“Sin preguntas, sin recuerdos, sin nostalgias; naciendo ahora”

'Noche de vino tinto', una película de José María Nunes
'Noche de vino tinto', una película de José María Nunes

'Noche de vino tinto', de 1966, es una de las películas fundacionales de la Escuela de Barcelona. Un recorrido nómada, existencialista, ácrata y poético por la entraña de una noche urbana glosada por el cineasta, José María Nunes, con infinito amor.

(Escritor, periodista, gestor cultural)
05 de agosto de 2026 - 05:30

Pantalla en negro. Ruidos de trenes, de viaje largo. De pronto, la frase “en cada mujer están todas las mujeres” aparece sobreimpresionada. La acción arranca cuando Ella, interpretada por la actriz italiana Serena Vergano, entra en un apartamento. De las paredes cuelgan imágenes de Miró, el Guernica de Picasso y libros. Suena música folk. Un nido al que la mujer regresa con evidente ilusión.

Un flashback la traslada a ese mismo apartamento, tiempo antes, abrazada a un hombre un poco mayor que ella, atractivo, evidentemente enamorado, interpretado por Rafael Arcos. Son amantes. Él le hace prometer que, si algún día ella llega a ese lugar y él no está, si él no aparece, todo se habrá terminado. Y ahora no está, ni aparece, y un plúmbeo manto de tristeza cae sobre ella, que abandona el piso y echa a andar, sin rumbo, calle abajo.

Se detiene en una cafetería, entra y se sienta al lado de un grupo de jóvenes modernos. A su lado, de espaldas, uno de esos chicos –Enrique Irazoqui– recita una poesía en forma de ruego a una mujer –Anne Settimó–, invitándola a surcar los cielos de una noche sólo hecha para ellos dos, pero ella se niega, lo rechaza, lo ignora, y el joven se levanta para marcharse. Impulsada por un deseo de escapar del aquí y el ahora, la protagonista corre tras él y se ofrece a explorar a su lado esta noche que acaba de empezar. 

–Si me deja, voy con usted hasta ese último cielo suyo –le propone.

Él acepta, bajo una condición:

–Sin preguntas, sin recuerdos, sin nostalgias; naciendo ahora.

Así arranca Noche de vino tinto, la película de 1966 con la que José María Nunes elevó el cine barcelonés hacia una nueva atmósfera artística. Una historia de almas solitarias y heridas vagando juntas en una noche donde el vino tinto, consumido en diversas tascas del barrio Gótico, facilita el flujo de palabras, reflexiones y acontecimientos. Una oda al amor y el desamor, a la soledad, a la serendipia y a una urbe profundamente amada por el cineasta que fundó (y mantuvo viva) la Escuela de Barcelona.

“En 1956, Nunes había dirigido su primer largometraje, Mañana…, considerado en ocasiones como el inicio de la Escuela de Barcelona. Sin duda, ahí aparecen ya, en gran medida, muchos de los rasgos que caracterizarían a dicha escuela. Esto situaría tal vez a Nunes en la posición de precursor, además de en la de miembro y cofundador de esta corriente cuyo apogeo podríamos situar entre 1965 y 1969”, argumenta el músico Daniel Nunes, uno de los hijos del director. 

Una obra poética, vanguardista, extraña y sin concesiones. 

“En aquel primer largometraje –prosigue–, uno de los episodios se titula Chico y chica. En él un hombre y una mujer que no se conocen de nada se encuentran y comparten aventuras en una muy poética noche barcelonesa. Esta historia, desarrollada como guion para largometraje dio lugar, diez años más tarde, a Noche de vino tinto, seguramente su película más conocida. Una obra poética, vanguardista, extraña y sin concesiones. En ella el trinomio mujer–hombre–noche barcelonesa se vertebra alrededor de un nuevo elemento: el vino tinto”. La película acabaría suscitando la admiración y aplauso de los mismísimos Jean-Luc Godard y Alain Resnais.

