¿Quién teme a Michiko Kakutani?

¿Por qué Michiko Kakutani es una de las críticas más temidas del mundo literario? Una de sus reseñas favorables en ‘The New York Times’ puede conseguir la venta en estampida de un libro, una desfavorable lo puede matar. Es una iconoclasta feroz, el cancerbero más poderoso de la cultura literaria norteamericana

n la obra teatral de Edward Albee ¿Quién teme a Virginia Woolf?, el personaje Honey confiesa haber arrancado la etiqueta de una botella de coñac, a lo que George responde que todos arrancamos etiquetas, querida, y cuando atraviesas la piel, los órganos y el músculo hasta el hueso, todavía no has alcanzado el fondo. Dentro del hueso hay algo, el tuétano, y es ahí a dónde tienes que llegar. Arrancar etiquetas y extraer el tuétano de la literatura no es nada menos que la vitalicia y cruenta práctica de la más misteriosa de todas, Michiko Kakutani. Crítica eminente de The New York Times desde 1983, la fuente de noticias de referencia en los Estados Unidos, la señorita Kakutani es una iconoclasta feroz y el cancerbero más poderoso de la cultura literaria norteamericana. Pero sabemos menos de ella que incluso de J. D. Salinger

Una reseña favorable en The New York Times puede conseguir la venta en estampida de un libro, una desfavorable lo puede matar. “Se necesitan por lo menos tres reseñas exaltadas para compensar el daño”, explicó Norman Mailer en una carta iracunda al director de The New York Times. “Es una kamikaze”, rabió, diciendo que “alguna mosca le ha picado en su culo nipón”. Kakutani había escrito que su obra era “necia, engreída y a ratos involuntariamente cómica”. David Foster Wallace reconoció que a los veinticuatro años de edad se había encerrado en su habitación y llorado dos días enteros tras leerle a la señorita Kakutani una reseña positiva pero con tropezones de su primera novela, La escoba del sistema.

¿Qué se sabe de ella? Según los registros públicos nació en 1955, hija única de un matemático japonés de Yale, donde ella misma se graduó en Filología Inglesa en 1976. Comenzó como reportera para The Washington Post y en 1979 acabó en The New York Times antes de ser nombrada crítica literaria en jefe. En 1998 mereció un Premio Pulitzer. Las reseñas seleccionadas para el premio incluyeron una de Mason y Dixon de Thomas Pynchon —“una novela tan emotiva como intelectual, tan conmovedora como osada”—, de Submundo de Don DeLillo, que describía como “una obra de arte deslumbrante”, una sólida de Noticia de un secuestro de García Márquez —“todo el drama y la resonancia emocional de su narrativa más vigorosa”—, así como otras en las que censura ferozmente Hapworth 16, 1924 de J. D. Salinger, a la que consideró “una historia agria, inverosímil, y por desgracia, completamente desprovista de encanto”, o Hacia el fin del tiempo de John Updike. Se preguntaba: “¿Cómo puede un escritor tan dotado escribir un libro tan malo?”. Y la inevitable bofetada a su bête noire, El evangelio según el hijo de Norman Mailer: “El Jesús del señor Mailer suena como un invitado al programa de televisión de Oprah Winfrey”.

El único rumor sobre su vida amorosa es una relación con Woody Allen. Le entrevistó para The Paris Review durante una larga cena en un famoso restaurante de la época conocido por su clientela estrella, Elaine’s. Quedan frases como, “tímido al principio, una vez expresó un deseo intenso de volver al útero; al de cualquiera”, o “lo que más me gusta hacer es lo que no estoy haciendo ahora mismo”. La señorita Kakutani también se ocupa de libros preeminentes, de las biografías de máximo interés y los volúmenes políticos que hierven en los medios y precisan de un pulso firme: Bush, Obama, el Papa. Sus reseñas nunca son ambiguas, están llenas de ingenio, son incisivas y microscópicamente precisas. Su veteranía le permite contextualizar una obra dentro de la trayectoria creativa de un escritor, inexorablemente, pues ella también estuvo ahí. Sus análisis definen los gustos, todo el mundo tiene que saber lo que piensa Michi. Se cierne sobre todo sin ser vista, es temperamental, un misterio, casi una diva. Es el Oráculo de Matrix, tan intocable como Eliot Ness y ha sido comparada con Keyser Söze.

