propia de entender la creación, la acogida y el diálogo entre las artes. Quizás esta es su aportación más singular: no haber querido ser una réplica de los grandes festivales europeos, sino haber construido una voz propia dentro de esta misma tradición. Porque el legado no se honra repitiéndolo, sino creando las condiciones para que continúe vivo.
Renovar el compromiso
Los aniversarios invitan a mirar atrás, pero un festival solo los puede celebrar si también son una invitación a mirar adelante. La relevancia de una institución cultural no se mide por el tiempo que ha sido capaz de perdurar, sino por su capacidad de continuar siendo necesaria.
Ser festival hoy significa defender el tiempo largo en una época fascinada por la inmediatez. Significa reivindicar el valor de los procesos creativos, de la experiencia compartida y del encuentro entre artistas y públicos en un momento en que casi todo parece orientado al consumo instantáneo. Quizás esta es hoy su función más necesaria.

La responsabilidad de los festivales no consiste solo en presentar una programación excelente. Consiste en crear las condiciones para que la creación continúe avanzando, para que aparezcan nuevas voces, para que el patrimonio continúe dialogando con el presente y para que los artistas encuentren espacios de libertad desde donde imaginar aquello que todavía no existe.
A lo largo de cuarenta años, el Festival Perelada ha ido actualizando esta misión sin dejar de ser fiel a la idea que lo vio nacer. Han cambiado los formatos, los lenguajes, los creadores y los públicos. Pero la convicción sigue siendo la misma: un festival es, antes que nada, un lugar al servicio de la creación.
Los grandes festivales europeos han perdurado porque nunca han confundido la tradición con la repetición. Han entendido que el legado no es un refugio, sino una responsabilidad. Cada generación está llamada a reinterpretarlo para que siga vivo.
Este es también el reto que afronta hoy el Festival Perelada. Seguir haciendo del riesgo una responsabilidad; seguir generando espacios de confianza para los creadores; seguir dialogando con Europa desde su identidad mediterránea; seguir entendiendo que un festival no es solo un lugar donde las obras se presentan, sino un lugar donde pueden empezar a existir.
Quizás esta es, al fin y al cabo, la razón por la cual los festivales siguen siendo necesarios. No porque acumulen ediciones, ni porque conserven una tradición, sino porque siguen ofreciendo un espacio donde la creación puede encontrar el tiempo, la libertad y la confianza que necesita para existir. Esta ha sido, desde el primer día, la ambición del Festival Perelada. Y sigue siendo, cuarenta años después, su invitación al viaje.
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