En la entrada anterior comentaba que el gran reto de las ciudades globales en el siglo XXI consistía en no enajenarse de sus países. Como decía, se trata de una tendencia general. La masa crítica (demografía, economía, etc.…) de las grandes urbes es tan alta que aquello que sucede en su interior ya tiene más que ver con lo que ocurre en otras ciudades globales que con lo que pasa en sus propios países. En esta entrada me gustaría incidir algo más en esa idea, aunque ya, propiamente aplicada al contexto de Barcelona.
A grosso modo (y generalizando mucho) diremos que las tensiones centro/periferia del sistema se acentúan en tres niveles: en primer lugar, un centro pujante y próspero al que llega el capital (financiero y humano) que genera valor dentro de una economía con fuerte presencia de las plataformas. Es decir, que se puede marchar fácilmente. En segundo lugar, una periferia urbana que se convierte en sistémica, que se descapitaliza y que funciona como un conjunto de distritos dormitorio para trabajadores cada vez más precarizados, con poco índice de sindicalización y de referentes que cohesionen a su población. Lugares donde abunda el desarraigo y donde escasea la identidad común. Por último, un mundo de ciudades intermedias y pequeñas, con pueblos y campo, conectados a los mercados globales a través de las infraestructuras de la gran ciudad.
En estos lugares se mantiene el arraigo a la cultura local, pero también aumenta la percepción de precariedad, porque recibe muchas externalidades de la gran ciudad. Por un lado, llega la inmigración desarraigada que no tuvo cabida en las periferias urbanas. Y unas pocas decenas de miles de personas pueden representar cambios enormes en el mix social de estos lugares. Por otro lado, ahora solo algunos habitantes de la ciudad tienen a sus primos o la casa familiar en el pueblo, por lo tanto, los vínculos se difuminan. La ciudad global necesita proveedores, pero si no hay vínculos fuertes con el interior, la ciudad se desentenderá de sus responsabilidades para con los “ex-suyos”. La ciudad abierta no duda en puentear al proveedor de proximidad con tal de conseguir un precio más bajo o un producto mejor. Y el mundo rural se resiente.
Al final, la economía de la aglomeración que acumula en el centro del sistema, provoca la sensación generalizada de escasez en los márgenes. Y aquí es donde saltan las costuras: cuando aparecen las propuestas políticas para organizar la fila de la escasez. El resultado es que la Inglaterra del norte votó contra Londres en el Brexit. Que el gobierno urbanita de Macron, a duras penas controla las banlieues a 8km del Elíseo y tiene al resto de Francia votando en contra de la ciudad global, o que el interior de Estados Unidos ha votado contra las costas urbanas, acumuladoras y progresistas. El patrón es común en todos los casos: ¡Fuera los de fuera! los extraños, los que han cambiado nuestro mundo y hacen todo lo posible por fastidiarnos. Solo así, nuestro glorioso país volverá a ser rico y pleno. “Make … great again”.
Barcelona necesita tener un plan realista y sustentado por un relato válido para esquivar ese escenario que ya se está empezando a brotar. Nunca le fue bien cerrándose en sí misma. Para ello, necesita partir de una propuesta positiva e ilusionante para los locales y para los de fuera. Porque nos guste o no, vivimos en un mundo conectado. Porque nos guste o no, compartimos derechos y obligaciones y porque nos guste o no, lo que Barcelona haga, igual que lo que hace Madrid o París o Milán nos afecta a todos. Yo creo que el primer paso para pensarse debería hacerse en positivo y no en contra de nadie. Y precisamente ésto es lo que me gustaría ir haciendo en los artículos venideros.
Yo tengo la sensación de que en Barcelona, eso de pensar la proyección de la ciudad más allá de los 100 km tiene algo de revolucionario. Es una ciudad con una montaña detrás (¿o quizás delante y es el mar lo que está detrás?). En cualquier caso, una ciudad ensimismada y encantada de conocerse y de desconocer a quienes le rodean. Puede que moleste, pero quizás este es un punto interesante para empezar a replantearnos ciertas cosas.
Parafraseando a Francesc Canosa, autor de Catalunya no acaba a la Panadella, desde el éxodo rural, a eso que rodea la ciudad, hemos pasado de llamarlo “el país" a llamarlo “el territorio”. La gran ciudad se extraña. No entiende a su campo y el campo se considera cada vez más como un hinterland periférico. Una granja de recursos y personas al servicio de la urbe. De hecho, esto es lo que criticaba Maragall sobre Madrid en su famoso artículo “Madrid se va”, aunque al mismo tiempo él estuviera tejiendo los mimbres de la fuga barcelonesa. No lo hacía a propósito, era el signo de los tiempos, pero pensar Barcelona desde el mar hacia la montaña ya es en sí mismo una declaración política de intenciones: Acercar las periferias, pero mirar el sistema desde el centro y entender a los demás como sus periferias.