La mirada del ácrata

José María Nunes había nacido en la localidad portuguesa de Faro en 1930 y, con su familia, habían venido a España cuando él tenía doce años, pasando primero por Sevilla y recalando, poco después, en Barcelona, donde se instalaron en las barracas de Montjuïc. Pronto, la ciudad se convertiría en un escenario emocional que nunca dejaría de navegar en busca de sus calles secretas, de los barrios, los bares y las esquinas donde no hace falta nada más que el alma, carácter e historia que rebosan.

Vergano y Arcos en 'Noche de vino tinto'
Vergano y Arcos en 'Noche de vino tinto' 

A partir de los años 50 se fogueó en el mundo del celuloide de la mano del cineasta Enrique Gómez y del todopoderoso productor y director Ignacio F. Iquino, a quien Nunes definiría como su “gran escuela de cine”. Debutó en 1956 con la citada Mañana…, una colección de retales callejeros donde ya dejaba clara su visión de un cine alejado de convencionalismos, donde el argumento era accesorio, por no decir innecesario, y el entretenimiento fácil era el enemigo a batir. 

En el libro colectivo Nunes, més enllà del temps, Joan M. Minguet Batllori describe al cineasta en los siguientes términos: “su anarquismo humanista, su apuesta por la inteligencia, la irrefrenable necesidad de la libertad. La radicalidad expresiva de Nunes busca siempre al espectador (y al lector) activo, también irreverente. Nunes decía que es mejor fracasar que refocilarte en el éxito”. El cineasta prefería un espectador levantándose en medio de la proyección que otro que se quedara ahí, de forma pasiva.

Nunes decía que es mejor fracasar que refocilarte en el éxito. 

En la misma obra, Steven Marsh describe sus films como “intrigantes composiciones jazzísticas, llenas de bucles, movimientos que serpentean por circuitos articulados al azar que forman jeroglíficos y arabescos. Como la música improvisada que tanto permea sus películas, el cine inconformista de Nunes es vanguardista y de vagabundeo, inconforme e informe; un cine que desafía y disiente de las formas tradicionales de hacer películas”.

Esta vena narrativa controvertida y ácrata sería la que plantaría la semilla de la Escuela de Barcelona: un movimiento cinematográfico basado en la experimentación, el Pop, la improvisación, el desdén por toda forma de argumento y un amor desmedido por la Nouvelle Vague gala y el Free Cinema británico, así como por el existencialismo de Camus o Sartre y el Situacionismo de Debord o Trocchi.

Escena de 'Noche de vino tinto'
Escena de 'Noche de vino tinto' 

Cineastas como Pere Portabella, Jacinto Esteva, Joaquim Jordà o Jorge Grau serían los estandartes de este movimiento donde, sin embargo, Nunes tampoco iba a encajar del todo, proletario en un entorno de hijos de la burguesía catalana, inmune e indiferente ante los fastos de la Gauche Divine y las luces de efecto estroboscópico de Bocaccio y otras boîtes de Tuset Street. Lo suyo era cine de calle, de barrios, de gente como tú y yo que le teme al final de mes.

Lo suyo era cine de calle, de barrios, de gente como tú y yo que le teme al final de mes.

Viaje y equilibrismo en la noche barcelonesa 

Volvamos a Noche de vino tinto. Cuando los protagonistas convergen, fuera de la cafetería, y los pactos quedan claros –hasta el punto de que él no revela su nombre y no permite que ella diga el suyo, bautizándola como Viajera–, empieza el recorrido nómada por las tabernas y calles de la ciudad vieja. Desde el Almirall de Joaquim Costa hasta la plaza Sant Felip Neri, pasando por el passeig de Picasso, como parte de una incontable sucesión de rincones y meandros del Gótico y el Raval más o menos reconocibles. 

La noche les pertenece y su peor enemigo es el tiempo. “Ningún día de estos que cuelga de los calendarios merece nuestro viaje. ¡Ha muerto el tiempo de los relojes!”, declama Él en un momento dado. En otra escena, ante unas campanadas que indican qué hora es, los protagonistas se tapan los oídos para no oír. Para no tener la menor constancia de cuánto tiempo ha transcurrido y –peor aún– cuánto les queda antes de que la madrugada mate el hechizo de esa noche que es suya y sólo suya.

