La ciudad esculpida

Paseo por la plaza menor

La Deessa de Plaça Catalunya per Àngel Bravo
La Deessa de Plaça Catalunya per Àngel Bravo

Repaso a los monumentos y estatuas de la plaza Catalunya, que, aunque debería ser la plaza mayor del país, aparece todavía arisca y desconocida

29 de junio de 2026 a las 07:10h

De entrada, repito que para mí la plaza Catalunya debería ser una especie de parque. Cero coches, hiperilla, toda adaptada a los peatones y llena de árboles y de césped (salvo el círculo central y los accesos): recuperar, en definitiva, su función de plaza donde transitar y donde reunirse. Un lugar donde hacer la tertulia en las terrazas, donde quedar, donde celebrar eventos que no sean bloques y toldos anunciando el enésimo “Gran Premio F1 Barcelona-Catalunya” u otras horteradas. Una vez puntualizado esto, no se trata de quitarle nada de lo que ya tiene sino, muy al contrario, de complementar su patrimonio escultórico (de valor no menor) con un entorno verdaderamente amable. Hacer que conecte de verdad Rambla y Paseo de Gracia, en lugar de hacer de muro estrafalario en medio. Pero en fin: quien pueda hacer, que haga.

Plaça Catalunya de Barcelona. © Àngel Bravo

Como por la plaza pasamos deprisa (para coger el metro, para llegar a una reunión, para encontrarnos con alguien en el Zurich), no nos detenemos a mirar este gran vestíbulo que une la ciudad antigua con el Eixample (la infantil cenefa salvada por el Modernismo), y que por lo tanto corona el corazón de la ciudad (como pretendía el Plan Rovira, a diferencia del Plan Cerdà, que todavía apunta absurdamente a la Plaza de las Glòries). Y como pasamos deprisa, nos perdemos muchas cosas, entre otras uno de los conjuntos escultóricos más importantes de la ciudad. Un auténtico museo al aire libre.

Cuando Barcelona se preparaba para la Exposición Internacional de 1929 y quería exhibirse al mundo como una metrópoli moderna, elegante y culturalmente ambiciosa, se convocó un concurso para decorar la plaza con un gran conjunto escultórico. Participaron algunos de los mejores artistas catalanes del momento y el resultado fueron veintiocho esculturas repartidas por todo el perímetro, un repertorio simbólico destinado a explicar qué era Barcelona y qué aspiraba a ser.

Muchas de estas figuras representan, al fin y al cabo, Catalunya misma. Barcelona, de Marès (mujer desnuda encima de un caballo robusto y enarbolando un barco); Girona, de Parera (ganadería y agricultura); y Lleida, de Borrell (poco simbolismo, tres mujeres y dos niños) y Tarragona (con referencias vinícolas, se encargó fuera de concurso a Jaume Otero), aparecen todas ellas convertidas en personajes mayoritariamente femeninos, solemnes, entre el noucentisme y neoclasicismo.. La ciudad se proyectaba así como la capital de un país, es decir orgullosa de sus raíces, y no avergonzándose de ellas como ahora.

Otras esculturas hablan del trabajo y del progreso. Encontramos alegorías de la sabiduría, del esfuerzo humano, de la navegación (de Eusebi Arnau, que también puso la escultura Montserrat con Moreneta en miniatura incluida), de la producción y de la modernidad. Es una Barcelona claramente noucentista, que quería alejarse de los supuestos “excesos” del modernismo y reivindicar el orden, la medida y una cierta idea mediterránea de la armonía. Intervinieron artistas de primera línea: Josep Clarà dejó obras de gran serenidad como La Joventut vora la font d’aigua, o la famosa Deesa que da la espalda y el culo al monumento a Macià; Josep Llimona aportó su elegancia característica (por ejemplo con El Forjador, Figura Femenina); Pau Gargallo introdujo una modernidad sutil (Pastor de l’àliga); y otros maestros como Frederic Marès (Emporion), Jaume Otero (L’Esperit Popular), Jaume Duran (Montseny), Josep Viladomat (Dona amb nen i flabiol) o los hermanos Oslé completaron el extraordinario conjunto. La no construcción del templete superior previsto inicialmente provocó que en mayo de 1929 ocho de las dieciséis esculturas previstas para este espacio finalmente se colocaran en otros lugares de la ciudad. 

La plaza Catalunya, como un museo al aire libre. © Àngel Bravo 

Me consta que los americanos que pasan por la plaza se sorprenden de ver tanto desnudo: como ellos no viven mediterráneamente, no han heredado esta higiénica costumbre grecorromana y por lo tanto guardan los desnudos siempre dentro de los museos. Pero aun así cabe decir que entre noviembre y diciembre de 1928 diversas asociaciones religiosas y de padres de familia lanzaron una campaña moralizante en contra del exceso de desnudos en el conjunto, que por suerte no prosperó. Diversas asociaciones artísticas, incluyendo un grupo de damas católicas, consideraron “ridículo considerar el desnudo en el arte como obra obscena” y por lo tanto las figuras permanecieron (a pesar de la retirada de La deessa de Clarà por unos meses). El caso de La deessa se entiende un poco: no está más desnuda que las otras pero, de tan extremadamente sensual que es, llega a parecerlo. 

'La deessa' de plaza Catalunya, dando la espalda. © Àngel Bravo

Por lo tanto, si paseamos sin prisa, como correspondería a una plaza mayor, descubriremos un catálogo riquísimo. Mujeres que personifican ríos, tierras y virtudes; figuras masculinas que simbolizan la fuerza, el trabajo o la juventud; composiciones que parecen surgidas de un manual de mitología contemporánea. Finalmente, está el monumento a Francesc Macià, inaugurado en 1991 y obra de Josep Maria Subirachs. A mí en su momento me costó, por su ruptura deliberada con la estética clásica del resto del conjunto (una escalera invertida, austera y moderna, que simboliza un país en construcción y un proyecto siempre inacabado). Finalmente, sin embargo, he indultado esta obra de Subirachs como también he indultado la fachada de la Pasión: como mínimo, no cae en la tentación de la abstracción, siempre peligrosa, que rodeaba su época. 

Estatuas que nadie mira, pero que sin duda nos miran, o más bien diría que esperan. Tengo la confianza de que algún día alguien tenga la gran idea de salvar la plaza de su dependencia del tráfico rodado (así como de la insultante preponderancia estética —por decirlo de alguna manera— de El Corte Inglés) y nos devuelva nuestra plaza mayor. Es viable, nos lo merecemos y se lo debemos a la ciudad. Al nexo entre la ciudad medieval y la ciudad industrial. Al corazón que cualquier visitante, venga de donde venga, o cualquier tía aficionada a las telenovelas catalanas, todavía se pregunta dónde está.
 

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