Constan dos únicas amigas, una suerte de rat pack del Times: la temida comentarista política Maureen Dowd, que obtuvo un Pulitzer en 1992, y cuyo primer libro fue ¿Son necesarios los hombres?: “Si algo temen los hombres —escribió Dowd— es a una mujer que usa sus facultades críticas”. Se cuenta que la señorita Kakutani la llamó al ganar su Pulitzer para lamentar que ya le sería imposible tener ninguna cita con nadie. La tercera Bruja de Eastwick —la novela epónima de John Updike fue kakutaniada como “jerigonza vergonzosa”— es la todopoderosa excrítica de televisión Alessandra Stanley, que actualmente cubre en la prensa a los ultrarricos de Estados Unidos, al uno por ciento del uno por ciento.

“Sus críticas de mis libros son estúpidas y frívolas”, replicó Susan Sontag cuando la señorita Kakutani cuestionó su ensayo Contra la interpretación. Cuando definió la biografía de Jonathan Franzen, Zona fría, de “odioso retrato del imbécil adolescente”, él la calificó de “la persona más estúpida de Nueva York”. Perro callejero de Martin Amis “se parece a la mejor narrativa de Amis como un mal cantante de karaoke se parece a Frank Sinatra, o como un imán de nevera del Grito de Munch se parece a la obra original”. Se puede imaginar cómo se desayunó Amis aquella mañana. Nicholson Baker comparó una de sus reseñas a una extirpación de hígado sin anestesia.

Imaginemos esto: la señorita Kakutani sonriendo y replicando como Martha en ¿Quién teme a Virginia Woolf?: “Oh, me gusta tu ira. Creo que es lo que más me gusta de ti. Tu ira”. Todo se aúna al misterio de la mujer más desconocida de las letras estadounidenses, todopoderosa y, francamente, muy graciosa. De hecho, para entretenerse ha llegado al extremo de escribir reseñas remedando las voces de Holly Golightly, Holden Caulfield, Austin Powers o incluso Brian Griffin, el perro de la serie Family Guy. ¿Cuál es el secreto? La libertad de escribir lo que piensa gracias a que sus jefes le cubren las espaldas pase lo que pase. Rushdie la definió como “una mujer extraña que al parecer necesita repartir caricias y azotes”, después de que ella considerara que La encantadora de Florencia “carecía de magia”. Y ahí tenemos a la Srta. Kakutani, replicando como Martha de nuevo: “No soy un monstruo. No lo soy”. Sonrisa.

Acaso la escritora Margaret Atwood da en el clavo, pese a que su novela Oryx y Crake fuera adjetivada de “batiburrillo grumoso”. Michiko Kakutani es un mal necesario. “Te elogia una vez y a la siguiente te destroza para que no seas complaciente”. Un crítico libre desempeña una labor higiénica. Los escritores saben que hay alguien que espera que den lo mejor de sí. Siempre. Virginia Woolf insta en su ensayo ¿Cómo debería leerse un libro? a pensar cómo nuestros criterios y juicios infunden el ambiente que los escritores respiran mientras trabajan. “¿No son delincuentes los libros que han malgastado nuestro tiempo y nuestra simpatía; no son acaso los enemigos más insidiosos de la sociedad, dañinos, corruptores, los escritores de falsos libros, libros falseados, libros que infectan el ambiente de decadencia y enfermedad? Seamos severos, pues, con nuestros criterios; comparemos cada libro con el mejor de su categoría”.

