Fundadora versus emprendedora: el cambio de mentalidad de 2026

En el mundo startup, founder y entrepreneur suelen usarse como sinónimos. Pero no lo son. Hay una diferencia sutil, y al mismo tiempo clave. La fundadora está vinculada a la creación de un proyecto concreto: su identidad cambia, evoluciona y se consolida junto a esa empresa. La emprendedora, en cambio, está vinculada al movimiento. Construye, lanza, aprende, ajusta, escala o vende… y vuelve a empezar.

Una permanece ligada a una sola compañía; la otra se sube, una y otra vez, a la montaña rusa de la iteración. Entender esta diferencia es importante para inversores, para los agentes del ecosistema y para las propias fundadoras. No es solo una cuestión semántica: define cómo se entiende el crecimiento, el riesgo y la verdadera capacidad de lanzar más de un proyecto con éxito. Cuando una fundadora permite que un único proyecto defina toda su identidad, la ambición y la innovación pueden diluirse casi por inercia. Necesitamos espacios intermedios, aburrimiento y fracaso ---la “palabra con F de nuestra generación--- para construir algo con verdadero fondo.

Hoy, el concepto de serial emprendedor parece estar dominado por los tech bros: financiados por capital riesgo, impulsados por testosterona y, a menudo, más ruidosos que sabios. Pero la realidad es mucho más simple: la mentalidad importa más que el hype. Se trata de abrazar el movimiento, asumir los golpes y volver a subirse al caballo para empezar de nuevo. De hecho, en Silicon Valley, y especialmente en entornos más masculinizados, el fracaso se percibe casi como un rite of passage.

Para las mujeres fundadoras, la relación con fracaso es especialmente compleja, y yo, como fundadora, lo entiendo bien. El año pasado en Europa, las startups fundadas por mujeres captaron solo el 12 % del capital riesgo total, dejando el 88 % del pastel aparentemente reservado a los tech bros. Los desequilibrios estructurales suelen atar a las fundadoras primerizas a su primer proyecto, obligándolas a priorizar la operación frente a la creatividad y aumentando el riesgo de agotamiento.

Irónicamente, la curiosidad, el coraje y la imaginación que dan origen a un proyecto suelen perderse por el camino: lo que yo llamo los primeros años de obsesión identitaria. Ahora bien, puede que algún inversor esté pensando: “Pero queremos fundadores obsesionados. Queremos resultados. ¡10X!”. Claro. Por supuesto. Pero aquí está la clave: una emprendedora con experiencia sabe cómo generar esos resultados, ya sea ejecutándolos ella misma o construyendo el equipo operativo adecuado y, lo que es crucial, sabe cuándo evolucionar y volver a empezar a construir.

Emprendedoras trabajando en Barcelona Activa.

En 2026, quiero ver a una nueva generación de mujeres fundadoras abrazar la mentalidad de la emprendedora en serie: libres de ataduras, creativas sin pedir permiso, orientadas al futuro. Con el apoyo adecuado, acceso a capital y referentes que hayan vivido tanto exits como fracasos, podrán hacer crecer sus proyectos actuales —o reconocer cuándo su ciclo ha terminado y su identidad está lista para evolucionar— mientras ya están imaginando la próxima gran idea.

Esta mentalidad no va solo de éxito individual. Va de resiliencia colectiva, impacto con coraje y de dar forma al futuro. Barcelona, Europa, el mundo: necesitamos emprendedoras en movimiento. No atadas a un único proyecto, no paralizadas por el miedo al fracaso, siempre iterando, siempre construyendo, siempre avanzando.

Repítelo conmigo: Crear. Iterar. Fallar. Repetir.

El próximo gran hito en emprendimiento no está detrás de nosotros: siempre está por venir.

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Natalie Batlle (3)
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