El bar del post

Todas las Barcelonas que caben en un Bar

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La sección El Bar del Post cumple cinco años poniendo en valor el talento, a menudo oculto, con el que centenares de barceloneses y barcelonesas, de origen o de adopción, enriquecen el sustrato cultural de nuestra ciudad.

(Escritor, periodista, gestor cultural)
30 de diciembre de 2025

Pues sí, se acaban de cumplir cinco años desde que El Bar del Post levantara su persiana por primera vez y, desde The New Barcelona Post, me piden que haga un balance de esta media década en la que, semana tras semana, parroquianos de muchos ámbitos del mundo de la cultura han hablado de la vida, de su trabajo, de sus miedos y apetitos y, también, de su relación con Barcelona.

Mujeres y hombres, jóvenes y no tan jóvenes, más o menos conocidos y reconocidos; algunos famosos y otros (la mayoría) no. Eso sí, todas, todos, barceloneses —de nacimiento o adopción— que, con su talento, con su tesón, con sus ideas y esfuerzo, aportan algo especial y diferente a nuestro entramado cultural urbano. A veces han pasado por el Bar apoyándose en algún gancho de actualidad —una nueva iniciativa, un nuevo libro o disco o exposición—, otras veces, simplemente, se han acodado a la barra para hablar de su recorrido. 

El objetivo de la sección, en cualquier caso, siempre ha sido el mismo: poner en valor todo ese trabajo, toda esa creatividad que es la que, más que cualquier otra estrategia pensada en algún despacho, conforma el alma de la ciudad. Su sustrato sonoro, literario, lírico y plástico. Barcelona como conjunto de ideas y voces, de sonidos y brochazos, de acuerdos y desacuerdos, gritados a veces, susurrados o sugeridos otras. La ciudad como algo más que una marca, un eslogan que señores con corbatas feas y bibliotecas trufadas de manuales para directivos repiten desde lugares infames con logos muy grandes y decoración sin alma.

Barcelona a pie de barra, un lugar donde todos somos iguales y a la vez singulares ante un carajillo humeante, un té matcha, una ración de bravas o un Dry Martini. La misma barra de formica y las mismas mesas para todos. Y, a partir de ahí, la vida y milagros de cada cual.

Y, antes de que me pregunten, no, no los he contado ni los voy a contar. Si quieren cifras, calculen ustedes mismos: una entrevista semanal durante cinco años, excluido el mes de agosto. A mí me da pereza y, además, este texto no va de números, no pretende ser una estadística. Ni siquiera ver cuáles han sido los más leídos o recordar los más comentados. Nada de eso.

Vivir la Gran Barcelona

El balance que se pretende extraer es otro y es el de constatar cómo, tras estos años, la sección sigue funcionando para muchos lectores que descubren (o redescubren) voces extraordinarias. Talentos más o menos ocultos que podrían enamorarte con su próxima canción, libro, poema, cuadro, dibujo… fuentes de conocimiento que aportan nuevas visiones, arrojan nuevas luces sobre nuestra percepción de la ciudad —y su área metropolitana— que compartimos con más o menos orgullo, miedo, esperanza o asco.

El Bar Marsella tiene más de dos siglos de historia © Enric - Treball propi, CC BY 4.0

Todas las Barcelonas que caben en un Bar, entre ruidos de platos, vasos, la cafetera soltando vapor, el trajín de la cocina, las voces y el hilo musical que lo acompasa todo. Desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche. Desde el aroma de los cafés que inauguran el día hasta los hielos chocando en la copa del penúltimo gin-tonic.

"Hay quien prefiere viajar mucho, pero tener siempre su barrio o pueblo al que volver. Su casa, su refugio, su madriguera."
Por El Bar del Post han pasado barceloneses y barcelonesas que quieren huir de una ciudad que no reconocen. Otros y otras, en cambio, prefieren resistir y no deponer las armas ante las hordas de turistas y expats. Hay quien vive la ciudad desde sus márgenes, desde una provincia que también es Barcelona, que también aporta y fertiliza este territorio intelectual con miles de propuestas apasionantes. La Gran Barcelona vivida en primera línea de bar.

