No es una figura que tengan todos los bienes culturales que han sido declarados patrimonio mundial por la UNESCO. De hecho, en Catalunya, la Casa Batlló ---que obtuvo este reconocimiento en el 2005--- es la única obra que cuenta con un responsable específico de preservar y difundir los valores que le han sido reconocidos por el consenso de 195 países. Son las naciones que han ratificado la Convención del Patrimonio Mundial de 1972, la comunidad unida para identificar y salvaguardar el patrimonio natural y cultural considerado el más importante del mundo. “En todo el planeta hay 1248 bienes inscritos en la lista de patrimonio mundial” , dice Amilcar Vargas. Hay pocas cosas que él no sepa sobre esta materia que hace subir al podio a las más loables creaciones. Obras como el edificio que Gaudí hizo en el paseo de Gràcia de Barcelona, una casa para vivir, la Casa Batlló, donde hoy lo que se vive es la experiencia de miles de personas de todo el mundo que caminan por la obra de un genio. Amilcar trabaja para salvaguardar y potenciar todo aquello que otorga la categoría del reconocimiento de la UNESCO en la Casa Batlló. Le gusta observar cómo los visitantes, de toda edad van admirando el lugar en el que están, descubriendo, a cada paso, colores, formas diferentes, originales, y tienen la sensación de avanzar dentro de una pintura, un cuento o un relato histórico. Es la impresión de convivir por un rato con el exotismo y la exclusividad de un edificio tan emblemático. Y a la pregunta de qué cree que se llevan las personas que hacen el recorrido por este sensacional edificio, él responde con una palabra: “inspiración”. De entrada, los selfies para publicar en las redes pocos los descuidan. Son visitas muy instagreamables , como dice Vargas, que también sabe que el visitante “se lleva emociones, momentos de felicidad”. Él también se siente así, feliz de estar dónde está. Vive como un verdadero privilegio el hecho de trabajar en un entorno cultural tan excepcional en el mundo. Él nació en la ciudad mexicana de Veracruz, en 1980. Los bienes culturales le interesaban y salía a buscar monumentos. Un día, en el centro histórico de Tlacotalpan, una ciudad de tres o cuatro mil habitantes, no demasiado lejos de donde él vivía, vio una placa en su parque central que decía Patrimonio de la Humanidad. “Aquello fue mi momento de epifanía , y yo tenía entonces dieciocho años”, comenta Amilcar. A partir de entonces, aquel joven aprovechaba cualquier día de fiesta para arrastrar a los compañeros de los boy scouts, el movimiento con el que había estado desde los ocho años, para ir a visitar monumentos. Quería vivir la experiencia de conocer el patrimonio cultural y mundial si podía ser, en primera persona. A solas, con la mochila y haciendo autostop, también planificaba los itinerarios para ir a ver aquellas obras que el mundo había decidido que tenían un valor cultural que traspasaba fronteras. Se interesaba por los bienes patrimoniales, pero sobre todo, por la gente que vive cerca, y por cómo viven. Con este interés se acercó a lugares como Puebla y Oaxaca y a tantos otros destinos donde el arte y la arqueología y también la sociología le hacían sentir muy despierta su curiosidad. Nacido en la ciudad mexicana de Veracruz, Amilcar confiesa que sintió un momento de epifanía en el centro histórico de Tlacotalpan, cuando se empezó a interesar por el patrimonio. © Mano Martinez Tenía tantas ganas de aprender más sobre todo aquello, que, a pesar de que ya había empezado los estudios de contabilidad, le dijo a su madre que quería estudiar arqueología. Ella, de entrada, le dijo que no. Seguramente no se imaginaba ningún anuncio de trabajo diciendo: ‘se busca arqueólogo’ y sí ‘se busca contable’. Pero después llegaron a un acuerdo: Amilcar estudiaría arqueología si acababa también contabilidad. Y así fue: las compaginó las dos. Se graduó en arqueología a los veintisiete años. Trabajó primero de contable durante unos años, haciendo declaraciones de impuestos y auditorías, hasta que un jueves lo dejó y el lunes siguiente ya tenía trabajo vinculado al Patrimonio de la Humanidad. Fue en El Tajín, una zona arqueológica precolombina en la ciudad de Papantla, en Veracruz. El yacimiento había sido inscrito en 1992. Le encargaron la documentación fotográfica del proceso de restauración y un proyecto de mantenimiento durante cinco meses. Fue su director de tesis en la universidad quién lo guió hacia aquel trabajo. Amilcar Vargas compaginó las dos carreras, contabilidad y arqueología. © Shuko Kawase En El Tajín conoció un antropólogo que le propuso trabajar con él en Ciudad de México, en las oficinas del Instituto Nacional de Antropología e historia. Allí ---dice--- “aprendí cómo se gestionaba