Mi Verdaguer

20 de diciembre de 2025 - 23:02

Hay mil maneras de evaluar un espectáculo teatral que nos congrega alrededor de la hoguera del patrimonio, pero la mía ---quién sabe si la más espontánea y elemental--- es la capacidad para que un texto cantado ayude a precipitarme hacia la biblioteca y así reencontrar o descubrir a un autor. Pues helo aquí uno de estos ejemplos, porque nada más terminar el monólogo Sum Vermis del Teatermacher Ferran Dordal y el actor Albert Prat, aprovechando el horario europeo de la propuesta en cuestión, corrí como un loco hacia la biblioteca del Ateneu para pedir en préstamo ejemplares de Flors del Calvari, En defensa pròpia y Al Cel (en la Docta Casa hacemos las cosas como Dios manda, y los tres libros son volúmenes curados por mi querido Narcís Garolera). Ahora ya no haría falta decir que éstas son algunas de las obras maestras de nuestro Mossèncinto; o quizás sí que deberíamos, pues este monólogo va, en cierta forma, de la distancia que existe entre el mito de la letra, fundador de la catalana tierra, y nuestra persistente ignorancia de su gènit

Los impulsores de los Teatres del Farró prometieron que en sus espacios ---La Gleva y La Fàbrica--- veríamos textos de excelencia literaria y escénica sin demasiadas concesiones a la galería. Ahora ya podemos decir que son gente de palabra, como lo demuestran este repaso biográfico de nuestro poeta nacional y el hecho de titularlo de la forma menos comercial posible, Sum Vermis, en honor al poema homónimo que encontramos casi al final de Flors del Calvari. Poca coña con estos versos, queridos lectores míos: "Escombrau mes petjades en l’altura;/ ja no hi faré més nosa, la pobresa/ serà lo meu tresor, serà l’oprobi/ lo meu ergull; les penes ma delícia". Abandonado por el patrón que le había cubierto de honores y pasta, difamado como exorcista sin poder decir misa con normalidad, exiliado de su queridísima Barcelona, ​​Verdaguer pasa sus últimos años defendiéndose de los cabrones y flagelándose la carne según el dictado de la Imitatio Christi. Encumbrar a alguien y después cargárselo es cosa muy catalana y esto de flagelarnos con las penas del damnificado suele hacernos correr de gusto. 

Pero anem a pams, que me pongo demasiado lírico. Éste es un one man show bastante bien tramado; Ferran Dordal sabe tejer muy bien el paso de una anécdota que le une a su actor con relación a Verdaguer para dispararnos un recorrido biográfico que va de la glorificación al ocaso del poeta. Bajo una aparente ligereza, aquí sorprende un buen trabajo de documentación biográfica-textual sobre el gran Jacint y el dramaturgo-director tiene la delicadeza de hacer enorgullecer al espectador con los textos de su founding father mientras aprovecha también para chotearse del orgullo impostado de la tribu y esa curiosa manía de enaltecer figuras de las que no tenemos ni la más reputa idea. Habitualmente, los monólogos me provocan una pereza supina y cuando veo a un actor que intenta simpatizar con la audiencia (más aún, si va acompañado de una guitarrita) se me imponen las ganas de incrustarle ambos picarols a un interruptor. Pero me atrevo a decir que Albert Prat es el mejor actor de su quinta y tiene la delicadeza de decir nuestra lengua como un santo y de ejercer de canalla con ese aire suyo tan despistado que nos enamora.

Mientras escuchaba el actor Prat recitar los textos donde Verdaguer se protege atacando la ignominia, pensaba en lo asnos que somos para reivindicar la dignidad intelectual a través de piezas tópicas (¡y sin duda venerables!) como el J’accuse mientras podríamos lucir el producto casero de En defensa pròpia que, junto a la literatura de viajes de Cinto, es de las cosas más bestias y modernas que se han escrito nunca en nuestra lengua catalana. Tiene cierta gracia que Dordal y Prat sobrevivan al salto mortal de transformar la dignidad bíblica de Verdaguer en un cierto orgullo macarra de un crooner en versión roquera, el cual nos explica muy bien que la única obligación moral de un escritor solamente es creer y tener fe; también que, a su vez, este nuestro país tiene una cierta tendencia a tachar de loco a quien no se adapte a la normativa que procede. La palabra recitada se mueve como seda al viento y a ello ayudan un espacio austero pero diabólico de Silvia Delagneau y una iluminación afinada de Marc Salicrú. Prat se irá halando cada día mejor las parrafadas a base de que la cosa ruede y espero que gire por el país como si fuera una biblioteca móvil.

Sum Vermis estará en el teatro La Fàbrica hasta el 4 de enero, y valdría la pena que los conciudadanos se precipiten a verlo, bien conscientes de que ---por obra y gracia del horario europeo--- cuando salgan tendrán que correr a la biblioteca o librería más cercana. Yo he regresado a Verdaguer, a mi Verdaguer, una vez más; “A la vida o al cor quelcom li prenen/les ones que se’n van;/si no tinc res, les ones que ara vénen, digau-me, ¿què voldran?”

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Bernat Dedéu
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