Fue el diferente desde el principio. El chico negro en un mundo blanco. “Pasé mi infancia y adolescencia alerta, protegiéndome de posibles racismos, siempre he sido bastante tímido”. Padre de la Barceloneta, madre de la Ribera, se mudaron a Sant Gervasi y allí transcurrió la infancia, “en un ambiente muy catalán, estudiando en una escuela pequeña, muy endogámica”. A los doce la familia se trasladó a Premià de Mar, “donde descubrí un ambiente más amplio y diverso”, aquí encajaba mejor, aunque continuaba habiendo algo diferente. La sensación de no acabar de ser considerado uno más.
Después de haber optado por unas tapas de tortilla y embutidos, eludiendo su odiado queso, y dejando espacio para un buen postre, el batería, percusionista y compositor Marc Ayza sorbe un trago de cerveza apoyado en la barra. La luz de las farolas que iluminan la noche se cuela por los ventanales del Bar, y el músico sigue el compás de A Feeling Is, de The Emotions.
“Crecí en una familia donde se escuchaba mucha música. Mi padre amaba la ópera y la clásica, y mi madre me conectó al pop de los 60”. Su primer amor fueron los Beatles, “¡seguía sus canciones con palillos de comida china!”, ríe. El ritmo era para él un acto reflejo “y, a pesar de todo lo que he estudiado después, nunca he perdido el instinto en mi manera de tocar la batería”. Y sí, ese acercamiento animal, de pura entraña, se le nota.
A partir de los Fab Four fue investigando hasta dar con todos aquellos músicos afroamericanos “con los que tenemos una deuda innegable”. Escuchar Superstition, de Stevie Wonder, fue el cambio de paradigma. “No solo conecté con aquella música, el soul, el jazz, el funk, sino que sus artistas eran como yo, con mis mismas pintas e inquietudes. Contribuyeron a conformar mi identidad ético-estética”. Algo así como su primer lugar en el mundo, pero, afortunadamente, no el único.
El encanto de Nueva York
Cuando decidió que la de músico era la carrera que quería hacer, Marc Ayza recibió el apoyo de su familia “siempre que me lo tomara en serio, pero yo soy muy disciplinado”. En el 2000 viajó a Nueva York con Giulia Valle y allí cambiaron muchísimas cosas. “Mi mente se abrió, me sentía arropado por el anonimato de esta gran ciudad llena de gente de todo tipo y colores”. Valle y Marc conocieron al pianista Jason Lindner –“con ellos grabé mi primer disco, 1,2,3, etc.”– y trató con músicos afines “que, a diferencia de muchos de aquí, hablaban mi mismo lenguaje. Para ellos, yo era un brother más”.
Volvería a la Big Apple ocho años después. Su debut como líder, Deejah, no le acababa de satisfacer y fue a Nueva York donde, de nuevo, encontró la compañía adecuada para reformular un sonido que reflejara su amor por los beats, el hip hop, “y sonidos que los músicos de jazz catalanes no apreciaban, pero que a mí me volaban la mente”. Así nació Offering, el álbum que consolidaba el ecléctico léxico musical del artista.
Desde entonces han pasado muchas cosas. Marc ha tocado con nombres mayúsculos del jazz y no solo: desde Greg Osby hasta DJ Vadim, pasando por Esperanza Spalding, Wax Poetics, Claudia Acuña o Wallace Roney. Su gente era cada vez más gente. “Un día, el batería Julian Vaughan me dijo que a mí lo que me faltaba era base social, en el sentido de un grupo natural de pertenencia, y que me la tenía que ir creando”. Marc se dio cuenta de que aquello era lo que, de manera inconsciente, hacía desde siempre. Crear su entorno de encaje.
Quizás por eso su proyecto más personal, en el que participa su mujer, la cantante y flautista Erin Corinne, se llama Social Base. Cómo no, con ellos profundiza en las ricas corrientes sonoras de raíz africana, en órbita alrededor del jazz.
Con Erin también impulsan el proyecto Freedom First, en el que Keith LaMar –preso en el Corredor de la Muerte de Ohio, a pesar de las abrumadoras pruebas que demuestran su inocencia– entra en streaming y recita sus textos y poesías mientras la banda toca. “Yo a esto no le llamo activismo, sino simplemente hacer lo que sé hacer y ponerlo al servicio de mis semejantes”. Sobre todo, cuando son víctimas de un racismo sistemático, como LaMar.
Una relación más bien funcional
El vínculo que el parroquiano mantiene con Barcelona se ha vuelto, con los años, más bien funcional. “Vivo en Premià con Erin y nuestra hija, Cora, y la ciudad ha acabado siendo el lugar al que, esencialmente, bajo para hacer cosas”. Una de estas cosas es la coordinación de las jam sessions de los lunes en el Jamboree, “un laboratorio del que estoy seguro de que surgirán muchos proyectos”.
La ciudad le sigue encantando, “porque tiene playa, porque tiene cosas como la Sagrada Familia o los panots de flor, que damos por descontadas, pero son características y extraordinarias; y porque siempre habrá un rincón que cuadre con aquello que vengo buscando”. Y se acaba la cerveza, antes de añadir: “lo que más me molesta es el provincianismo con el que copiamos cosas de grandes ciudades, pero de manera superficial, banal, quedándonos con la forma, aunque no con el fondo”.
– Lo que es inmejorable en forma y fondo es la atmósfera nocturna de este bar. Si quieres otra cerveza, estás invitado.
Marc Ayza sonríe, a pesar de no ser muy de bares, está disfrutando del momento, de la conversación, de otro trozo de esta base social en perenne construcción. La felicidad podría ser (también) esto. La versión de Happiness Is Around the Bend, de Main Ingredient, sacude el Bar con su vibración positiva. El músico sigue el ritmo por instinto. Y, por supuesto, acepta encantado la invitación.
