En el capítulo anterior de esta serie, dedicado al Hotel Majestic, abordábamos el pacto político de 1996 que permitió al Partido Popular gobernar por primera vez con el apoyo de Convergència i Unió. Meses después, aquellos mismos partidos acordaron una modificación clave de la Ley de Puertos, que hasta entonces prohibía explícitamente las edificaciones destinadas a residencia u hospedaje en dominio público portuario.
La enmienda abrió la puerta a una nueva etapa en el frente marítimo de la capital de Catalunya e hizo posible la construcción de hoteles emblemáticos como el W Barcelona, protagonista del tercer capítulo de esta serie, y el propio Grand Marina, eje de esta décima entrega de Hoteles con Historia e Historias de Hoteles.
Un elemento portuario histórico y muy visible acompaña la transformación del muelle de Barcelona: el Aeri del Port. Concebido al rebufo de la Exposición Internacional de 1929, debía unir Montjuïc, sede principal del evento, con la Barceloneta y acercar la muestra al mar. El teleférico no entró en funcionamiento hasta 1931 por razones presupuestarias y tampoco lo hizo siguiendo el trazado previsto inicialmente. La torre central, la de Jaume I, no se ubicó finalmente en el Muelle de España, donde hoy se alza el Maremagnum, sino en su emplazamiento actual, frente al futuro hotel.
La torre Jaume I ha sido un mirador privilegiado de la evolución del puerto y uno de los mayores cambios que presenció, junto a la apertura de la segunda bocana, fue el inicio del proyecto del World Trade Center.
WTC Barcelona
El complejo comenzó a gestarse en 1989, con inicio de obras en 1990, aunque estas se interrumpieron en 1992 a causa de la crisis económica. Los trabajos se retomaron en 1996 y culminaron con su inauguración en 1999. El proyecto constaba de tres bloques diseñados por Henry N. Cobb, socio fundador del estudio Pei Cobb Freed & Partners y discípulo directo de I. M. Pei. Cobb es autor de edificios que marcaron ciudades y épocas, como la torre John Hancock de Boston o la del U.S. Bank en Los Ángeles, durante años el rascacielos más alto de la mayor ciudad de California.El hotel, cuarto edificio del conjunto (el situado al oeste), se levantó posteriormente, cerrando el círculo del WTC de Barcelona. Su diseño corrió también a cargo del mismo equipo de arquitectos, con la ejecución y el interiorismo asumidos por el estudio barcelonés GCA Arquitectes Associats, dirigido por Josep Juanpere.
Un detalle especialmente simbólico fue y sigue siendo la escalera de caracol, situada a la izquierda del vestíbulo y diseñada por el propio I. M. Pei, donde cristal, acero y mármol se combinan con una sobriedad casi escultórica. Pei marca ese espacio de recepción del mismo modo que lo hizo, a gran escala y por encargo de François Mitterrand, en el Museo del Louvre de París, con su rompedora pirámide de cristal, popularizada años después por la película El código Da Vinci, protagonizada por Tom Hanks y dirigida por Ron Howard.
Un hotel en el muelle
El proyecto nació con una ambición clara: crear un gran hotel urbano de cinco estrellas, estrechamente vinculado al puerto, al comercio internacional y al turismo cultural y de negocios. El Grand Marina se convirtió así en la joya de la corona del grupo Hotusa y en el argumento fundacional de la marca Eurostars. La empresa, con sede en Barcelona, es hoy la primera cadena española por número de establecimientos y la tercera por número de habitaciones.
La puesta de largo del hotel fue coherente con esa vocación de crecimiento. El 19 de junio de 2002 se celebró una gran fiesta de inauguración que se prolongó durante toda la jornada. El primer campanazo llegó a mediodía: el Grand Marina acogió a los dieciséis concursantes de la mítica primera edición de Operación Triunfo, entonces en pleno apogeo mediático, en una comparecencia que reunió a más de 130 periodistas. Conviene recordar que aquel OT marcó un antes y un después en la historia de la televisión en España.
Por la tarde, una visita institucional encabezada por Artur Mas, entonces Conseller en Cap de la Generalitat presidida por Jordi Pujol, reunió a autoridades del Port de Barcelona y a los artistas que habían dejado su huella en el hotel en forma de obras originales, como Josep Maria Subirachs, Albert Ràfols Casamada o Lluís Lleó. Ya entrada la noche, una fiesta congregó a más de dos mil personas en la terraza del establecimiento, con una puesta en escena a la altura de un cinco estrellas gran lujo del nuevo siglo. La entrega simbólica de las llaves del hotel a representantes del deporte, la cultura, la empresa, el turismo y las instituciones selló una inauguración que, desde hoy, se ve como un retrato de la Barcelona optimista y expansiva de 2002.
Desde entonces, además de por los artistas que forman parte permanente de su decoración, el Grand Marina ha mantenido una relación constante con el mundo cultural. El hotel ha impulsado una política estable en este ámbito, con especial atención a la literatura y la fotografía, promovida directamente desde la presidencia del grupo. La última galardonada en el Premio Eurostars de Narrativa de Viajes ha sido Espido Freire. A ello se suma su papel como hotel institucional: sede de los Prix Pyrénées, lugar habitual de encuentro de actos del PP de Catalunya y alojamiento recurrente de muchos de los equipos de Primera División que viajan a Barcelona para enfrentarse al Espanyol o al Barça.
Así, entre leyes portuarias reescritas, arquitectura de autor, pactos políticos, arte contemporáneo y cultura popular, el Eurostars Grand Marina terminó de cerrar el círculo del World Trade Center y de una Barcelona que se acercó aún más a su mar.
Un hotel y un conjunto urbano que no solo transformó el perfil del puerto, sino que añadió a su paisaje lo más parecido a un gran transatlántico. Un lugar donde se cruzan viajeros, escritores, futbolistas, políticos y arquitectos en pleno muelle de Barcelona, a la sombra de la enorme torre de Jaume I.