el patrimonio desde un despacho, a hacer planes de gestión, de apertura y señalización para las visitas a yacimientos arqueológicos”. Siempre explica que la contabilidad le ayudó mucho. “Ahora que soy profesor, pienso que tanto los arqueólogos como quien se dedica a la conservación tendrían que aprender contabilidad para saber calcular costes de pintura mural o escultura cerámica. Incluso a un biólogo, si quiere presentar un proyecto le va bien tener conocimiento de presupuestos. Y en la gestión del día a día en un yacimiento abierto al público necesitas herramientas de gestión”, explica Amilcar. Además de conferencias por todo el mundo, imparte clases en la Universidad de la Sorbonne de París, concretamente, la asignatura de Governance and Tourism–Unesco World Heritage sites . Dice que en su primer viaje en Francia lo trataron tan mal y se sintió tan discriminado porque no hablaba francés, que se apuntó a un curso intensivo para aprender esta lengua que hoy habla magníficamente bien. De Barcelona supo por los Juegos Olímpicos, y en el 2005 vino por primera vez. Aprovechó unos trabajos en una excavación en Perugia, la capital de la región italiana de Umbría y otro trabajo, de voluntariado, cerca de Toulouse, para llegar a Barcelona en autocar y hacerle una visita una amiga que vivía aquí. Recuerda que caminó mucho por la ciudad y que le encantó. En aquel momento, ni sabía que acabaría viviendo y trabajando aquí, ni tampoco que llevaba el nombre de aquel a quien se atribuye la fundación y el nombre de la ciudad de Barcelona, Amílcar Barca. Vargas volvió a México y estudió el desarrollo de las comunidades indígenas de Oaxaca, desde el punto de vista económico y social. Y empezó a hacer un máster en gestión de empresas culturales de la Universitat de Barcelona. “El presupuesto para pagármelo lo preparé con mis conocimientos de contabilidad”. Y en septiembre del 2012 empezó el segundo año del máster presencialmente en Barcelona. "Si no sensibilizas a la gente, las civilizaciones se acabarán cargando el patrimonio. Se tiene que cuidar como material insustituible que es " Como tampoco aquí quiso quedar atrás con la lengua autóctona, pidió a la señora del piso donde vivía que le hablara siempre en catalán. Aquella experiencia, dentro del programa de intercambio de habitación por compañía a una persona mayor, 'Viure i Conviure', resultó un puntal en su vida en Catalunya. Todavía ahora se encuentran. Él entonces tenía treinta y dos años, se sentía mucho más maduro, había acabado dos carreras, y se administraba los ahorros mientras acababa el máster. Había pensado que el trabajo final del máster lo haría en México, pero no tenía dinero para ir, así que decidió dedicar su estudio a la Gestión del Patrimonio Mundial en Catalunya. Amilcar visitó Barcelona por primera vez en 2005, mientras trabajaba en una excavación en Perugia. © Ayuntamiento de Barcelona En una de las entrevistas que tuvo que hacer, en Casa Batlló, le dijeron que estaban buscando a alguien para hacer el informe que cada seis años tienen que entregar a la UNESCO los monumentos designados Patrimonio Mundial. Aquel trabajo era para él. Tenía toda la experiencia en la gestión de proyectos, como contable. Y ya se quedó en Casa Batlló. Después se doctoró en Sociedad y Cultura, que comprende historia, arqueología, patrimonio y gestión cultural y estudió también un máster en gestión del Patrimonio cultural y museología, y otro en Gestión de Empresas e Instituciones Culturales que, de hecho, es lo que siempre le ha interesado más, esta relación de las personas con la cultura y los elementos patrimoniales. “Más que el interés por los materiales y estructuras de los bienes patrimoniales, mi mirada es antropológica. Para mí un elemento de consideración en el patrimonio son las personas. Si no sensibilizas a la gente, las civilizaciones se acabarán cargando el patrimonio. Se tiene que cuidar como material insustituible que es. Y si el arqueólogo no se vincula a las personas de alrededor, pierde una oportunidad de conservar. Ermitas, palacios, iglesias y catedrales están hechos por personas y para las personas y de ellas depende también que se conserven estos bienes”, manifiesta Vargas. Amilcar Vargas empezó a trabajar en Casa Batlló para encargarse del informe que cada seis años tienen que entregar a la UNESCO los monumentos designados como Patrimonio Mundial. © Shuko Kawase Y añade que “todos los relatos de la gente son parte de la historia de los edificios, parte del patrimonio construido. Si no tienes el testimonio de las personas, te quedas con la mitad de la historia”. Y, todavía dice más: “estamos haciendo historia, lo que se dirá de nosotros y de todo lo que dejamos, lo estamos escribiendo hoy”.
