Anatomía de un fricandó frustrado: "La truita" llega al Teatre Poliorama

"La truita" al Teatre Poliorama en el marco del Grec 2026. ©Marta Mas
"La truita" al Teatre Poliorama en el marco del Grec 2026. ©Marta Mas

Ferran Utzet dirige un reparto encabezado por Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas en una obra que funciona mejor en sus momentos cotidianos que en sus digresiones dramáticas.

(Redactora)
03 de julio de 2026

Una casa de pueblo. Un cumpleaños. Una comida familiar. Así comienza La truita, la obra que el Teatre Poliorama presenta para el Grec Barcelona, escrita por el dramaturgo francés Baptiste Amann y dirigida por Ferran Utzet. Se trata de una comedia que cuenta con un elenco de lujo capitaneado por la pareja de padres, Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas, acompañados por Sara Espígul, Miranda Gas y Júlia Bonjoch como las tres hijas del matrimonio y Arnau Puig, Marc Bosch y Tai Fati como las parejas de las hijas. 

La obra comienza con la presentación de los personajes. Por un lado, tenemos a los padres, una pareja pasada la sesentena que ha decidido dar un rumbo nuevo a su vida mudándose a un pueblo y arrancando un negocio familiar con una panadería ecológica. Por otro lado, las dos primeras hijas, intepretadas por Sara Espígul y Miranda Gas, madres primerizas y con una vida "estable" y "normal" (entre comillas, por supuesto, porque ¿qué es la estabiliad?, ¿qué es la normalidad?).

Ambas vienen acompañadas por sus parejas, Arnau Puig y Marc Bosch, dos personajes muy diferentes entre ellos, pero que intentan encajar con su familia política. La tercera hija, interpretada por Júlia Bonjoch, es la más diferente de todos ellos: una chica viajera, sin ataduras, artista y lesbiana. 

Esta primera parte en la que se conocen a los personajes es muy amena, original y entretenida. Se van presentando a las diferentes parejas desde diferentes planos: cuando están solas, cuando están con sus parejas y cuando están en familia. El público es testigo de los pensamientos e ideas que tienen los personajes, un recurso que le aporta veracidad a la historia, naturalidad y logra generar empatía. Esto sucede en la presentación del personaje interpretado por Sara Espígul cuando, en la escena primera del coche, escuchamos sus pensamientos en relación al aburrimiento que le genera su pareja. Un momento divertido, brillante y rebosante de naturalidad. 

Una estructura fresca y cronólogica 

La truita se estructura en tres partes, las tres partes típicas de un menú de comida: entrante, segundo plato y postres. Y ya, en los entrantes, empiezan a estallar los primeros conflictos familiares. Unos conflictos que, al principio, se apaciguan en pos de las buenas formas, para intentar que la comida salga bien y para crear una sensación de armonía familiar que, aunque sea falsa, pueda generar esa ilusión momentánea de "familia feliz" que muchas familias desean proyectar. Pero las hijas no están por la labor: el cansancio de la maternidad, el peso de las responsabilidades y el desgaste de la madurez hacen que los nervios estén a flor de piel. 

El primer estallido viene de la mano del alimento que da nombre a la obra: la trucha (truita, en catalán). La hija interpretada por Espígul trae una trucha a la comida familiar porque se ha hecho lacto-pesco-vegetariana, es decir, no come carne, pero sí que come pescado y lácteos. Esto significa que rechaza el fricandó cocinado por la madre, el clásico plato familiar que ha preparado toda la vida.

La madre (Vilarasau) se toma esta decisión como una ofensa, pero, con la boca pequeña, decide aceptar este cambio de tornas y cocinarle la trucha a su hija. Pero el conflicto ya está servido, como los entrantes del menú: la tensión, los reproches y los malentendidos familiares empiezan a entreverse entre los manteles de la mesa. 

Sara Espígul forma parte de "La Truita". © Marta Mas
Sara Espígul forma parte de "La Truita". © Marta Mas 

Interpretaciones muy naturales y creíbles 

Uno de los puntos más fuertes de La truita es su elenco. En escena nos encontramos con una familia de verdad: con sus manías, sus (malas) costumbres, sus reproches, sus relaciones viciadas... Se refleja muy bien la relación entre madre-hija, una relación de dependencia emocional, pero con un conflicto constante que hace que cada frase, acción o gesto pueda malinterpretarse; esa relación que se mueve, a veces, entre el amor y el odio, o el amor y el hastío. 

Estamos ante un retrato costumbrista de una familia en la que la madre se encarga de organizarlo todo. Está tan acostumbrada a llevar su casa y su familia que, al final (y de manera inconsciente), no deja que nadie interceda, que nadie cambie su estuctura. Las hijas y los cuñados (sobre todo el que encarna Marc Bosch) quieren romper con esta sintonía, pero la madre está incómoda cuando pierde el control. El padre (Jordi Bosch) aparece como la figura de eterno absente, la sombra de la casa; una persona que vive allí, que ayuda a hacer la vida más agradable, pero que pasa por la vida de puntillas. 

