Teorías que acercan la ciencia y 850 cartas de amor

Josep Lladó, en una de sus intervenciones en las Aules d'Extensió Universitària
Josep Lladó, en una de sus intervenciones en las Aules d'Extensió Universitària

El año 1966, en Barcelona, un niño de catorce años y una niña de trece se encontraban por primera vez. Ella, hija de Oviedo, vivía en Madrid. Él era hijo y vecino de Gràcia. Carteándose durante seis años fueron preparando el camino que hoy continúan haciendo juntos, inmersos en la divulgación científica

28 de agosto de 2026 a las 05:30h

Somos polvo de estrellas. Nada más científico y más poético a la vez. Polvo de estrellas en un universo de energías que hacen latir la vida, un sencillo compuesto orquestado por átomos que ha dado a los científicos argumentos para explicárnoslo casi todo.

Cómo estos átomos se han expandido desde estrellas que la fuerza de la gravedad ha hecho explotar, y han dado lugar a planetas y a la vida, son el tipo de explicaciones con las que Josep Lladó Guilera es capaz de dejar boquiabierto a todo un auditorio. Liga todos los porqués de tal manera que uno acaba sintiéndose parte de esta totalidad común que es la vida, un juego de intereses desde la mínima expresión atómica, hasta los seres más poderosos del planeta.

Un ejemplo: La correlación entre cuestiones matemáticas y la vida animal se encuentran en los números primos. Divisibles únicamente por la unidad y por sí mismos, los números primos se relacionan con el ciclo biológico de una determinada tipología de cigarras. Y del absurdo que puede parecer, pasamos a la comprensión más lógica posible con la explicación de apasionados por la ciencia como es este barcelonés que, después de pasar más de treinta años trabajando para una gran multinacional, dijo: basta.

Basta porque sintió todas las ganas del mundo de dedicarse a hacer difusión de aspectos de la ciencia que tanto le fueron cautivando personalmente. Y eso que de pequeño, por muy buenas notas que sacó siempre, nada presagiaba ninguna tendencia a dedicarse a ello. En los Claretianos donde estudió, más bien eran las lenguas las que se le daban bien. Pero eligió Química como carrera universitaria. Y al terminar los estudios, tuvo que saldar aún unos meses de mili, antes de sentarse un domingo a leer en La Vanguardia las ofertas de trabajo. Tres días después, ya empezaba en La Seda de Barcelona, en El Prat de Llobregat. Los conocimientos de química, en la industria textil, concretamente él en la fibra acrílica, eran muy necesarios.

La vida de empleado ya no tenía nada que ver con el tiempo de estudiante, “me di cuenta de que los notables y excelentes me salían solos, pero la vida era más difícil, y nadie me lo había enseñado”, declara. Pero la muerte temprana de su padre le obligó a concentrarse en ello, sin poder combinarlo más con las carreras de atletismo que tanto le habían hecho disfrutar de este deporte.

Era el tiempo en que la informática empezaba a asomar la cabeza, y un ingeniero de la empresa supo leer en él el potencial necesario para convertirse en encargado de aquella dimensión nueva que aterrizaba, aquella 'artillería' tecnológica que se iba acercando para hacerlo todo más rápido. La primera inteligencia artificial daba su papel a los primeros informáticos del país. Y él justamente estaba posicionado para ser uno de ellos. Con uno de los primeros IBM que llegaron a este país, el potencial de Josep exploraba el potencial del aparato que revolucionaría el mundo de la empresa, las relaciones con el trabajo y con las personas.

La Teoria dels Àtoms, en manos de Josep Lladó Guilera.  ©Carme Escales

Las teclas de una nueva manera de hacerlo todo, la supresión de las distancias, de las barreras lingüísticas y la bienvenida a las transacciones económicas y relaciones comerciales, a distancia, pondría también fin a la herramienta que dio más alas a la relación de Josep con Cecilia durante seis de sus años de noviazgo: la carta.

