Tres horas y cuarenta minutos (con entreacto). Quedan avisados. No es una historia, sino varias; no es una situación, ni siquiera un conflicto: es un retrato intergeneracional, exhaustivo y complejo, sobre cómo la Guerra Civil y el franquismo siguen navegando en nuestro presente.
Bueno, hay que decir que de presente hay poco: la protagonista —más que protagonista, Alba es el vínculo con el pasado a través de su investigación universitaria— está situada en 1992, seguramente porque, si la acción transcurriera en 2026, la conexión con la Transición o con el franquismo quedaría demasiado lejana. Era necesario un vínculo cercano, o al menos no demasiado distante, con el trauma. Barcelona. 1936, 1939, 1944, 1976, 1992. Collserola allá arriba, con milicianos republicanos perseguidos. Ni una mención a la Arrabassada (no habría costado nada), pero, en fin, los perdedores de la guerra merecen su justo homenaje, sobre todo a raíz de las atrocidades del franquismo. Y al final, la gran pregunta: si somos una síntesis de todo eso, si realmente el trauma ha permanecido oculto bajo un gran silencio, ¿hasta qué punto hemos quedado marcados, dañados e irresueltos?
En la Biblioteca, la disposición del espacio es semienvolvente: escenario en el centro y público en tres lados, con un relato escénico construido mediante proyecciones, vídeos, fotografías, muy poco mobiliario —mesas y sillas— y abundante atrezo de apoyo —banderas, fusiles, guitarras—, junto a un vestuario que recrea cada época y, sobre todo, las entrelaza. Vemos a un miliciano atravesando una conversación ambientada en 1992 o a un Lluís Llach cantando en 1976 mientras un militante franquista acaba de despedirse de su esposa. El mensaje es que los fantasmas siguen corriendo entre nosotros y dentro de nuestras venas, queramos o no, y ese recurso resulta acertado y eficaz. Quizá, entonces, los diálogos podrían ser más breves y directos, las escenas ir más al grano y las emociones, la empatía con los personajes y con su situación, ser más intensas. La voluntad historiográfica, y el intento de encontrar un equilibrio justo entre épocas y mentalidades, quizá neutralizan en exceso las emociones y el amor necesario hacia los personajes. A veces, no siempre, pero sí en ocasiones, la investigación científica parece convertirse en el objetivo, cuando es a través de la emoción, del relato intenso, como más podemos aprender. *La letra con sangre entra*, que se decía.

El silencio, la vergüenza y el tabú constituyen el gran tema de la obra. Sin embargo, no da la impresión de que en este país se haya hablado precisamente poco de la Guerra Civil; sí se entiende si la referencia es al franquismo o a la reticencia familiar, íntima y personal, a revivir las experiencias de la guerra. El relato, por necesidad, supongo, se españoliza: se habla mucho de la historia de España, de las dos Españas, de cómo el Frente Popular era una causa casi peninsular. El catalanismo, para entendernos, aparece poco como agente histórico de la época, y eso tampoco resulta del todo injusto: quedó diluido entre los dos bloques y, por tanto, el resultado es el que es. Una Collserola partida en dos bandos, donde aquello que nos identifica como comunidad nacional apenas aparece en forma de persecución de la lengua y de evocaciones de la Nova Cançó. De hecho, en la sinopsis de la obra ni siquiera aparece mencionada la palabra Cataluña, e insisto en que eso no es completamente injusto. Es lo que hay: tampoco en los Juegos Olímpicos salimos especialmente bien parados, si nos detenemos a pensarlo.
"Si realmente el trauma ha sido tapado tras un gran silencio, ¿cómo hemos quedado de tarados y de irresolubles?"
Las interpretaciones son impecables, la puesta en escena funciona y, en todo caso, quizá sea el texto el que parece enredarse innecesariamente. No es complicado que Natàlia adopte Alba como nombre de guerra, ni que la Alba de 1992 sea huérfana por razones oscuras, ni que las épocas se superpongan. No, eso más que complicado constituye precisamente el encanto de la obra. Cuando digo que el texto se enreda me refiero a lo apuntado antes: resulta más instructivo que conmovedor. Ocupado en atar cabos, a veces olvida atarnos el corazón. No hace falta que todo quede tan perfectamente explicado y justificado: de hecho, en una guerra y en una posguerra eso es imposible.
La sensación general es que, como siempre, Oriol Broggi ha tratado con maestría una historia que quizá carga demasiado peso sobre el contenido. Pero vuela, vaya si vuela; vaya si es necesaria; vaya si el talento rebosa por todas partes. La obra comienza hablando de los rostros que ya no existen, de las personas que dejan de existir porque nadie las recuerda después de morir. Son gente que es como si nunca hubiera vivido, porque caminamos sobre siglos de muertos anónimos. El verdadero reto del texto debería ser que esas personas quedaran grabadas para siempre en nuestra memoria y que nos lleváramos la cicatriz, más que el conocimiento, de vuelta a casa. Cuando el texto no lo consigue del todo, lo consiguen la dirección de Oriol Broggi y la interpretación impecable de los actores. Me los llevo, como siempre que voy a la Biblioteca, dentro del corazón y de la retina.


