Resonancias de la pasión musical, entre el azar y la necesidad

Akhnaten
Akhnaten

La temporada 2025-2026 del Gran Teatre del Liceu abraza lo imprevisible como eje de una experiencia estética que desborda lo racional. Óperas como Tristan und Isolde, La Gioconda, Akhnaten, Le nozze di Figaro o Falstaff reúnen a figuras como Pretty Yende, Lise Davidsen, Javier Camarena, Asmik Grigorian o Xabier Anduaga. Una invitación a soltar el control y dejarse transformar por la música

04 de octubre de 2025 a las 02:37h

La temporada 2025-2026 del Gran Teatre del Liceu se articula bajo el lema “Lo imprevisible”, continuación natural de la anterior ---“Persiguiendo un sueño”--- en que se invitaba a abrazar la incertidumbre de una experiencia estética para ir más allá de la comprensión racional, o cuando menos desafiarla. De forma sugerentemente contraintuitiva, la propuesta actual se atreve a celebrar aquello que escapa a toda explicación. Y es que la música ---tanto más si cuenta con representación escénica---constituye una herramienta idónea para promover el encuentro o conexión con uno mismo.

De forma semiconsciente o abiertamente subliminal, alumbra las zonas más recónditas y desatendidas de nuestra psique. Como fenómeno temporal, se perpetúa en un instante cuyo sentido radica en el dejar de ser: en la duración y permanencia de lo efímero. Ese magnetismo de lo impredecible se vivenciará como déjà-vu en las óperas programadas a través de la experiencia de una belleza o de un terror que obligan al espectador a verse viendo desde su localidad, sintiéndose ---al mismo tiempo--- en el epicentro tectónico de las tensiones representadas.

Los responsables de la programación recuerdan en su presentación de la temporada la naturaleza fugaz del sonido, invitándonos a vivir cada función como un acontecimiento único, irrepetible. Se inauguró el pasado 20 de septiembre con La zorrita astuta de Leoš Janáček, òpera dirigida escénicamente por Barrie Kosky y musicalmente por Josep Pons, en su última temporada al frente de la orquesta del Liceu. Lejos de seguir una narrativa clásica, la ópera se presenta como un bosque sonoro donde los personajes parecen respirar ---y, así, cantar--- en el lenguaje de la naturaleza. La porosidad de la línea que supuestamente separa lo humano y lo animal se plasma con una ambigüedad que transporta a un mundo onírico, en que se trastoca la lógica racional y la linealidad del tiempo se diluye.

Aquí, la imprevisibilidad de formas y sonidos no sólo es una estrategia dramatúrgica, sino que se erige en vivencia sensorial: la del misterio que no se puede comprender del todo, pero que se presiente indubitable, como el murmullo primigenio que, en presencia del incomprensible monolito, facilitaba las transformaciones del espíritu en la 2001 de Kubrick, animado musicalmente por el poema sinfónico del Zaratustra nietzscheano.

La cosmovisión mítica es invocada en la ópera Akhnaten de Philip Glass ---del 16 de octubre al 3 de noviembre--- con medios sonoros que insinúan atemporalidad, por la característica tendencia al eterno retorno de sus patrones musicales. Dirigida por Karen Kamensek y con la puesta en escena de Phelim McDermott, el escenario del Liceu acogerá una hipnótica recreación del antiguo Egipto, protagonizada por Anthony Roth Costanzo y Rihab Chaieb. La ópera nos sumerge en un tiempo que parece no avanzar en línea recta, acompasado por los malabarismos ---movimientos imposibles, verdaderos enigmas visuales--- que desplegará la compañía Gandini Juggling. Con su lenguaje musical envolvente, el minimalismo de Glass trastoca la narrativa histórica para ofrecer la vivencia de un presente perpetuo, igual y distinto, reinventado en cada repetición sonora.

