No escribiré (más) sobre el bar Haití

24 de octubre de 2026 a las 05:30h

Los proteccionistas de Ciutat Vella (a saber; aquella secta de convecinos que, fatigados de habitar un barrio donde cualquier actividad implica ejercitar el eslalon entre turistas y los cuales, debido a tal hartazgo, también han acabado detestando la presencia de otros barcelonese) me hicieron jurar que no escribiría un artículo sobre el bar Haití, conscientes de que cualquier cosa que toca mi pluma se convierte en un lugar donde todo Dios pretende husmear. Hasta ahora les había hecho caso, porque yo mismo desayuno a menudo -bocadillo o forquilla- en este cariñoso establecimiento de Jaume I que, a su vez, desde hace pocos meses sirve un menú insultantemente económico que ya figura entre los más dignos del barrio, junto al de Ca l'Agut y, si la bossa sona prou, el de Estevet. A pesar de vivir a pocos metros del Haití, tardé cierto tiempo en devenir un regular, pues resulta ser el lugar habitual de desayuno para funcionarios y políticos de la ciudad y, como entenderéis perfectamente, no hay cosa más espantosa que empezar el día sufriendo por si un trabajador público te hurtará la mesa o por si te verás en la tesitura de tener que insultar a algún socialista.

Decía que los indígenas me habían prohibido escribir sobre Haití para preservar su identidad y poder halar en sus mesitas sin alterarse. Hoy desobedezco finalmente la orden, ante todo porque -debido al buen trabajo de su comandante de tercera generación, Josep Servitje- Haití ya ha devenido parte del imaginario de toda Barcelona y ahora incluso debemos aguantar que la buena fama de sus espléndidos bocadillos haya llegado a los cretinos del barrio de Gràcia. En segundo término, ayuda también el hecho de que, durante la pasada Mercè, Haití celebrara un aquelarre culinario nacional-fascista bajo la bandera “Mori el brunch, visquin els esmorzars de forquilla!”, un lema que parece surgir de una canción de uno de estos grupos auténticamente vomitivos que tanto gustan a mi querido Xavi Noriguis. Sea como fuere, los resistentes de Ciutat Vella tendremos que aceptar que nos invadan otro de nuestros templos, porque de ahí ya no viene la cosa, y tampoco pasa nada porque ese tipo de gente que se define como cazadora de desayunos en grupo nos acabe embutiendo el bar.  

En casa amamos Haití porque Josep tiene la decencia de comprar la base culinaria allí donde lo hacemos nosotros, empezando por Santa Caterina (un lugar donde los paradistas se han resistido al guiram mucho mejor que en el mediático mercado vecino...), el Forn Vilamala y La Colmena. De todo ello surgen, cada mañana, los bocadillos que inventa mi querida Íngrid Beser, emparedados auténticamente pornográficos después de los cuales uno tendría la tentación de volverse a meter en la cama. No apelo a la fruición sexual por capricho, puesto que los clientes más suspicaces intuimos que existe una relación inquietante entre los sofocos internos del Íngrid y sus extraordinarios biquinis, donde el queso se derrite por los márgenes con una alegría mareante y que ha acabado manchando todos los labios del Gòtic. De hecho, no sabemos si es mejor que nuestra bocadillera predilecta haya consumado el día anterior o que se haya quedado a las puertas del placer con tal de que, sea del disfrute o de la contención, acabe generando un pepito de lomo que te puede llevar directamente al Hospital del Mar...

L’Haití, uno de los templos del desayuno de tenedor en Ciutat Vella. © Haití

Si tenéis la desgracia de no anhelar los bocadillos y de decantaros por los pinchos, el chef Oriol Vilalta os amenazará cada día con una selección de tortillas insultante. También comanda el menú, de donde cabe destacar el retorno de algo tan importante como son los fideus a la cassola y la presencia constante de los peus de consller. A la hora de comer, el único problema de Haití es el espacio reducido, el espantoso ruido resultante y la alta posibilidad de que a uno le toque almorzar junto a un alcaldable convergente o de los comunistas. Pero todo esto son problemas pasables, porque tendréis el gozo de ser servidos por Clara Fanlo, cuyas piernas semi-tatuadas tienen a medio barrio enamorado y con quien servidora comparte una cierta visión trágica de la vida que sólo puede regenerarse con una tortilla de espigalls. Todo esto ocurre por las mañanas en Haití, donde llego medio dormido como una marmota y del cual salgo mínimamente esperanzado. Sólo os pido que, a la hora de haceros clientes, perpetréis la invasión con un cierto orden y el Insta en reposo.

"Barcelonenes, me atrevo a insistir: visitadlo con moderación y tened piedad de sus habituales"

Yo soy medio hijo de América, porque allí aprendí el sentido último de la libertad individual y del arte de la guerra, y por eso me resisto firmemente a la muerte del brunch (el cual, a diferencia de los cretinos de expats que tenemos en Barcelona y sus absurdas kombuchas, siempre debe coronarse con un Bloody Mary de aquellos que te destrozan el estómago provocándote una alegre vomitera), pero ello no resulta impedimento alguno para que defienda a muerte nuestra forquilla y el bocadillo inundado de olas de bull blanc. Desde esta trinchera, por tanto, defiendo el bar Haití y le deseo una larguísima vida. Barceloneses, me atrevo a insistir: visitadlo con moderación y tened piedad de sus habituales, un tipo de gente con buen gusto y cierta terquedad, que compartimos la tozudez de perpetrar nuestra esencia.   

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