Su tarea en Casa Batlló es garantizar que se cumplan las normativas patrimoniales, la responsabilidad patrimonial, pero también hacer investigación y restauración para mantener la autenticidad e integridad del edificio. "Apoyo desde mi
expertise las restauraciones , en las que se incluyen el mantenimiento diario y la divulgación de los valores patrimoniales",
explica. Su papel también es un liderazgo cultural, “queremos ser un referente ejemplar de la gestión sostenible del patrimonio, nosotros que jugamos en las ligas del Patrimonio Mundial y en la de los museos, porque somos un monumento museizado”, expone. Y nos recuerda que Casa Batlló es el ecuador de la obra de Gaudí. Veinte años antes hizo Casa Vicens y veinte años más tarde, moría. “En Casa Batlló he aprendido que el turismo es una manera diferente de observar el patrimonio ” Hace poco, Amilcar subía a recoger uno de los premios que últimamente ha recibido Casa Batlló por su innovación social, poniendo en práctica una verdadera inclusión. El premio Fundación Diversidad reconocía la contratación de personas con neurodiversidad a las cuales Casa Batlló alienta y proporciona un trabajo muy digno como la de cualquier otra persona. Este pasado mes de octubre, Casa Batlló también recibió en Bruselas el premio Europeo de Patrimonio Europa Nostra 2025, por su modelo pionero de gestión patrimonial inclusiva y su compromiso con la neurodiversidad. Su tarea en Casa Batlló es garantizar que se cumplen las normativas patrimoniales, la responsabilidad patrimonial, pero también apoyar la investigación y restauración. © Shuko Kawase Continuar con todo el legado sostenible, reduciendo el consumo energético y contagiando ese modelo de inclusión es uno de los propósitos que trabaja Vargas junto con todo el equipo y propietarios de Casa Batlló. “Nos gustaría que las instituciones miraran a las personas neurodivergentes, la mayoría dentro del espectro autista, como personas capaces de trabajar de cara al público", expresa. Todo lo que lo rodea le resulta eminentemente estimulador. “Siento que estoy en un lugar privilegiado, pero que es un reto, no es una condecoración. Soy parte de un equipo muy diverso y tengo el placer de ir por el mundo hablando de nosotros. Soy un comunicador y esto es un honor. Viajo para compartir con el mundo lo que hacemos y yo soy parte de esta forma de hacer, un aprendiz de todo aquello que no estrictamente patrimonial, pero que también mejora la calidad de vida de las personas que visitan nuestros monumentos y que trabajan en ellos. Sin las personas, el patrimonio cultural no tiene sentido”, insiste. “En Casa Batlló he aprendido que el turismo es una manera diferente de observar el patrimonio”, dice. Viaja a menudo a París para asistir a reuniones en la sede de la UNESCO, en el centro de patrimonio mundial donde él también trabajó en el 2005, con una beca de la Unión Europea. “Fue una experiencia bestial, conozco las luces y sombras de esa estructura jerárquica y muy compleja, y muy política también, porque está formada por Estados. Y se usan los foros para posicionarse políticamente”. C omo una esponja, allí donde va, Amilcar Vargas sigue empapándose de saber sobre el patrimonio mundial, mientras él va haciendo escuchar, siempre, el latido de Barcelona.
Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
Activar ahora