Las hijas, influenciadas por la figura de la madre, quieren contentarla, quieren que se sienta orgullosa de ellas, de su trabajo, de su vida, de sus hijas... Pero están perdidas en la vida: están perdidas sin su madre. Quieren ser libres, independientes, pero no saben cómo hacerlo y esperan que sean sus padres los que sigan salvándole las castañas del fuego, aunque ya hayan superado la cuarentena. Por eso, se lo reprochan todo a sus padres, porque son culpables y no lo son al mismo tiempo: han querido educarlas en libertad, con un sinfín de opciones por delante, pero sin renunciar a la estructura burguesa y a un modelo de familia y de vida muy definido. Ellas, ahora madres primerizas, no saben cómo ser madres, cómo ser mujeres ni cómo ser felices. 

La tercera hija (Júlia Bonjoch) encarna el ideal de mujer libre, la que rechazado el modelo de vida ofrecido por sus padres para convertirse en artista y nómada. No tiene residencia fija, no tiene un trabajo estable, pero cree ser feliz por haber encontrado otro camino diferente al impuesto por su familia. Aunque, en el fondo, ella también vive ahogada en sus propios miedos y en sus propias ansias de libertad. 

La confrontación generacional entre padres e hijas está bien presentada por la tensión que se respira en la obra, por la personalidad de los personajes y por las decisiones que vemos que han tomado en la vida. No son felices. Tendrían que serlo, porque lo tienen todo para serlo, pero no lo son. "¿Qué es lo que falla?", parecen preguntarse las hijas, "¿Quién es el culpable?", siguen cuestionándose para sus adentros. La respuesta se les presenta com un salvavidas al que agarrarse: "Los padres". Pero los padres les harán ver esa injusticia, aceptando también su parte de culpa en la educación y crianza, pero defendiendo su postura y sus decisiones. 

Emma Vilarassau protagonitza "La truita" ©Marta Mas 
Emma Vilarassau protagoniza "La truita" ©Marta Mas

Giros poco orgánicos y naturales 

Pero en la obra nos encontramos con que los giros principales de la trama no respiran con naturalidad. Empezando por el tema central, la trucha, el asunto que debería constituir el conflicto principal y que, en realidad, no sucede sobre el escenario. Se menciona constantemente la trucha, pero no desencadena ningún debate intergeneracional en el momento en que aparece. Más adelante, hay una especie de “eco” de ese conflicto, que en realidad no hemos visto, y que se utiliza para introducir el enfrentamiento entre generaciones. No es un debate natural, ni orgánico, ni verosímil; está introducido de una forma un tanto forzada para hablar de aquello de lo que se quiere hablar. 

Esto también ocurre con el arco de los personajes. A lo largo de la obra, nos encontramos con extensos monólogos de los personajes; son intervenciones que presentan la psique de cada uno de ellos, ahondan en sus miedos, en sus pensamientos y su personalidad para que se conozca mejor sus motivaciones y objetivos. Estos parlamentos hacen que el ritmo decaiga y que el interés disminuya.

Mención aparte merece la anécdota interminable (que debe durar unos quince minutos, sin exagerar) sobre un accidente que resulta una historia totalmente innecesaria para el devenir de la trama y de la obra. Todos estos elementos provocan que el ritmo se resienta, que la fuerza de lo que sucede en escena disminuya y que la verdad dramática que se había conseguido al inicio de la obra, se desvanezca.

Entre la comedia y la tragedia 

La truita se presenta como una comedia, pero lo cierto es que es una obra más trágica que cómica. Aunque haya situaciones que nos dibujen una sonrisa en el rostro, el trasfondo de la obra es impactante y el mensaje que se lee entre líneas es muy trágico. Sin ánimo de hacer spóiler, solo diré que la última parte de la obra es capaz de producir un nudo en el estómago, sobre todo, con la explicación excesivamente detallada y minuciosa del personaje interpretado por Tai Fati. 

Eso sí: hay algunas escenas de comedia que están muy bien resueltas. La más acertada tiene lugar al inicio de la obra cuando Bosch divaga sobre la dispersión de su propia mente. Este es un momento brillante, lleno de verdad, que sirve como espejo y que resalta una situación tan normal y humana que pocas veces se menciona. También vemos momentos muy divertidos entre los padres o las reacciones de las hermanas que, como ya he apuntado más arriba, ayudan a perfilar bien ese tipo de relación de amor-odio que se vive en las familias. 

Júlia Bonjoch es la hija pequeña en "La Truita al Poliorama". ©Marta Mas
Júlia Bonjoch es la hija pequeña en "La Truita al Poliorama". ©Marta Mas 

Pero el ambiente de comedia se rompe constantemente por la aparición de las discusiones y los reproches que no dejan de asomar en cada línea. Para rebajar el tono de disputa, se opta por incluir dos recursos cómicos tradicionales en las obras de comedia, pero que no encajan bien con la historia y terminan generando una sensación de extrañeza. Uno de ellos es la inserción del momento musical, el momento karaoke; es una escena que se ve forzada, en la que se anima al público a cantar y participar y que no tiene demasiado sentido dramático. El otro recurso cómico que se emplea tiene lugar en la escena del arco y la flecha, el estallido en forma de locura por parte de una de las hijas (Miranda Gas); esta escena también termina siendo exagerada y pasada de vueltas. 

Pese a ello, La truita es un retrato familiar muy bien hilvanado que parece rendir homenaje al maravilloso caos de la familia. Porque, aunque haya disputas, confrontaciones y reproches, lo cierto es que, sin la familia, sería mucho más difícil salir adelante y encontrar nuestro propio camino. 

Sobre el autor

Elia Tabuenca
Elia Tabuenca

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