El hilo de una relación epistolar

Ella nació en Oviedo, pero vivía en Madrid cuando en el año 1966 conoció a Josep. Durante tres años, se felicitaron las fiestas y los santos, hasta que en el verano de 1969, ella vino con su hermana a visitar a unos amigos en Barcelona y volvió a coincidir con Josep. A partir de entonces, comenzaron una intensa relación epistolar que duró seis años. Hasta ochocientas cincuenta cartas se intercambiaron.

Hasta ochocientas cincuenta cartas se intercambiaron.

Se habían conocido a catorce y trece años respectivamente, y con todas aquellas misivas, Josep y Cecilia construyeron el conocimiento mutuo a base de explicarse no solo aquello que hacían cada día, sino, tal como dice ella, “aprendimos a expresar lo que habíamos sentido haciendo las cosas, no a describirlas”. Eran cartas llenas de sentimiento que, con toda su capacidad de expresión, iba tejiendo una profundización personal de cada uno de ellos que les forzaba a adquirir vocabulario para describir sensaciones, sentimientos, deseos, dudas, incertidumbres... de todo lo que está hecha la vida. 

Todas las cartas de aquella larga y fecunda relación epistolar las custodiaron hasta que un día, no hace mucho, decidieron destruirlas. “Pensamos: si las dejamos aquí, cuando nuestros hijos ya no estén, ¿adónde irán a parar? Y compramos una trituradora de papel para triturarlas todas. Teníamos cajas llenas”, explica la pareja.

Josep Lladó y Cecilia Florez en su escapada veraniega al Ripollès 

El pulso de estrellas desmenuzaba un montón de momentos de calma y concentración, de ilusión y de caligrafía de este hombre y de esta mujer. “Recordaré toda la vida el momento en que recibí la primera carta de ella. Yo estaba con mi mejor amigo de la vida, Enric. Llegamos juntos a mi casa y, antes de abrir el buzón ya leí algunas letras del nombre: Ceci... y di unos saltos de alegría, como si no hubiera nadie, pero mi amigo, que ya no está, lo presenció”.

Recordaré toda la vida el momento en que recibí la primera carta de ella.

Las primeras cartas que se enviaron -dice Josep- “eran muy tiernas, muy limpias, incluso una monja la podría corregir sin asustarse. Con el tiempo, el tono fue cambiando”. 

Las cartas “nos hicieron crecer”, dicen. “Ibas expresando cosas que no habías dicho nunca, no eran rutinarias. Y, poco a poco, acabaron siendo sustituidas por llamadas”. Ahora, expresa Josep: “En los cincuenta y un años que hacemos camino juntos, nuestras cartas no son de papel ni necesitan sello, el destinatario siempre está. Las palabras no están escritas, están en las miradas, en los gestos, en las risas”.

Cincuenta y un años juntos pronto es dicho. Más de medio siglo del ‘buenas noches’ y ‘buenos días’ más cercanos y más sinceros. “Era una lotería”, expresa Josep, “y hemos tenido mucha suerte”. Suerte y dos hijos, con su renuncia de la competición atlética, las carreras de medio fondo de 800 y de 1500, sus marcas, su posición en el ranking... Ya en pareja, eso sí, Josep empezó a disfrutar del frontón, haciendo tándem en la competición con una Cecilia muy valiente con la pelota en la mano. Y actualmente se retan en tenis de mesa.

Juntos han hecho y educado dos hijos y crearon una pequeña empresa dedicada a elaborar materiales para los centros de enseñanza, interesantes materiales sobre ciencia que, desde la pasión que siente por ella Josep, se convierten en contenidos desgranados con mucha claridad y atracción. De hecho, haber estado en la primera línea interactuando con los primeros ordenadores, además de haber dado a Josep la posibilidad de saltar después de La Seda a llevar el departamento informático del Grupo Torras (más tarde, TORRASPAPEL), le facilitó el dominio tecnológico para anexar ciencia e informática. Así es como consigue dar a sus conferencias, cursos y seminarios de las Aulas de Extensión Universitaria para la Gente Mayor de Barcelona (AUGG BCN), -también en las de otros lugares de Cataluña- un enfoque sorprendente, con el soporte digital e interactivo de contenidos que, de otra manera, tendrían una comprensión pesada.