¡Ha muerto el tiempo de los relojes!

Y luego está el vino, que da título a la obra. Bebido como ritual, como facilitador del viaje interno y externo que da lugar a este recorrido poético de encuentros y desencuentros entre los dos, intercalados por flashbacks que –como venenosos fantasmas que roban la escena– interrumpen el curso de la velada a través de los que conocemos un poco más a los personajes y, sobre todo, la fuente de su dolor. El porqué de esa sensación de lacerante vaciado cuando el corazón se te quiebra.

Descubrimos el amor profundo de Él hacia la mujer interpretada por Anne Settimó (quien, por cierto, participó en el guion de la película), y de Ella, Viajera, sabemos que es la hija de una familia burguesa de Vic de la que buscaba huir echándose a los brazos de ese amante ausente encarnado por Rafael Arcos. Y vemos cómo la noche y el vino liberan las esencias del dolor, del deseo de vivir y acaso morir, de la soledad compartida, con diálogos y situaciones narrativamente arriesgadas.

Noche de vino tinto tiene […] un sorprendente aire de trascendencia voluntariamente asumida, que oscila continuamente entre lo sublime y lo banal, en un difícil equilibrio del que casi siempre sale airoso su director. Y si bien es cierto que los diálogos del film suenan a veces excesivamente pomposos, no lo es menos que la poderosa imaginación visual de Nunes logra preservar a sus criaturas del ridículo. Inocentes, naïfs incluso más allá de lo sensato, los desorientados personajes nunianos se mantienen en pie, no obstante, gracias a la desarmante sinceridad con la que el director los viste”, analizan Esteve Riambau y Casmiro Torreiro en su imprescindible La Escuela de Barcelona: el cine de la ‘gauche divine’.

La actriz italiana Serena Vergano
La actriz italiana Serena Vergano

Durante el rodaje, este difícil equilibro estuvo a punto de romperse en varias ocasiones. Enrique Irazoqui no era un actor profesional y su única aportación al cine había sido, hasta la fecha, haber interpretado a Jesucristo en El Evangelio según san Mateo de Pasolini. No entendía el guion de Nunes y muchas frases le parecían ridículos.

Algo parecido ocurría con Serena Vergano, milanesa afincada en Barcelona que no era la primera opción para el director (que había pensado en Núria Espert para el papel), actriz de método para la que muchas de aquellas frases y situaciones eran ridículas. Nunes recordaría, años después, haber amenazado a los actores durante el rodaje con echarlos y que su lugar lo ocupara la primera pareja que pasara por la calle. “Los ricos siempre tienen miedo del ridículo”, determinaría, a propósito de aquella anécdota.

“Los ricos siempre tienen miedo del ridículo”

La propia Vergano se dio cuenta de la magnitud y la belleza de la obra sólo una vez que la vio en el cine. “Éramos unos nómadas, gitanos que pasábamos las noches en el barrio Chino, en los bares, sin dormir, a base de carajillos. Filmábamos las salidas del sol, no había plan de rodaje, era algo terrible. Estaba completamente exhausta, pero lo que me estimulaba bastante era su curiosísima estética. Lo veía cómo iluminaba y cuando vi la proyección me quedé bastante impresionada porque la película es muy hermosa”, recordaba la actriz en el citado volumen de Riambau y Torreiro.

En 1967, Serena Vergano y Enrique Irazoqui volverían a repetir tándem en la histriónica Dante no es únicamente severo, de Jacinto Esteva y Joaquim Jordà, quizás la película más emblemática de esa Escuela de Barcelona donde Nunes, pese a su innegable influjo, nunca dejó de considerarse, a la vez, “patito feo” y continuador del movimiento.

Oda existencialista a la serendipia 

En las páginas de Nunes, més enllà del temps, Manuel Delgado define Noche de vino tinto como “una película urbana porque habla de nexos humanos inacabados, que se niegan a cristalizar, que se estructuran a partir de un desplazamiento continuo, con paradas que –a modo de las escenas de un via crucis– delimitan una geografía sin marcas ni límites definitivos, en que todo es fluctuante, aleatorio y fortuito”.

