El mecenazgo del siglo XXI no se mide solo en cifras. En un contexto en que las desigualdades sociales, la emergencia climática y la soledad urbana interpelan a empresas y fundaciones, la filantropía está mutando hacia un modelo más relacional, basado en la creación de alianzas y en la transferencia de conocimiento. Hoy, los proyectos sociales más transformadores no nacen únicamente de grandes donaciones, sino de colaboraciones estratégicas que combinan recursos, capacidades y propósito.
“El mecenazgo no debe ser simplemente una cuestión de captación de fondos, sino que incluye un componente de sensibilizar, cultivar. No se trata de ir con la hucha pidiendo, sino de buscar alianzas sólidas y estables, que permitan a las empresas implicarse en la construcción de las soluciones”, defiende Juanjo Ortega, director de Obra Social Sant Joan de Déu. En Catalunya, la labor de Sant Joan de Déu toma forma hospitalaria pero también de servicios sociales, con líneas de actuación que van desde la salud mental hasta la atención a personas sin hogar —con 700 plazas residenciales en la provincia de Barcelona—. Mediante sus programas, dan empleo a 500 personas con discapacidad intelectual, con diagnóstico de salud mental o de entornos de exclusión social, como destaca el director de Sant Joan de Déu Serveis Socials, Salvador Maneu, junto a Ortega.
“Las alianzas son un elemento nuclear en la estrategia de Sant Joan de Déu, tanto con el sector público como con el privado, por la vía del mecenazgo”, remarca Maneu: “Intentamos crear siempre alianzas firmes, porque el objetivo último es incrementar el impacto que se genera en la sociedad”. Así, el fin es articular una red de complicidades que desemboque en “una sociedad más sensible y comprometida”. De hecho, el mecenazgo ha sido claro para la entidad desde su origen, en el siglo XVI: “Entonces no había Estado de bienestar, y todo funcionaba a base de donaciones”, puntualiza Ortega. Pero insiste: el componente económico no es el principal por el que apuestan por el mecenazgo: “El trabajo que hacemos como entidad necesariamente lo tenemos que hacer conjuntamente con la sociedad, con una comunidad y una red que comparta una misma mirada”.
¿Y cómo se concreta esta colaboración estable más allá del apoyo económico? En el caso de Sant Joan de Déu, una de las posibilidades es colaborar como empresa con los programas de inclusión laboral. “Si tienes una empresa que te hace una buena aportación económica pero luego no contrata a personas en situación de vulnerabilidad, no haces más que cronificar la situación”, alerta Ortega. Desde su punto de vista, las empresas tienen la corresponsabilidad de ser parte de la solución. Y es que “el corto plazo se puede resolver con dinero, pero el largo plazo requiere construir comunidades más resilientes que generen oportunidades para todos”, como remarca Maneu.
Con este mismo objetivo de generar oportunidades para todos, la Fundación Grupo Sifu trabaja para dar empleo también a personas con discapacidad, y va más allá poniendo el acento en el arte. “Caímos en la cuenta de que muchas empresas ayudan a deportistas con discapacidad, pero que muy pocas se dedican a ayudar a personas con discapacidad vinculadas al ámbito artístico”, destaca Cristian Rovira desde la fundación. Ante esta falta de mecenas, la entidad se propuso crear unas becas para artistas con discapacidad, sobre todo vinculados a la música. Ahora las becas llegan a la octava edición, con más de 100 personas becadas hasta ahora.
A lo largo de estos años, la fundación no se ha quedado con el apoyo económico de las becas, sino que ha ido más allá. Ante la realidad de que el 30% de personas con discapacidad no puede tocar ningún instrumento precisamente por su discapacidad, la fundación se propuso revertir esta cifra, y ha impulsado la creación de instrumentos que pueden ser tocados por cualquier persona. “Actualmente estamos contribuyendo a crear cuatro nuevos instrumentos”, explica el director de la entidad, que financia iniciativas que impulsan otros actores en este sentido. Un ejemplo paradigmático es la eye harp, un instrumento que se toca con la mirada impulsado por la UPC y que cuenta con el apoyo de la fundación desde hace cinco años. Dos eye harps fueron algunas de los protagonistas del concierto inclusivo que organiza la fundación con músicos con discapacidad, que se celebró en el Teatro Real de Madrid y que en noviembre volverá al Liceu.