Quizás Pujol fuese también en esto el perfecto contrapunto al socialista. Él miraba Barcelona desde Montserrat. Siempre vio en la costa un límite final y no el comienzo de nada. Para él, no debía existir Barcelona sin Catalunya, porque él sabía que el peligro está en que siempre habrá un tercero que se beneficie de las divisiones internas. De hecho, ese fue siempre el proyecto liberal madrileño: dividir la fuerza catalana. Frente al carlismo y la gran burguesía, debía existir una Barcelona autónoma y socialmente progresista.
"El Plan Cerdá es la gran obra histórica del centralismo español"Quien busque entender por qué el gobierno moderado de O'Donnell impuso desde Madrid el derrotado proyecto del progresista Cerdá, al mismo tiempo que en la capital aprobaba un plan de ensanche conservador, no debe quedarse en las cuestiones técnicas del urbanismo (el soleamiento y el esponjamiento de la ciudad) sino en la geografía y la sociología que crearon. Una malla mental tendente al igualitarismo, al desarraigo cultural y al cosmopolitismo. Fíjense. Si nos preguntásemos ¿qué le ha aportado Madrid a Barcelona? La respuesta es que Madrid (capital), entre otras muchas cosas, le ha aportado a Barcelona ni más ni menos que su Eixample.
El Plan Cerdá es la gran obra histórica del centralismo español, y no porque centralizase nada, sino porque creaba minorías de bloqueo. Era más que un hardware al uso. Creaba un tablero físico para equilibrar la partida con una pequeña burguesía profesional, en constante contacto con el proletariado. Es decir, un grupo social nuevo, grande y cuyos intereses no tenían por qué converger necesariamente con los de la alta burguesía ni con los paisanos del interior. El huevo de la serpiente del gatillazo nacional eterno, inoculado justo a tiempo desde la meseta, en el momento en que Catalunya comenzaba a despegar en el mundo moderno industrial. El Eixample configuró en los barceloneses un software mental. Es un buffer entre Catalunya y el dinero.
El proyecto de Maragall, que nace en ese software, era el de crear una ciudad verdaderamente justa, equilibrada y funcional. Una ciudad que mitigara la lacerante segregación social de sus periferias. Que las acercarse al centro, integrando así el conjunto del área metropolitana. Y todo ello siendo consecuente con el signo de los tiempos: la entrada en el Mercado Común, la paulatina desindustrialización y la terciarización económica.
El alcalde debía ser super-alcalde. Y eso rompía los frágiles equilibrios que se solapaban más allá de Collserola entre el “país” y la ciudad a favor de la última. Jordi Pujol entendió perfectamente el peligro que suponía esa actualización del software. La Gran Barcelona, por muy multinivel y policéntrica que fuese, tendería a convertirse en un mundo todavía más ensimismado que, a medio plazo convertiría al resto del “país” en un “territorio” extractivo. En una periferia. Por eso, cuando acabó con la CMB (Corporació Metropolitana de Barcelona) su explicación fue de todo menos vacía: “Por concepto hanseático de Catalunya se entiende esa idea formulada o informulada, consciente o inconsciente, de que Catalunya es Barcelona y poco más. Las ciudades hanseáticas eran ciudades poderosas y prácticamente nada más. No tienen país. No son un país. Nosotros queremos que Catalunya sea un país”.
"El sistema multinivel de la Gran Barcelona de 5 millones necesita un nuevo entendimiento de su posición en el mundo como ciudad global"Maragall tenía sus razones, pero Pujol siempre tuvo razón en sus intuiciones respecto a Barcelona. Como entenderán, mi opinión sobre el nacionalismo del “molt honorable” no es precisamente buena. Como hijo de su tiempo y ex alumno del Colegio Alemán durante los años 30… él pensaba en los rígidos parámetros del Estado nacional moderno. Yo no creo que sustituir un Estado-nación por otro resuelva ningún problema porque quizás el problema sea precisamente el concepto francés de Estado-nación. Pero si fuese catalán y en 1987, en pleno subidón olímpico, hubiese visto al convergente laminar como lo hizo la Corporación Metropolitana se habría ganado mi voto independientemente de cualquier otro tema, hasta el punto de que yo mismo le hubiese “traspasado los misales” al banco andorrano que más le gustase a “la madre superiora”.