¿Quién teme a Michiko Kakutani?

¿Por qué Michiko Kakutani es una de las críticas más temidas del mundo literario? Una de sus reseñas favorables en ‘The New York Times’ puede conseguir la venta en estampida de un libro, una desfavorable lo puede matar. Es una iconoclasta feroz, el cancerbero más poderoso de la cultura literaria norteamericana

n la obra teatral de Edward Albee ¿Quién teme a Virginia Woolf?, el personaje Honey confiesa haber arrancado la etiqueta de una botella de coñac, a lo que George responde que todos arrancamos etiquetas, querida, y cuando atraviesas la piel, los órganos y el músculo hasta el hueso, todavía no has alcanzado el fondo. Dentro del hueso hay algo, el tuétano, y es ahí a dónde tienes que llegar. Arrancar etiquetas y extraer el tuétano de la literatura no es nada menos que la vitalicia y cruenta práctica de la más misteriosa de todas, Michiko Kakutani. Crítica eminente de The New York Times desde 1983, la fuente de noticias de referencia en los Estados Unidos, la señorita Kakutani es una iconoclasta feroz y el cancerbero más poderoso de la cultura literaria norteamericana. Pero sabemos menos de ella que incluso de J. D. Salinger

Una reseña favorable en The New York Times puede conseguir la venta en estampida de un libro, una desfavorable lo puede matar. “Se necesitan por lo menos tres reseñas exaltadas para compensar el daño”, explicó Norman Mailer en una carta iracunda al director de The New York Times. “Es una kamikaze”, rabió, diciendo que “alguna mosca le ha picado en su culo nipón”. Kakutani había escrito que su obra era “necia, engreída y a ratos involuntariamente cómica”. David Foster Wallace reconoció que a los veinticuatro años de edad se había encerrado en su habitación y llorado dos días enteros tras leerle a la señorita Kakutani una reseña positiva pero con tropezones de su primera novela, La escoba del sistema.

¿Qué se sabe de ella? Según los registros públicos nació en 1955, hija única de un matemático japonés de Yale, donde ella misma se graduó en Filología Inglesa en 1976. Comenzó como reportera para The Washington Post y en 1979 acabó en The New York Times antes de ser nombrada crítica literaria en jefe. En 1998 mereció un Premio Pulitzer. Las reseñas seleccionadas para el premio incluyeron una de Mason y Dixon de Thomas Pynchon —“una novela tan emotiva como intelectual, tan conmovedora como osada”—, de Submundo de Don DeLillo, que describía como “una obra de arte deslumbrante”, una sólida de Noticia de un secuestro de García Márquez —“todo el drama y la resonancia emocional de su narrativa más vigorosa”—, así como otras en las que censura ferozmente Hapworth 16, 1924 de J. D. Salinger, a la que consideró “una historia agria, inverosímil, y por desgracia, completamente desprovista de encanto”, o Hacia el fin del tiempo de John Updike. Se preguntaba: “¿Cómo puede un escritor tan dotado escribir un libro tan malo?”. Y la inevitable bofetada a su bête noire, El evangelio según el hijo de Norman Mailer: “El Jesús del señor Mailer suena como un invitado al programa de televisión de Oprah Winfrey”.

El único rumor sobre su vida amorosa es una relación con Woody Allen. Le entrevistó para The Paris Review durante una larga cena en un famoso restaurante de la época conocido por su clientela estrella, Elaine’s. Quedan frases como, “tímido al principio, una vez expresó un deseo intenso de volver al útero; al de cualquiera”, o “lo que más me gusta hacer es lo que no estoy haciendo ahora mismo”. La señorita Kakutani también se ocupa de libros preeminentes, de las biografías de máximo interés y los volúmenes políticos que hierven en los medios y precisan de un pulso firme: Bush, Obama, el Papa. Sus reseñas nunca son ambiguas, están llenas de ingenio, son incisivas y microscópicamente precisas. Su veteranía le permite contextualizar una obra dentro de la trayectoria creativa de un escritor, inexorablemente, pues ella también estuvo ahí. Sus análisis definen los gustos, todo el mundo tiene que saber lo que piensa Michi. Se cierne sobre todo sin ser vista, es temperamental, un misterio, casi una diva. Es el Oráculo de Matrix, tan intocable como Eliot Ness y ha sido comparada con Keyser Söze.