"Las empresas deberían dar un paso adelante para impulsar iniciativas de artistas con discapacidad"Y del mismo modo que la Fundació Grupo Sifu ejerce de mecenas de estos músicos, la entidad también busca recursos del mecenazgo para mantener su labor, sobre todo a raíz de pasar por el programa de la Fundació Catalunya Cultura. “Hemos visto acelerado el reconocimiento de nuestra fundación, y se ha traducido en aportaciones económicas de empresas que nos han ayudado a impulsar nuestra actividad”, destaca Rovira, que lanza un llamamiento a más empresas para apostar por artistas con discapacidad. “Existe una gran desproporción entre cómo las empresas apoyan a deportistas con discapacidad y cómo ayudan a nivel social y cultural”, alerta: “Se debería compensar y que las empresas dieran un paso adelante para impulsar estas iniciativas”.
Aún desde la música, aunque desde otro ángulo, el impulsor del proyecto Sinèrgic, Martí Sancliment, comparte esta llamada a empresas. “La Ley de Mecenazgo ayuda, aunque también podría ser más ambiciosa”, resalta el promotor del proyecto, que lleva la música hasta hospitales para acompañar a personas ingresadas. “Faltan muchos puentes entre el ámbito social y cultural y el de la empresa privada para encontrar colaboraciones”, agrega Sancliment. Sin embargo, Sinèrgic es en sí mismo un puente entre empresa, cultura e iniciativa social: Sancliment lo impulsó desde su empresa de producción y creación musical, Neardental, después de una época de acompañar a su abuelo estando ingresado en el hospital. “Vi que la mejor manera de comunicarme con él era la música, y acabó convirtiéndose en la idea que ahora es Sinèrgic”. En 2019 empezaron a hacer conciertos íntimos en hospitales con una respuesta muy positiva de los pacientes, y el proyecto ha ido ampliándose con conciertos participativos y musicoterapia, de la mano de artistas de renombre como Jordi Savall, Guillem Roma y Judit Nedderman.
El proyecto, en búsqueda constante de fuentes de financiación, ha seguido expandiéndose por hospitales y ha llegado a traspasar el mundo hospitalario hasta aterrizar también en el penitenciario, con talleres para reclusos. No es la única iniciativa artística que salta sus muros: entidades como la Fundació Setba también trabajan para acercar el arte a colectivos a los que suele no llegar: “La cultura es poderosa y transformadora, y ponerla en manos de las personas es poderoso”, destaca la directora de la fundación, la también artista Cristina Sampere. A través de entidades sociales, la fundación lleva el arte a personas con trastornos de salud mental, y a espacios poco habituales para la cultura, como cárceles de mujeres. “Somos un referente en el mundo de las prisiones, y creemos mucho en la colaboración. Nuestra intención es disponer de una programación cultural en las cárceles de mujeres”. Para ello, han tejido alianzas con centros como el Escac, con un protagonista principal: la fotografía. De la mano de profesionales de primer nivel —incluida la Premio Nacional de Fotografía 2023, Laia Abril—, la fotografía llega a las presas como una forma de expresión, mediante talleres para iniciarse y profundizar en ella.
La fotografía también es el centro de gravedad de Sonda Internacional, promovida por el reconocido fotógrafo Santi Palacios para divulgar y concienciar sobre la emergencia climática, que encarna otro caso de mecenazgo —o, en este caso, de micromecenazgo—. Constituida como organización sin ánimo de lucro, se financia con donaciones de particulares y de pequeñas organizaciones. “Parte de un concepto de crowdfunding, con muchas personas haciendo pequeñas aportaciones”, explica el premiado fotógrafo.
Así, las pequeñas aportaciones pueden adquirir grandes dimensiones; incluso pueden traducirse en eventos multitudinarios. Es algo que ha logrado Sant Joan de Déu con su Magic Line, una marcha solidaria que en la última edición recaudó 500.000 euros. Nacida en Barcelona hace 15 años, la iniciativa se ha ido extendiendo a otras ciudades, y es “una fiesta de la solidaridad y una invitación al conjunto de la sociedad a formar parte de las soluciones”, según Maneu. Y al igual que no hay donaciones demasiado pequeñas, tampoco hay empresas que lo sean. “Tan importantes son las alianzas con una multinacional como con un comercio de barrio, ambos pueden ser agentes de cambio”; como ejemplo, los 1.500 establecimientos con los que cuentan en Barcelona, mediante los que han articulado una red contra la soledad no deseada, como comercios predispuestos a charlar con quien quiera hacerlo. “Más que conseguir donaciones puntuales, el objetivo es conseguir alianzas y fidelización mutua”, con empresas que encajen con los valores y visión de cada entidad. Y Ortega aún le da una vuelta: “Las alianzas con empresas representan también una oportunidad para cambiar la mirada de la propia empresa, y eso es transformador”.