Hablando de casas de alguien, resulta que, así como algunas grandes aventuras empresariales ligadas a la tecnología nacieron en su día en un garaje, para arrancar el In-Edit sus impulsores tuvieron que coger el ascensor y lo parieron en un ático. Concretamente, en una terraza barcelonesa propiedad de Uri Altell, que pronto se quedó pequeña, habitada por personas con curiosidad, ganas de compartir y bastante indies.
Eran tiempos de emergencia de plataformas de descargas en línea que a este grupo de inquietos les permitió acceder a documentales y piezas audiovisuales que, de otro modo, difícilmente no habrían sabido ni que existían. Hace unos 24 años, aquello era toda una declaración de intenciones.
Y de aquella comunidad doméstica acabó saliendo un festival internacional, presente en más de veinte países. Una pequeña lección sobre cómo las pasiones compartidas pueden acabar construyendo grandes estructuras sin perder del todo el espíritu de pandilla. Se notó durante la conversación en Casa Seat, con la complicidad que unía a los invitados, y que contagiaban.
De aquella comunidad doméstica acabó saliendo un festival internacional, presente en más de veinte países.
Porque el In-Edit no es solo una pantalla: es también lo que pasa antes, después y en los márgenes, cuando la música convoca a gente que quizás no comparte nada más que una obsesión. Marc Gili lo resumió bien: “Hay una internacional melómana capaz de unir a desconocidos de medio mundo con una facilidad que ya querrían para sí muchas diplomacias”.

Y mientras tanto, como advirtió Toni Querol, vivimos en un mundo (y una ciudad) donde también seguimos sufriendo la desaparición de salas y espacios de creación, como si la cultura fuera un lujo prescindible y no una manera de entendernos.
La buena noticia es que todavía hay historias que contar. A Astrid Rousse, por ejemplo, le encantaría un buen documental sobre Rosalía. Todavía hay músicos por descubrir y muchas ediciones de este mítico festival por venir.
El In-Edit de 2026 lo hará este 28 de octubre, entre otros, con Jordi Savall y propuestas muy diferentes sobre músicas de todas partes y de todo tipo. Y quizás esta es su gran virtud: haber convertido aquella terraza en una ventana al mundo, sin olvidar nunca que todo empezó invitando a los amigos a casa.
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