Constan dos únicas amigas, una suerte de rat pack del Times: la temida comentarista política Maureen Dowd, que obtuvo un Pulitzer en 1992, y cuyo primer libro fue ¿Son necesarios los hombres?: “Si algo temen los hombres —escribió Dowd— es a una mujer que usa sus facultades críticas”. Se cuenta que la señorita Kakutani la llamó al ganar su Pulitzer para lamentar que ya le sería imposible tener ninguna cita con nadie. La tercera Bruja de Eastwick —la novela epónima de John Updike fue kakutaniada como “jerigonza vergonzosa”— es la todopoderosa excrítica de televisión Alessandra Stanley, que actualmente cubre en la prensa a los ultrarricos de Estados Unidos, al uno por ciento del uno por ciento.

“Sus críticas de mis libros son estúpidas y frívolas”, replicó Susan Sontag cuando la señorita Kakutani cuestionó su ensayo Contra la interpretación. Cuando definió la biografía de Jonathan Franzen, Zona fría, de “odioso retrato del imbécil adolescente”, él la calificó de “la persona más estúpida de Nueva York”. Perro callejero de Martin Amis “se parece a la mejor narrativa de Amis como un mal cantante de karaoke se parece a Frank Sinatra, o como un imán de nevera del Grito de Munch se parece a la obra original”. Se puede imaginar cómo se desayunó Amis aquella mañana. Nicholson Baker comparó una de sus reseñas a una extirpación de hígado sin anestesia.

Imaginemos esto: la señorita Kakutani sonriendo y replicando como Martha en ¿Quién teme a Virginia Woolf?: “Oh, me gusta tu ira. Creo que es lo que más me gusta de ti. Tu ira”. Todo se aúna al misterio de la mujer más desconocida de las letras estadounidenses, todopoderosa y, francamente, muy graciosa. De hecho, para entretenerse ha llegado al extremo de escribir reseñas remedando las voces de Holly Golightly, Holden Caulfield, Austin Powers o incluso Brian Griffin, el perro de la serie Family Guy. ¿Cuál es el secreto? La libertad de escribir lo que piensa gracias a que sus jefes le cubren las espaldas pase lo que pase. Rushdie la definió como “una mujer extraña que al parecer necesita repartir caricias y azotes”, después de que ella considerara que La encantadora de Florencia “carecía de magia”. Y ahí tenemos a la Srta. Kakutani, replicando como Martha de nuevo: “No soy un monstruo. No lo soy”. Sonrisa.

Acaso la escritora Margaret Atwood da en el clavo, pese a que su novela Oryx y Crake fuera adjetivada de “batiburrillo grumoso”. Michiko Kakutani es un mal necesario. “Te elogia una vez y a la siguiente te destroza para que no seas complaciente”. Un crítico libre desempeña una labor higiénica. Los escritores saben que hay alguien que espera que den lo mejor de sí. Siempre. Virginia Woolf insta en su ensayo ¿Cómo debería leerse un libro? a pensar cómo nuestros criterios y juicios infunden el ambiente que los escritores respiran mientras trabajan. “¿No son delincuentes los libros que han malgastado nuestro tiempo y nuestra simpatía; no son acaso los enemigos más insidiosos de la sociedad, dañinos, corruptores, los escritores de falsos libros, libros falseados, libros que infectan el ambiente de decadencia y enfermedad? Seamos severos, pues, con nuestros criterios; comparemos cada libro con el mejor de su categoría”.