Con todo, si hay un principio o energía perenne perfectamente inexplicable, en la infinidad de irisaciones que presenta, es el amor. La exploración cómica de su realidad incomprensible es acometida en L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti, ópera programada del 22 de noviembre al 15 de diciembre de 2025, con dirección musical de Diego Matheuz y la puesta en escena de Mario Gas. El reparto, sensacional en sus diferentes turnos, convoca a Pretty Yende y Serena Sáenz en el papel de Adina, así como a Javier Camarena y Michael Spyres como Nemorino, con Ambroggio Maestri y Fabio Capitenucci caracterizando al estrafalario dottore Dulcamara. Una comedia romántica que se abre con la referencia a la regina Isotta, siendo el “elixir”, brebaje o filtro que induce el amor, una metáfora del enigmático e ingobernable poder del deseo, y de su potencia transformadora: lo imprevisible surge del juego entre realidad y fantasía, en un giro que solo la magia del teatro puede realizar.

L’elisir d’amore desembarcará en el Liceu el 22 de noviembre, con dirección musical de Diego Matheuz y la puesta en escena de Mario Gas. © Gran Teatre del Liceu

Como por arte de magia, de hecho, el Tristan und Isolde de Richard Wagner podrá escucharse seguidamente ---del 12 al 31 de enero de 2026--- bajo la dirección de Susanna Mälkki y la escenografía de Bárbara Lluch. Lise Davidsen y Clay Hilley asumen los roles principales, encontrándose en el elenco asimismo una Irene Theorin ---aquí Brangäne---, que, en la última puesta en escena de la obra en el Liceu, en 2018, sobrecogió a los presentes con su caracterización de la protagonista. La transfiguración se produce en un tiempo dúctil, en retroalimentación con el espacio, donde la muerte y el éxtasis amoroso se confunden. Fusión semántica que destierra la lógica ya en el Tristan ---inicio de la espiritualización del eros que culminará en el Parsifal con el oxímoron de “la herida que sana”--- y que se vehicula musicalmente como anhelo infinito. Una pasión que quema, pero no consume; más bien abre las puertas a una trascendencia de reminiscencias platónicas, si bien impregnada de pathos romántico.

Una triada de óperas ofrece variantes de la experiencia amorosa, comenzando por La Gioconda de Amilcare Ponchielli, del 16 de febrero al 2 de marzo. La dirección escénica correrá a cargo de Romain Gilbert, en una coproducción del Liceu y el Teatro San Carlo de Nápoles, mientras que Daniel Oren se pondrá al frente de la orquesta local. La ambientación veneciana de esta historia de deseo, celos y traiciones alterna el carácter festivo de la Serenissima con una austera ---incluso lúgubre--- disposición de los canales, en blanco y negro.

Esta historia de deseo, celos y traiciones alterna el carácter festivo de la Serenissima con una austera disposición de los canales. © Gran Teatre del Liceu

La fatalidad de los amores imposibles se reencontrará en el Manon Lescaut de Giacomo Puccini, del 17 de marzo al 1 de abril. Basada en la ficción del abate Prévost ---con pretensiones educativas en su momento de aparición, el 1731--- adquiere a finales de XIX pátina del romanticismo más hiriente. Con la dirección escénica de Àlex Ollé y bajo la batuta de Josep Pons, esta producción cuenta con el protagonismo de la soprano Asmik Grigorian y el tenor Joshua Guerrero.

Si esa obra narra el viaje emocional de una mujer atrapada entre el deseo y la libertad, el Werther de Jules Massenet ---con Xabier Anduaga, dirigido musicalmente por Henrik Nánási y con la dirección de escena de Christophe Loy, del 2 al 17 de mayo. supone la escenificación desde el prisma masculino de una pasión no menos paradójica. Goethe reconoció que la redacción de la novela le había resultado taumatúrgica para sí mismo, al desdoblarse en un personaje ficticio no correspondido en su pasión ---como él mismo, biográficamente--- al que abocó al final trágico que, por medio de la sublimación artística, pudo eludir. No así, en cambio, la legión de enamorados que siguieron los caminos del desventurado Werther.

