Volvemos a la Via Laietana para el Capítulo 27 de Hoteles con Historia: la serie que publicamos cada quince días en The New Barcelona Post. Esta vez toca visitar el número 49, donde el Ohla nos mira. Literalmente. Mil ojos. Ahí estuvieron unos grandes almacenes que fueron bastante más importantes de lo que la gente recuerda hoy, ahí hubo (dicen, pues nunca se ha podido confirmar del todo y ya he dejado de intentarlo), una logia masónica, y ahí estuvo también una comisaría. Ahora es un hotel. Y sus promotores, hay que decirlo, resolvieron una herida urbana que llevaba abierta décadas.
Cualquiera que camine por Via Laietana termina sintiéndose observado tarde o temprano. No son los coches, ni los turistas, ni los ciclistas ni los escaparates camino del Palau de la Música. Es una fachada entera cubierta de ojos de cerámica que te devuelve la mirada si te atreves a sostenérsela. Eso es el Ohla. Y ese gesto de mirar y ser mirado no es un capricho estético, por mucho que lo parezca a primera vista. Es, casi sin que nadie lo sepa, el resumen de cien años de historia de un edificio regio. Cuando lo entiendes, algo encaja.
Antes de ser un hotel pensado para lucir cuatro estrellas, aunque finalmente fueron cinco, el número 49 de Via Laietana fue muchas cosas. Un escaparate pensado para seducir con la mirada. Presuntamente, una logia que se escondía de ella. Y una comisaría que la ejercía sobre los demás. Ohla, en efecto: aquí siempre ha habido alguien mirando.
Casa Vilardell: de la calle Hospital a Via Laietana
La historia del nombre por el que muchos lo recuerdan aún no arranca en Via Laietana, sino algo más lejos, en la calle Hospital, en 1907, con una tienda modesta llamada Casa Vilardell. La marca vivió veinte años de crecimiento sin parar: una sucursal en Conde del Asalto (hoy Nou de la Rambla) en 1911, otra en Carme en 1916, otra en Fontanella en 1922, y otra en Salmerón (hoy Gran de Gràcia) en 1928. Vilardell todavía no era el gigante en que acabaría convirtiéndose, pero ya se le veían las maneras: descuentos, regalos y anuncios llamativos en prensa. Aplicaban lo que hoy llamamos marketing agresivo, aunque se dirigían a una clientela de poder adquisitivo razonable. Hay cronistas que dicen que la venta por estímulos nació prácticamente aquí, cosa que dudo, la verdad, pero es una buena historia y esta serie hotelera va de eso.
El edificio que hoy ocupa el Ohla no se construyó pensando en unos almacenes, en su origen. Lo levantó el arquitecto Joan Roig i Solé entre 1924 y 1926 como bloque de viviendas de planta baja, siete pisos y un octavo para el servicio, lo promovieron Heribert Salas y Gloria Bilbena. Fueron los dueños de Vilardell quienes, atraídos por la ubicación (un cruce que pisa el trazado del viejo acueducto romano y el antiguo palacio de Guifré el Pilós, nada menos, aunque a estas alturas esto ya casi no sorprende a nadie en esta ciudad), compraron sótano, bajos y el primer piso. Para dejarlo a su gusto, llamaron a Eusebi Bona i Puig, catedrático de la Escola d'Arquitectura y autor también del edificio de La Unión y el Fénix Español en paseo de Gràcia, para convertir aquellas plantas en su sede central.
La logia bajo la cúpula
Arriba del todo, coronando el edificio, hay un detalle que parece sacado de una novela ligera de esas que se leen en la playa: dos plantas rematadas en cúpula de las que se dice (nunca confirmado, y puede que mejor así) que albergaron una logia masónica. Mientras abajo el negocio hacía todo lo posible por ser visto, unos metros más arriba se hacía justo lo contrario. Discreción total. Este es el primer giro del capítulo, y a mí es el que más me gusta: el mismo edificio que aprende a mirar hacia la calle esconde en la cabeza algo que prefiere no ser mirado por nadie. Hoy esa cabeza es una suite enorme. Buena manera de cerrar el círculo… porque se supone que en esa suite ha de imperar también la discreción.
Unos grandes almacenes
Los Almacenes Vilardell abrieron su sede central el 21 de septiembre de 1928, aprovechando el tirón de las fiestas de Mercè. La Vanguardia anunció la inauguración un día antes. La ciudad, obsesionada por entonces con sus grandes almacenes como si fueran templos modernos del consumo (poco después, muy cerca de ahí, ardería El Siglo, el otro gran símbolo comercial de la Rambla del que ya hablamos en otro capítulo referido al Manila y Meridien), recibió a Casa Vilardell como una fiesta dentro de la fiesta.
