El barrio del Farró debe su nombre, como tantos otros, a la masía que existía antiguamente. Una cosa es que hubiera un pequeño Puig, o Putxet, y otra muy distinta es can Farró a los pies del mismo, en la “cassola” de Sant Gervasi. Y es aquí donde en poco tiempo ha brotado uno de los laboratorios más estimulantes del teatro barcelonés. Alejado del ruido del centro, con una programación que combina riesgo, proximidad y un cuidado artesanal del detalle, el Farró ha logrado construir un espacio íntimo, coherente y exigente que apuesta por la calidad por encima del ruido mediático. Hay salas pequeñas que programan obras pequeñas; el Farró, en cambio, programa obras grandes en un espacio pequeño.
Pentesilea, dirigida con una precisión quirúrgica e interpretada con una intensidad poco habitual, es quizá el ejemplo más depurado. Asistimos a una tragedia que se respira, tanto por la proximidad física del público con los actores como por la cercanía espiritual de la atmósfera y la interpretación. No es un texto interpretado, sino un cuento junto al fuego casi transmitido de generación en generación.
De hecho, el texto de Heinrich Von Kleist (feroz, lírico, contradictorio, obsesivo) encuentra aquí una especie de espacio natural que encaja con la traducción en verso de Feliu Formosa, que incluye detalles como hacernos confundir los besos con las mordeduras. La historia de amor y destrucción entre Pentesilea y Aquiles se expresa con una fuerza física que no necesita grandes escenografías, sino que la escala humana de la sala misma crea una especie de cámara de precipitación emocional.
El elemento más impactante del montaje es el trabajo interpretativo: Paula Blanco y Ramón Pujol construyen un duelo de tensión continua, un combate emocional en el que cada palabra y cada pausa adquiere un peso dramático incómodo y excitante al mismo tiempo. No hay ningún momento relajado, ni recurso que sobre, ni que falte. El texto es pausado, y quizá por ello los silencios vibran como cuerdas de arco bien tensadas. La química entre ellos (destructiva y frágil, pero también apasionada) es la columna vertebral del espectáculo, y es esta corriente eléctrica constante la que hace que la obra no decaiga.
El minimalismo escenográfico funciona perfectamente, de hecho casi parece ausente, como si no hiciera falta nada más que dos cuerpos y un conflicto. La luz, contenida, delimita espacios mentales más que físicos. Esta contención formal permite que el drama explote únicamente desde la palabra y el cuerpo. La adaptación textual logra un lenguaje que mantiene el eco del mito, pero al mismo tiempo habla con urgencia contemporánea. La reina amazona y su rival, el héroe griego, no son figuras idealizadas ni mitos lejanos: parecen personajes que bajan del Putxet hasta can Farró, en un conflicto grave del que todos los vecinos son espectadores. Violencia y amor se confunden, como siempre, aquí y al otro lado del Mediterráneo.
Pentesilea, en definitiva, más que teatro de pueblo, es teatro del pueblo en mayúsculas. Un tipo de montaje que justifica, por sí solo, la existencia de un espacio como Teatres del Farró. Una tragedia monumental que demuestra que no hace falta grandiosidad para hacer teatro grande, sino una comunidad de artistas que se lo crea y dispuesta a llegar hasta el final.