Ese hacer frente al abismo interior, al vértigo de un deseo necesariamente insatisfecho ---atrae sin remisión y amenaza con la propia destrucción, agujero negro de la vida afectiva, al tiempo que intensifica la sensación de realidad--- se reencuentra con un tono mucho más ligero en Le mariage de Figaro, ou la folle journée; la subversiva comedia de enredos que Caron de Beaumarchais concibió en 1778, once años antes de la caída de l’Ancient Régime, y que ha dado pie -opinión personalísima- a unas de las mejores óperas de todos los tiempos.

La versión de Wolfgang A. Mozart vuelve al coliseo barcelonés, en la recta final de la temporada, con la dirección musical del siempre burbujeante Giovanni Antonini y una escenografía ---obra de Marta Pazos--- que hace resonar la calidoscópica actualidad de las posibilidades amorosas en la actualidad; así como, también, tensiones sociales ---a raíz de las desigualdades de género y las ansias del poder---, críticamente visibilizadas mediante un trueque de identidades tan imprevisible como sintomático. Engañoso y revelador, un juego de máscaras similar se despliega en las otras obras que Mozart creó en colaboración con Da Ponte, el Don Giovanni y Così fan tutte. Óperas en que el humor convive con la tragedia, al cumplirse las peores, indeseadas ---y, así, impensables--- expectativas; se confirman como proféticas proyecciones del propio sujeto, falsamente autónomo al quedar él mismo sujeto a ello.

"Verdi ensaya una transformación propia de alquimista: aunque a su personaje se le escurre entre los dedos la vida, habilita una vía para la aceptación"
En este sentido, ya bien entrado el siglo siguiente y comprobadas las grietas del proyecto ilustrado ---con un pie peligrosamente posado en el discurso cínico, que justificaría la decadencia del protagonista--- el Falstaff verdiano pondrá el broche final a la temporada, con una celebración irónica de la caída. Será una de las últimas ocasiones para disfrutar de la dirección de Josep Pons, en una escenografía de Laurent Pelly y un elenco encabezado por Luca Salsi y Ambrogio Maestri, que cuenta con nombres tan queridos por el público liceísta como Daniela Barcellona, o la consagrada ---a pesar de su juventud--- Serena Sáenz. En su última ópera, Verdi parece ensayar una transformación propia de alquimista. Aunque a su personaje se le escurre entre los dedos la vida, habilita una vía sanadora: la aceptación de la verdad imprevisible que nos devuelve el espejo deformador en que nos vemos.

El Falstaff verdiano pondrá el broche final a la temporada, con una celebración irónica de la caída. © Javier del Real / Teatro Real

Despedidas sinfónicas con Mahler, y la apertura a otros formatos

En paralelo, la temporada sinfónica en el Liceu pone de relieve la contribución de Josep Pons, que tras catorce años se despide con el final del ciclo dedicado a Gustav Mahler. Sus virtudes como director salen a relucir especialmente en obras mayestáticas, aquellas que cuestionan el equilibrio clásico y, asomando a la contemporaneidad, convocan múltiples registros y recursos sonoros. Atravesadas por la introspección y el éxtasis coral, las enormes Octava (“De los mil”) y Novena ---respectivamente el 4 de julio y el 31 de marzo--- indagan en el misterio de la vida y la muerte; se erigen como monumentales meditaciones sobre la existencia, la memoria o el sentido de pertenencia en un mundo que intuía en proceso de descomposición. Cuestiones a las que era especialmente sensible, y que sus reconfiguraciones cosmogónicas --las nueve sinfonías que completó--- testimonian de forma ejemplar, ensayando una trascendencia extrasensorial por medio de la vibración sonora prácticamente desde el inicio de su periplo, ya en la Segunda, “Resurrección”.

