Cada invierno, las calles de Barcelona se llenan de manchas de color naranja. En más de 3.000 árboles de la ciudad crecen naranjas; algunas caen al suelo, otras se secan en las ramas. Forman parte del paisaje de la ciudad pero, desde hace unos años, han pasado de ser un elemento decorativo anecdótico a ser el ingrediente de un producto que es un símbolo de cómo las ciudades pueden alimentarnos: La Marga, la mermelada de naranja amarga que brota de los naranjos de Barcelona.
Hay más de 3.300 los naranjos de la ciudad —un 1,5% de los más de 200.000 árboles de Barcelona. Más de un tercio se concentran en un solo distrito: Sant Andreu. Y fue allí de donde surgió la iniciativa, que hoy ya se ha extendido a ocho distritos y moviliza cada febrero a centenares de personas para recoger unos frutos que, durante años, simplemente acababan en el suelo.
La idea surgió de la ciudadanía: cuando el Ayuntamiento trabajaba en la Estrategia de Agricultura Urbana 2019-2030, abrió el proceso a los vecinos, y surgió la pregunta de si era posible aprovechar la fruta de los árboles públicos. "Mucha gente preguntaba hasta qué punto una entidad o una persona podía recoger esta fruta", recuerda la técnica de Agricultura Urbana del Institut Municipal de Parcs i Jardins, Mireia Abril.
Aquella pregunta de la ciudadanía dio pie a muchas más, y se estudiaron los aspectos jurídicos del proyecto, y también los sanitarios. La Agència de Salut Pública de Barcelona empezó a analizar las naranjas para analizar si la contaminación atmosférica o las características del suelo podían comprometer la calidad de los frutos; se comprobó que no, que las naranjas, aunque amargas, eran perfectamente comestibles.
Para dar una segunda vida a aquellos frutos, la respuesta vino de la mano de la Fundació Espigoladors. Hasta aquel momento, la entidad se dedicaba a recuperar excedentes agrícolas en los campos para combatir el desperdicio alimentario. Con este proyecto, trasladó esta misma filosofía a las ciudades.
"Espigolar es una práctica tradicional que consiste en recuperar alimentos que quedarían en el campo, siempre con el permiso de los agricultores; lo adaptamos a las ciudades, y así nacieron las espigolades urbanas”, destaca la directora de la fundación, Raquel Díaz. Todo cogió forma en 2021 con una prueba piloto en Sant Andreu, que se ha ido replicando año tras año sumando en cada edición más distritos, más entidades y más voluntarios.

Ahora, cada invierno, voluntarios, escuelas, institutos y entidades de los barrios recorren calles de la ciudad durante una semana equipados con pértigas para recolectar naranjas amargas. Las naranjas, sin embargo, no se pueden comer recién cogidas. Su amargor intenso obliga a transformarlas, y es aquí donde entra en juego el obrador social de Espigoladors, Es im-perfect.
En este espacio, como explica Díaz, trabajan una treintena de personas, y una veintena de ellas siguen itinerarios de inserción sociolaboral, lo que le da el primer (y no el único) carácter social a toda la iniciativa. En el obrador, las naranjas se limpian, se pelan, se cuecen y se envasan hasta convertirse en La Marga.

Después, la mermelada se etiqueta, y llega la segunda pata social del proyecto: La Marga no se comercializa, sino que se distribuye por entidades sociales del territorio. "Como la fruta proviene de árboles públicos, es un bien común, no se puede vender", reivindica Abril. Por este motivo, los botes de La Marga llegan a comedores sociales, despensas solidarias, residencias o entidades que trabajan con personas en situación de vulnerabilidad, que se escogen desde cada distrito.
De hecho, cada distrito se encarga de la transformación y posterior distribución de las naranjas que ha recolectado, y asume también el coste de hacerlo —que oscila entre los 6.000 y los 13.000 euros aproximadamente. El presupuesto se destina a la producción de La Marga, y también a talleres educativos dirigidos a colectivos diversos, que van desde escuelas a personas con discapacidad o personas migrantes.

“Hacemos alrededor de 35 talleres anuales”, y permiten ir más allá de la cocina y del aprovechamiento alimentario, como explica Abril: “En Ciutat Vella, por ejemplo, trabajamos con personas migrantes, y explican cómo usan la naranja en sus países, compartiendo recetas y puntos de vista. Es una oportunidad de intercambio cultural”.
Con las cifras de la recogida de este febrero recién cerradas, la iniciativa sigue creciendo. Este año superó los 680 voluntarios —más de un centenar más que el año anterior—, y recolectó 5.042 kilos de naranjas, de 413 árboles de la ciudad. Participaron 45 entidades como escuelas, equipamientos, colectivos de vecinos y asociaciones, en un año en que se han realizado 36 talleres con 486 participantes. Desde el inicio de la iniciativa, se han producido y repartido por el territorio más de 14.000 botes de La Marga, a más de una setentena de entidades.

De hecho, la experiencia de Barcelona ya ha empezado a despertar interés más allá de sus calles. Espigoladors impulsa proyectos similares en 19 municipios catalanes, adaptándolos a los árboles característicos de cada territorio. Si en Barcelona predominan las naranjas amargas, en otras zonas recuperan olivas, algarrobas o ciruelas, como detalla Díaz. El objetivo es demostrar que las ciudades también pueden ser espacios productivos y que los árboles urbanos puede tener un papel más activo dentro de la economía circular y el aprovechamiento alimentario.
Ahora, desde el Ayuntamiento se trabaja en profundizar en los términos legales de la recogida de fruta de los árboles de la ciudad, mientras se exploran más vías para aprovechar los frutos que da Barcelona. Mientras tanto, en febrero, las pértigas volverán a alzarse entre las ramas de los naranjos, como símbolo del aprovechamiento de los recursos de la ciudad y de cómo ponerlos en valor. En este caso, en forma de mermelada.
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