Barcelona ha construido buena parte de su identidad alrededor de la creatividad: la de una ciudad cultural, inquieta y siempre dispuesta a reinventarse. Es la Barcelona que sorprendió al mundo con los Juegos Olímpicos y que hizo de la cultura y el diseño dos de sus grandes cartas de presentación internacional. Pero el pasado, por brillante que sea, no puede convertirse en el único horizonte de una ciudad. “No se puede seguir viviendo de las rentas del pasado”, ha advertido Javier de las Muelas, empresario y referente de la coctelería —fundador de Dry Martini— durante la última sesión del ciclo Moments Estel·lars.
De las Muelas echa de menos el empuje de aquella Barcelona de hace unas décadas, cuando empezaba a abrirse camino en el mundo de la coctelería y se encontró una ciudad con iniciativa y, sobre todo, valentía para arriesgarse y poner en marcha nuevos proyectos. "Se habla mucho de la movida madrileña, pero la de Barcelona llegó incluso antes. Aquí había ilusión y ganas de hacer cosas", ha recordado. Una efervescencia que también vivió Javier Mariscal, que llegó a Barcelona desde Valencia en 1969 y empezó a desarrollar su trayectoria como diseñador. Por caminos diferentes, ambos han sido testigos —y protagonistas— de la transformación de aquella Barcelona.
Precisamente, la mirada de estos creadores que han vivido tan de cerca esta evolución permite ir más allá de la nostalgia y poner el foco en la ciudad de hoy: ¿qué ha quedado de aquel espíritu innovador? ¿Qué ha cambiado y qué habría que recuperar? Y, sobre todo, ¿qué Barcelona querrían construir de cara al futuro? Estas han sido algunas de las cuestiones que han vertebrado la conversación entre Mariscal y De las Muelas, celebrada en Casa SEAT CUPRA en el marco del ciclo Moments Estel·lars, organizado por The New Barcelona Post con la colaboración de Must Media Group y Barcelona Global. La sesión, moderada por Toni Aira —que ha bautizado a los dos protagonistas del debate como "los Javis de otra época"—, ha dado pie a dos miradas personales, irreverentes y a menudo divergentes sobre el pasado y presente de la ciudad.
Los años que transformaron Barcelona
Y, para entender qué ha cambiado y qué quizás habría que recuperar, ambos han empezado volviendo a los años 70, 80 y 90, una etapa de efervescencia creativa que marcó profundamente Barcelona. La capital catalana se abría al mundo, se preparaba para recibir visitantes de todas partes y empezaba a ganar una proyección internacional que tendría en los Juegos Olímpicos de 1992 su gran punto de inflexión.
“Las Olimpiadas fueron una apuesta por la innovación: era como lanzarse al precipicio sin saber si abajo había agua, si era lo suficientemente profunda o si acabarías chocando contra el suelo", ha afirmado. Una forma de entender la creatividad que él mismo ha aplicado a lo largo de su trayectoria y que, como ha reconocido con humor, también le ha costado más de un golpe: "A mí, que me gusta tanto lanzarme a la piscina, me ha quedado más de un chichón”.

Más allá del atrevimiento, Mariscal ha defendido que el caos es una parte indisociable de cualquier proceso creativo: "Sin caos no hay vida. Cuando estás creando cosas nuevas, todo es necesariamente un poco caótico". De las Muelas ha coincidido, pero ha añadido un matiz: "Creo mucho en el caos, pero también en la necesidad de que conviva con el orden". Y es precisamente esta convivencia entre orden y caos una de las imágenes que Mariscal conserva de la Barcelona olímpica.
Una capital catalana que parecía responder a la definición del escritor Manuel Vázquez Montalbán: "Barcelona es una ciudad del norte en un país del sur". Mariscal ha recordado cómo le sorprendió la precisión casi milimétrica con la que se organizó la cita olímpica, una disciplina de los barceloneses que ya había descubierto cuando se instaló en Barcelona, en 1969, y que durante los Juegos convivió con el espíritu festivo de una ciudad que también sabía dejarse llevar. "Cobi fue la primera mascota que bebía cerveza y cava", ha bromeado el creador de esta mítica figura.

