El polen de Sant Jordi

En ocasión de Sant Jordi, los libreros barceloneses suelen insistir ad nauseam (y con toda la razón del mundo) en que debemos fijarnos poco en las listas de los más vendidos, pues sólo representan un cinco por ciento del total de los volúmenes que pasan por caja y, supuestamente, que el público acabará leyendo. Este dato constante es la primera buena noticia de cada Diada, porque demuestra que todo el aparato propagandístico de los medios de comunicación (demasiado a menudo, meros publicistas de sus propios autores) y de los grandes grupos editoriales cada día tiene menos impacto en el discurrir de unos lectores concienzudos. Sin embargo, este año los rankings nos han regalado una buena foto: en el sector de nuestra lengua, la tribu ha certificado de nuevo su mal gusto comprando el texto de una señora absurda famosa por sus sombreros y, en el terreno del ensayo light, ha hecho algo tan propio como curarse la conciencia comprando una plaquette sobre cómo defender el catalán (seguro que está la mar de bien Òscar, pero me da una pereza terrible leérmelo).

Por otra parte, en lo que toca al bando de la lengua enemiga, debemos admitir el triunfo en tanto que justísimo vencedor del escritor barcelonés Eduardo Mendoza. Escribo que su victoria resulta totalmente merecida porque no tengo ningún problema en subsumir la literatura al universo del marketing y, con sus comentarios prototípicos del falangismo progre-cultureta de nuestra ciudad (Mendoza hubiera querido que el dragón matara a Sant Jordi para mutar la fiesta en el Día del Libro, una reinvención muy de Primo de Rivera), el novelista ha conseguido que los castellanos de Barcelona sepan que todavía está vivo. Pese a haber dicho que se retiraría hace tiempo, porque ya lo tenía todo dicho, Mendoza ha firmado muchísimos libros; y la cosa es esperanzadora, me atrevería a insistir, porque si la cultura española ---para sobrevivir en la capital del país--- está obligada a pasear estas momias del olimpismo socialista... es que la lucha cultural la tenemos más ganada de lo que parece. Ahora sólo falta que cambiemos las palomitas por buenos libros y así tendremos al ejército en orden.

La cosa de los rankings también nos hablaría de dos Catalunya: la casi nuestra, que se entretiene con las palomitas de la literatura absurda y del resistencialismo cultural y, por otra parte, la de los españoles que se afanan por devolvernos al exilio del folclorismo de los años noventa, ahora únicamente sustentado por los mandarines que, en aquellos tiempos de Cobi, para comprarse un piso en Londres les bastaba chotearse de la Moreneta y de los castellers. Por fortuna, la regresión al pasado no es siempre igual y el país ha avanzado mucho ante dicha horripilante dicotomía: por poner un ejemplo, también del ámbito libresco, aunque ayer paseé más bien poco por la ciudad, noté que los lectores siguen apoyando el tejido de editoriales independientes, la mayoría de las cuales tienen sede en Barcelona (aunque aquello que los cutres definen como “el territorio” no esté regalando ejemplos de sana competencia, con islotes fantásticos como las editoriales Fonoll, Sidillà, Quid pro Quo, Ela Geminada, Veles i Vents... y ¡tantas que me dejo en el tintero!).

Esta supervivencia del tejido cultural independiente, urdido por nuestras editoras durante la última década, ha provocado un florecimiento inaudito de buenos libros autóctonos y, me apostaría lo que sea, unas de las mejores hornadas de traductores de toda nuestra historia. Pero diría también que el trabajo de estas editoras peligra; primero, como se ha demostrado en el caso de Periscopi ---integrada ahora en Grup62 de la editorial Planeta---, porque las editoriales no podrán seguir manteniendo su actual fuerza de trabajo a base de subvenciones, pudiendo acabar succionadas por los grandes grupos.

En segundo término, también diría que el salto cualitativo de la última década corre el peligro de quedar estancado en una narrativa cada día más centrada en la libroterapia (a saber; el arte de los autores que confunden la literatura con irse al psicólogo) y focalizada demasiado a menudo en historias pequeñas, metáfora de un país que se ha ablandado tras el suflé del procés. En cierta forma, todas las editoriales que fueron hijas de la alegría del 2017 ahora parecen carcomidas por el desánimo.

De todo esto se dio cuenta sabiamente la naturaleza ciudadana que, lejos de las tormentas del pasado (demasiado costosas para el sector del libro), decidió untar de polen nuestras calles, confirmando que el triunfo de facciones quedara ligeramente empañado, imperfecta alfombra, dejando los libros con un exceso de mucosa evidente y convirtiendo el rostro de los lectores en una mueca de dolor, con el objetivo nobilísimo de evitar el estornudo y su consiguiente vergüenza. Por el momento, las trincheras tradicionales cotizan a la baja pero también, insisto, el mundo del libro independiente ha llegado a un tope que exige reconsideraciones, catálogos menos agigantados y más singulares, y un sistema de distribución que haga honor al siglo XXI. Sé que la Punyalada de hoy es algo nebulosa, demasiado rebosante de metáforas, pero quien quiera entenderme lo hará, y vuestro sabio también vive afectado por los saquitos de polvo espantosos de las plantas fanerógamas. Por suerte, todo ha terminado, y ahora abandonaremos los sombreros y podremos volver a los libros...

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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