Josep practicando su afición al tenis de mesa. ©Carme Escales 

Después de haber aprendido a conocer la química, aquel volver a empezar que supuso para él el aprendizaje algorítmico para programar soluciones digitales, fue un regalo de la vida con el cual ahora puede acercar la ciencia a todo el mundo. Lo hace explicando el Big Bang, y conceptos básicos y fundamentales para entender la física cuántica, la teoría de la relatividad, las matemáticas y la química y saber todo esto qué función y relieve toman en nuestras vidas. “Electrones, fotones y quarks que pasan el día negociando energía, los aceleradores de partículas sincrotrón ALBA de Cerdanyola y el de Ginebra, cómo interactuamos con la química en nuestra vida diaria, la relatividad, la física cuántica...” todo esto es, explicado por Josep, un continuo de momentos ‘ajá’: el instante en el que el cerebro comprende. 

Valía la pena, a cincuenta y un años, aquel salto mortal, abandonando un sueldo excelente en su cargo en una multinacional para hacer “lo que yo sabía que sabría hacer bien”. El apoyo de Cecilia lo espoleaba y, hasta hoy, lo ha estado ayudando a preparar los materiales de sus charlas y seminarios. “Hay una fórmula mágica que se ha mostrado: mi pasión por la ciencia, mi capacidad de enseñar y un dominio avanzado de la informática, de la programación, la que ahora trata con los algoritmos. Yo soy un buen programador de informática interactiva, avanzada. Quienes programan la IA no saben mucho de ciencia, y los que dominan la ciencia no dominan la informática. Por lo tanto, en mí hay un feliz contacto”.

Quienes programan la IA no saben mucho de ciencia, y los que dominan la ciencia no dominan la informática.

¿Dónde radica el atractivo y la utilidad de la ciencia? “En el placer de la comprensión, porque la satisfacción de entender, el gozo intelectual, genera una descarga hormonal como las que crean adicción. Qué hace que tengamos frío o calor, sentir acidez de estómago, cómo respiramos, todo esto nos lo explica la ciencia y es lo que se apuntan a saber los alumnos de las Aulas de Extensión Universitaria, “aprender por el gusto de aprender, yo imparto seminarios de temática científica, pero los hay también de cine, de literatura, de música... Son dirigidos a personas mayores de cincuenta y cinco años, sin ninguna pretensión de sacarse un título, tan solo con ganas de saber sobre un tema”.

Con los pies bien firmes en la ciencia, este químico presenta la física cuántica sin hacerla coquetear con el esoterismo. ¿Por qué? “La física cuántica ya es bastante fascinante por sí misma, que, de una manera científica, ya nos demuestra las cosas. Requiere, eso sí, un cambio de paradigma, de mentalidad del Homo sapiens. Pero, el placer de la comprensión no es la recepción de algo sobrenatural, sino, a partir de hipótesis, ver que algo funciona y, si no, se prueban otras hipótesis. Esto es ciencia. Y no necesita ningún esoterismo. Es el divulgador quien tiene que hacer fascinarse con esto”, expone Josep Lladó.

La física cuántica no trata de comprender el amor, porque no puede, ni predecirlo, ni imaginarlo.

Y, a la pregunta de si hay algún punto en el que la física cuántica y el amor se encuentran, Lladó responde un no rotundo. “Por más que muchos se empeñen, la física cuántica no trata de comprender el amor, porque no puede, ni predecirlo, ni imaginarlo. El amor es una propiedad emergente, que emerge cuando las partículas elementales son muchas Tantas, que solo entonces los sapiens le encuentran algún sentido a un comportamiento tan sutil”.

Aún añade: “Quizás deberíamos ponernos de acuerdo en decir qué llamamos amor. Una vez logrado este ingente propósito, no sin renuncias ni concesiones, veríamos cuán lejos seguiríamos estando de saber (y de poder medir) las causalidades necesarias para que se dé, y nos encontraríamos con que, de momento, ninguna.  La neurociencia ya hace lo que puede, pero en el siglo XXI, lo más caliente está en el fregadero”.

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