Dos miradas contrarias (o complementarias) sobre la Barcelona de hoy
Ahora bien, cuando la conversación ha aterrizado en la Barcelona actual, han aflorado dos miradas diferentes. Mariscal continúa viendo la ciudad como un lugar extraordinario y lo ha demostrado poniendo en valor aquellos pequeños detalles que a menudo pasan desapercibidos: desde poder abrir el grifo de casa y beber el agua hasta disponer de un sistema de sanidad pública que funciona. La mirada optimista, sin embargo, no le ha impedido señalar algunos de los obstáculos que hoy encuentran las personas que quieren emprender o sacar adelante nuevos proyectos. Mariscal ha apuntado al exceso de normativas y burocracia, especialmente a la hora de abrir un local o poner en marcha una iniciativa. Es consciente de que Barcelona ha crecido mucho desde aquellos años en que, como ha recordado, "éramos cuatro gatos", y que hoy hace falta más organización. Pero esto, a su parecer, no debería convertirse en un freno a la creatividad.
La mirada de De las Muelas, en cambio, es más crítica y ácida, poniendo el acento en dos carencias que considera especialmente preocupantes: la falta de hospitalidad y acogida y la pérdida de ilusión en una sociedad cada vez más individualizada. "Nos falta voluntad y sabiduría para ponernos en el lugar de las personas que nos visitan, entender a quién tenemos al lado y saber abrazar a la gente", ha afirmado. También ha lamentado que la capital catalana haya perdido "la ilusión, la sonrisa y el color" que la caracterizaban hace unas décadas.
De las Muelas considera que esta tendencia al individualismo aún se ha acentuado más con la irrupción de Internet, que ha descrito como un "caballo de Troya". Así, a pesar de reconocer las posibilidades que abre la red y el acceso al conocimiento que facilita —como también ha destacado Mariscal, que ha reivindicado su capacidad para conectarse con el mundo—, ha alertado de que los algoritmos pueden acabar encerrando a las personas en sus propios espacios, en lugar de favorecer el contacto con los demás. "Las redes sociales e Internet acaban debilitando los vínculos entre vecinos y la vida de barrio", ha advertido.

El oficio y la cultura, el latido de Barcelona
Ante una sociedad cada vez más individualizada, De las Muelas ha reivindicado "la cultura de la barra y del bar" como uno de los espacios donde todavía se crean vínculos y se comparte la vida cotidiana. "El bar es un altar, un plató donde se representan muchas de las escenas de la vida cotidiana de las personas", ha explicado. Para De las Muelas, esta tradición no se limita a los establecimientos sofisticados, como el Dry Martini, sino que también se mantiene viva en las tabernas de barrio, donde la gente se encuentra, se conoce y conversa en el día a día. "Es un tejido muy nuestro, que nos caracteriza", ha reivindicado.
Esta defensa de la cultura del bar también le ha llevado a reivindicar el valor del oficio. De las Muelas considera que la gastronomía y la coctelería contemporáneas se han centrado demasiado en las elaboraciones complejas y el espectáculo, y han dejado en segundo plano lo más esencial: saber servir. "Nos hemos olvidado del oficio. Un oficio consiste en servir e interpretar a la persona que tienes delante de la barra", ha afirmado. Porque, más allá de dominar técnicas o preparar combinaciones sofisticadas, este oficio significa saber leer a quien tienes delante, entender qué necesita y hacerlo sentir cómodo. Una habilidad que, según ha lamentado, cada vez cuesta más encontrar entre los profesionales del sector.
Mariscal, que por su parte sí ha celebrado que todavía hay personas que conservan el oficio, ha puesto sobre la mesa otro de los elementos que considera esenciales para la vida colectiva y que forman parte de la identidad de Barcelona, tanto hace dos décadas como hoy: la cultura. "Es fundamental, porque es lo que nos ayuda a funcionar. Sin cultura, como especie, nos suicidaríamos", ha afirmado.
Y lo ha ilustrado con un recuerdo personal: una noche de agosto en Formentera, mientras contemplaba la luna, sintió una emoción que no sabía cómo expresar. Fue en los versos de Federico García Lorca donde encontró las palabras que le faltaban y descubrió que aquella sensación tan íntima ya la había experimentado alguien más. La cultura, pues, no solo nos ayuda a poner nombre a aquello que sentimos, sino que también nos permite reconocernos en las experiencias de los demás. "La cultura es como la mayonesa: la necesitamos", ha dicho Mariscal, reivindicándola como una parte imprescindible de la vida.
Porque quizás Barcelona, como ha apuntado De las Muelas, ha perdido parte del empuje que la hizo crecer, pero aún conserva algunos de los ingredientes que le han dado personalidad: la creatividad, la vida en la calle, los encuentros a pie de barra y una cultura nocturna que también forma parte de su carácter. El reto es recuperar aquella energía innovadora y convertirla de nuevo en motor de futuro, en lugar de seguir viviendo de las rentas del pasado, como ha advertido el empresario.

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