En el sótano funcionaba el taller de sastrería propio, donde se cortaban y confeccionaban camisas y trajes. Con los años, sobre todo después de la Guerra Civil, esa sección se convertiría en la seña de identidad de la casa. Es lo que más recuerdan quienes trabajaron o compraron allí, y todavía queda un puñadito de gente que lo recuerda o se lo han contado sus mayores. En la planta de ventas, además, había paneles que informaban a diario de las noticias del país. Una modernidad hace casi 100 años.
La guerra no perdonó ni a los templos del consumo. En 1938, con Barcelona bajo las bombas, Vilardell sacó un anuncio que hoy cuesta leer sin que se te impresione: un dibujo de aviones a punto de bombardear la ciudad, invitando a la gente a seguir comprando, casi como si fuera un acto de patriotismo. En la dirección de esa publicidad consta como dirección la Via Durruti, nombre que llevó Laietana brevemente, hasta 1939. Durante el conflicto, la empresa fue colectivizada, pasó a manos de sus propios trabajadores, y a principios de los cuarenta volvió a ser privada. Aguantó varias décadas más, hasta que cerró definitivamente en 1980.
De la venta al DNI
Cuando los almacenes cerraron, el edificio no se quedó vacío mucho tiempo: pasó a acoger oficinas de la Policía Nacional y una oficina ciudadana para la expedición de pasaportes y documentos nacionales de identidad. Una aclaración, porque decir Via Layetana y Policía evoca ciertas cosas y no conviene mezclar historias: este edificio no es la tristemente célebre Jefatura (del número 43), sede de la Brigada Político-Social durante el franquismo. Son cosas distintas, aunque el edificio sí tuvo que acoger oficinas administrativas de un edificio policial que se había quedado pequeño.
Los vecinos que quedaban en los pisos altos del 49 fueron desalojados y tras su fase policial el edificio se derribó casi entero. Solo se conservó lo que sigue en pie hoy: la fachada, catalogada, que el estudio Alonso, Balaguer y Arquitectos Asociados dejó literalmente en el aire, suspendida sobre una estructura provisional durante un año entero, mientras se excavaban tres plantas nuevas: una para salas de reuniones y servicios del hotel, otra de aparcamiento, y la última, sin glamur alguno, aunque fundamental, para depósitos y servicios técnicos.
Los mil ojos de Amat
Aquí entra Frederic Amat en la historia. A esa fachada conservada, el escultor le practicó lo que él mismo llama una acupuntura: mil agujas de acero rematadas en ojos de cerámica, clavadas una a una, formando una especie de constelación que mira hacia las calles. "Mi intervención nace de la voluntad de una correspondencia de miradas", dijo Amat en su momento, entre la obra, los huéspedes del hotel y la gente que simplemente pasa por una de las calles con más densas de Barcelona, últimamente algo más tranquila, con las aceras ensanchadas y el tráfico limitado. Una danza de iris, la llamó él. Bonito, sí. Un poco pretencioso también, para qué negarlo.
Hay quien prefiere leer esos ojos de otra forma, más terrenal: vigilancia, protección, un eco de todo lo que este edificio ha mirado y ha sido mirado durante el último siglo. Las dos lecturas conviven en la misma fachada sin pelearse. Que es, en el fondo, lo que este edificio ha hecho toda su vida.
Los arquitectos del proyecto contaban que el reto no terminaba en la fachada histórica. Había que hacerla ‘dialogar’ con una segunda piel, más oscura y nueva, levantada hacia la calle Comtal, cosiendo así dos calles que hasta entonces se habían dado un poco la espalda. Ese diálogo entre lo viejo y lo nuevo sigue jugando, de algún modo, con la idea de la mirada: la planta es casi circular, así que no hay dos habitaciones iguales ni en distribución ni en vistas, repartidas entre el Palau de la Música, el trocito de puerto al final de Via Laietana o los callejones de Ciutat Vella.
Justo bajo la cúpula que antes se asociaba a la logia se abre una suite dúplex de techos altísimos encima de la terraza y la piscina que miran hacia Comtal: una quinta fachada de verdad, con vistas de 360 grados sobre la ciudad. Incluso en el restaurante del altillo hay un filtro de malla de acero con leds que deja ver la calle sin que te vean desde ella. Otra vuelta más, ya en pleno siglo XXI, al juego de mirar y ser mirado que este edificio arrastra.
Hoy el Ohla es un hotel boutique de 72 habitaciones repartidas en seis plantas, con Estrella Michelin desde hace años en su restaurante Caelis y una piscina en la azotea desde la que la vista va, sin prisa, del mar al Tibidabo. Quien cruce Via Laietana y levante la cabeza se va a encontrar con lo de siempre: un edificio que, de una forma u otra, nunca ha dejado de mirar.
Desde que es hotel, lo hace con mil ojos.
El lado del edificio que da a Condal ha pasado de ser una medianera a un muro azul lleno de ojos y a la apertura de una placita en esa calle. © Aqua Hotels