Josep Pons se despide, en esta temporada, de la dirección de la Orquesta del Gran Teatre del Liceu tras 14 años. © Gran Teatre del Liceu

Pero la temporada se abre, asimismo, a la programación de formatos más reducidos y accesibles, a conciertos especiales en que se descubren obras antiguas o se divulgan muestras de la creación más contemporánea: madrigales de Monteverdi interpretados por la autoridad absoluta del género, Rinaldo Alessandrini, al frente de su Concerto Italiano, así como el proyecto Constelaciones, con conjuntos creados por miembros de la orquesta del Liceu, en tres fechas diferentes.

A destacar también la presencia de Jordi Savall, que interpretará el Códex “Trujillo del Perú”, o la versión concierto de dos obras de Händel: su Orlando, por otra autoridad de la música antigua, como Mark Minkowski al frente de los Musiciens du Louvre, y el oratorio dramático Aci, Galatea e Polifemo, por Réné Jacobs, dirigiendo a la Kammerorchester Basel. En radical contraste, el concierto Bestiari, reúne en el Foyer a compositores contemporáneos tan reconocidos como Benet Casablancas, Joan Magrané, Raquel García-Tomás, Ramon Humet y Hèctor Parra, en una exploración de lo extraño, lo disonante, lo no domesticado.

El poder de la danza, y la libertad del presente perfecto

La danza se integra en la temporada del Liceu como un complemento imprescindible, al escenificar un diálogo que expande la experiencia musical hacia el movimiento corporal y la semiótica de la gestualidad. La compañía Bayerisches Staatsballett presenta Giselle, un clásico del romanticismo que nos devuelve a la estética original, en contraste con la maravillosa actualización que pudimos disfrutar hace unos años ---también en el Liceu--- con la atrevida coreografía de d'Akram Khan.

La danza se integra en la temporada del Liceu como un complemento imprescindible de la temporada, con funciones como Giselle. © Gran Teatre del Liceu

En esta dirección, sin duda más transgresora, la presente temporada incluye la Balkan Erotic Epic de Marina Abramović, una obra que interpreta el cuerpo como territorio de lo imprevisible; donde lo folclórico y el deseo se entrelazan en una tensión que reta al espectador, lo conmina a habitar lo incómodo y lo desconocido. El espectáculo Nijinsky, coreografiado por John Neumeier, recrea el genio y la fragilidad del icónico bailarín. Finalmente, la Gran Gala de Danza reúne fragmentos emblemáticos del repertorio clásico, que serán interpretados por algunas de las principales figuras de la escena mundial, exhibiendo un virtuosismo al servicio de la emoción, en el mencionado ---pero siempre un punto imprevisible--- diálogo entre música y cuerpo.

La música que anima el movimiento se convierte en un lugar de resistencia frente a la lógica del control, un espacio para el asombro y la emoción. Amparada bajo el lema “lo imprevisible” la temporada del Liceu nos recuerda que la experiencia artística no dispensa sólo respuestas, o mero entretenimiento; busca sacudir, cuestionar, reflotar preguntas incómodas que se pueden afrontar también ---a veces incluso mejor--- en el marco de un despliegue estético, y que de un modo semiconsciente nos acompañan después del último aplauso.

El espectáculo Nijinsky, coreografiado por John Neumeier, recrea el genio y la fragilidad del icónico bailarín. © Gran Teatre del Liceu

Es en la apertura al azar, en el gesto no anticipado de la representación, donde la música revela su poder, mediante la resonancia que perpetra. El silencio de la sala, como la oscuridad, posibilita un espacio de libertad donde el espectador no percibe solo sonidos, movimientos o palabras. A diferencia de lo que acontece en el exterior ---en los lugares en que el libre intercambio de significantes no es siquiera prudente--- aquí puede soltar el control y dejarse sorprender por la vivencia de su propio pulso, en el presente de una conexión consigo mismo nueva e irrepetible, potencialmente transformadora.

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