Hay quien no se plantea vivir en ningún otro lugar. Hay quien prefiere viajar mucho, pero tener siempre su barrio o pueblo al que volver. Su casa, su refugio, su madriguera. El paisaje y paisanaje que te arropa y que, por muchos kilómetros que recorras, no podrías encontrar en ningún otro punto del orbe. Es común la idea de la ciudad como suma de barrios, cada uno con su carácter, su idiosincrasia, pequeños universos interconectados por calles y una red de transporte público. ¿Quién dijo que el alma de un lugar deba ser uniforme y homogénea?

Pero (casi) nunca la indiferencia

La inmensa mayoría sigue amando el carácter de la ciudad. Su historia convulsa y rica. Su querencia por morder las manos que le dan de comer. Su decadencia portuaria, su esplendor burgués, su beligerancia proletaria. Otros, muchos, muchas, quieren escarbar en su pasado, conocer las capas de su historia y superar una memoria a veces demasiado selectiva, capaz de tapar o tergiversar acontecimientos, personajes y episodios de gran trascendencia. 
"La práctica totalidad llora la desaparición de rincones autóctonos en favor de franquicias y negocios pensados para el turista de escasa exigencia."
No han faltado historiadores y expertos en bucear en nuestro ayer urbano que han reivindicado Barcelonas inexplicablemente inéditas, que nos han hecho recordar lo que estábamos a punto de olvidar para siempre. 

Honrosas excepciones aparte, los parroquianos de la sección se han mostrado muy críticos con los poderes de la ciudad. Amor-odio es, quizás, el concepto más repetido cuando han hablado de su relación con Barcelona, la cual no deja de ser, en sí misma, una actitud muy barcelonesa. La práctica totalidad llora la desaparición de rincones autóctonos en favor de franquicias y negocios pensados para el turista de escasa exigencia. La idea de una ciudad que se desdibuja y se convierte en un decorado por el que pasear y consumir en pocos días. Un problema que reconocen que no sólo sacude nuestra urbe, sino que es global, pero que todos identifican como de difícil solución. 

La Casa Almirall se inauguró en 1860 y, desde entonces, no ha dejado nunca de servir bebidas

Como es lógico, los más jóvenes no tienen la misma nostalgia que los mayores. Para ellos y ellas, la ciudad es un ente que todavía están descubriendo. Un lugar misterioso y magnético repleto de secretos por desvelar, ideas que absorber y peligros que esquivar. Sus ojos ya tendrán tiempo de llenarse de lágrimas por los lugares que ya no están. De momento, todo es apetito y exploración.

De todos modos, y menos en uno o dos casos, cuando se ha hablado de la ciudad los parroquianos del Bar han manifestado amor, odio, afecto, desazón, ilusión. Un amplio abanico de emociones y sentimientos, pero nunca (o casi nunca) indiferencia. Nunca (o casi nunca) la idea de estar viviendo en esta ciudad como se podría estar viviendo en cualquier otra.

El Bar sigue abierto

Habrán notado que, a lo largo de este texto, no se ha citado ninguno de los cientos de visitantes que, en el transcurso de este lustro, se han ido acodando a la barra del Bar del Post. Citar a unos y omitir a otros sería injusto y mataría el espíritu de la sección. Su idea igualitaria según la cual todos estamos en el mismo plano ante un café, una cerveza o una tapa de callos. 

Les invito a descubrir a toda esta gente que convierte esta ciudad en un lugar mejor, en un lugar único e intransferible. Buscar en el pasado de esta sección y seguirla cada fin de semana, porque el Bar sigue abierto, con la cafetera a punto, las neveras llenas y la cocina funcionando a todo trapo. La barra lustrada y las mesas listas para seguir acogiendo a barceloneses y barcelonesas con ganas de tomarse algo y hablar de sus vidas, de su trabajo. De todo lo humano y lo divino que cabe en una buena conversación a pie de barra.

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Sobre el autor

Alberto Valle
Alberto Valle

Escritor, periodista, gestor cultural

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