Un territorio donde los protagonistas “juegan al olvido y a la renuncia a todo destino que no sea inmediato. Quieren empezar de cero […] sin pasado y sin futuro. Una empresa inútil”, porque saben que, con el final de este trayecto anárquico a través de la noche, cuando las primeras luces del alba disipen el último halo de reconfortante tiniebla, la realidad se volverá a imponer con toda la amargura de su aliento.

El ritual del vino tinto en 'Noche de vino tinto'
El ritual del vino tinto en 'Noche de vino tinto'

Pero, hasta que eso ocurra, el mundo y estas calles y estas tascas les pertenecen. En este sentido, la cinta representa una gran oda a la serendipia, a esa virtud de hallar cosas inesperadas. En este caso concreto, un viaje compartido entre almas solitarias, heridas, pero no alienadas. Difícil no pensar en el viaggio de Antonioni o en el Roquetin sartriano. “Son nadie en general y, a la vez, todos en particular”, añade Delgado.

El escritor Joan Lorente i Costa lo contextualizaba generacionalmente así: “No es una rebelión política, impensable en un film español de aquella época, sino una actitud que conectaba con la insatisfacción y la frustración existencial de la juventud europea de entonces”.

Un viaje compartido entre almas solitarias, heridas, pero no alienadas.

Barcelona, con sus calles, sus rostros, sus peleas de bar, sus borrachos, sus jóvenes de alma cosmopolita, sus meublés, sus serenos, sus mesoneros, completa este triángulo que oscila entre la tragedia, el miedo y una íntima joie de vivre, mientras la poesía pueda seguir manando como el vino tinto bebido en todo tipo de vasos. Una ciudad que no es importante por sí misma, sino por su gente, “que es la que hace los sitios” (Nunes dixit).  

En esta Barcelona amada con profundidad por el director, cabe el R&R de los Mustang, el jazz tabernario de baile lumpen y pelea con botellas rotas y ese flamenco que nadie entiende y que, en el mejor de los casos, si vienes de cuna adecuada, únicamente puedes sentir. Que ya es mucho.  

Una gran película Modernista barcelonesa

Hacia el final, hallamos un recurso común en la filmografía de Nunes, que fallecería en 2010 con los ochenta recién cumplidos. Tras haber acomodado a Serena Vergano en un abrevadero (en la Barcelona de 1966 todavía los había), después de que una noticia terrible la haya dejado inconsciente, Enrique Irazoqui estalla, de pronto, en una carcajada carente de toda lógica y explicación. Esta situación es común en varias películas del director, como Sexperiencias o Gritos… a ritmo fuerte. Personajes que, sin venir a cuento, se empiezan a reír de forma histriónica, casi descontrolada. 

No resulta difícil definir Noche de vino tinto como una gran película Modernista de Barcelona. 

El por qué, lo ilustra Joan Maria Minguet Batllori, en Nunes, més enllà del temps. “Le pregunté por qué colocaba tan a menudo esas escenas tan discordantes. Y Nunes, murri, salta rápido y me dice: ‘Minguet, coloco estas escenas cuando tengo miedo de que el espectador, por un momento, se pueda estar sintiendo cómodo en la butaca’. Toda una declaración de intenciones”. Pura modernidad cinematográfica que, en La Escuela de Barcelona, Torreiro y Riambau abordan, apropósito de la cinta, en los siguientes términos: “en ser, al mismo tiempo, un diagnóstico y un recorrido, una enseñanza y un camino abierto, una posibilidad de lectura por debajo de sus evanescentes, suburbiales, poéticas imágenes”. 

En este sentido, no resulta difícil definir Noche de vino tinto como una gran película Modernista de Barcelona, con su ritmo de jazz y pop, con su pulso callejero, con su fotografía casi impresionista y con sus personajes individualistas y rotos que nadan en una deriva poética y privada. Tratando de arañarle a esta vida árida y trufada de decepciones una noche en que el mundo esté hecho a su medida. 

Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

Alberto Valle
Alberto Valle

Escritor, periodista, gestor cultural

Ver biografía