Más allá ya de la broma, digo esto porque su decisión fue, nos guste o no, una de las más trascendentales y profundas de su reinado. Una decisión estructurante que buscaba crear puntos de anclaje y arraigo entre la ciudad y el país. Hacer indisociable el área metropolitana y el interior catalán. Antes de ser la capital del Mediterráneo, Barcelona era la capital de Catalunya. Intuitivamente, estaba intentando evitar el proceso de secesión territorial en el que hoy están inmersas las ciudades globales.
Pujol tenía un relato y, a largo plazo, un objetivo nacional que fracasó al tomar el desvío de aquel movimiento trumpista que fue el procés. En “el país” se olvidaron de la complejidad que supone el ecosistema Barcelona. Pero al mismo tiempo, el relato olímpico de la Barcelona de Maragall también está agotado, y la tentativa de repliegue a la acupuntura decrecentista que propuso Colau amenazó con descapitalizar no solo a la periferia sino al propio centro del sistema. Eso parece estar cambiando.
Sin embargo, aunque los patos del Remolar y La Ricarda han vuelto a ocupar la posición que les corresponde en la cadena alimenticia, al otro lado de Collserola, las estrategias de centralización metropolitana siguen viéndose con recelo, porque la sombra del gran centro global es muy poderosa. Porque la tentativa de puentear a los proveedores locales es alta si éstos se vuelven demasiado caros. Y porque las externalidades sociales que provoca el sistema global ---allí donde sigue habiendo arraigo y la patria sigue siendo algo más que el patrimonio--- tienen consecuencias culturales de calado. Hasta el punto que hoy son muchos en “el país” los que ven amenazada su lengua y con ello su propia identidad en lo que consideran su casa. Recordemos, el lepenismo y el trumpismo son movimientos de las periferias resentidas contra los centros.
"¿Qué tiene Barcelona que proponerle a los barceloneses? ¿Y a L'Hospitalet, a Sabadell o a Manresa? ¿Y a Lleida? ¿La marca Barcelona va a sustituir a la marca Catalunya?"El sistema multinivel de la Gran Barcelona de 5 millones necesita un nuevo entendimiento de su posición en el mundo como ciudad global. Sin ello no se pueden fijar objetivos realistas y por tanto no se pueden definir ni un relato, ni los objetivos a alcanzar. Y para que funcione, ese relato debe marcar un rumbo pensando en los de dentro y en los de fuera. Sin ello no hay plan ni estrategia que no esté condenado a ir dando tumbos.
Decía al principio que ese relato debe ser positivo e ilusionante. Un relato de transformación a mejor. Hacia la abundancia. En mi próxima entrega (y por alusiones) quiero aprovechar los artículos que escribieron en The New Barcelona Post Oriol Estela ---Make Madrid Great Again--- y Pau Solanilla ---Barcelona Republic: frente al Madrid DF, el Singapur del Mediterráneo---. No lo haré con ningún ánimo de responder orgullosamente a sus críticas (completamente legítimas); sino porque ilustran esa forma de entender la gran Barcelona como una ciudad hanseática, y que no hacen sino redundar en la que, a mi juicio, es la génesis de sus problemas: una visión involuntariamente ensimismada, a la que se ha llegado por obviar los ángulos muertos creados por el proyecto de Maragall y los experimentos de Colau. Una visión de la ciudad que en ningún caso debe rebajarse a ser concebida como la negación o alternativa a otros. Barcelona no existe para dar la réplica a los demás, para ser una alternativa de nadie. Barcelona existe para proponer y aportar. Hacia adentro y hacia afuera.
¿Qué tiene Barcelona que proponerle a los barceloneses? ¿Y a L'Hospitalet, a Sabadell o a Manresa? ¿Y a Lleida? ¿La marca Barcelona va a sustituir a la marca Catalunya? y ¿Qué tiene Barcelona que proponer y aportar a Zaragoza, Valencia o Palma? ¿Y a Málaga, Bilbao o… Madrid? Estas son las preguntas que se esconden detrás de la gran cuestión a resolver: Que somos y qué queremos ser. Contestar esas preguntas no es sencillo, pero es necesario. Y ningún relato ni ningún plan de futuro será válido sin contestarlas con profundidad y no con eslóganes, esteticismos baratos y palabras bonitas y vacías, como hacen hoy los políticos.