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Ocho horas en el vestuario de Guardiola

La serie documental All or Nothing: Manchester City es una visión hasta ahora nunca vista de un club de fútbol desde dentro –en ocho capítulos de una hora, es decir, 480 minutos ante la pantalla–, con la suerte o la desgracia de acompañar al equipo que pulverizó todos los récords de la Premier League 2017-2018. También revela lo que, en mi opinión, es el secreto mejor guardado del club: se trata de Brandon Ashton, el utillero que arregla las botas a los jugadores, un pelirrojo divertidísimo que siempre aporta la nota de humor y distensión que el equipo necesita. En una plantilla llena de millonarios en la veintena, disponer de un encargado del material joven, empático y que se deja tomar el pelo, vale su peso en oro.
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on la llegada de gigantes como Netflix o Amazon Prime, la producción audiovisual no solo vive una fiebre del oro en cuanto a la ficción, sino que también se abre una gran oportunidad para los documentales que, convertidos en series por capítulos, pueden librarse del corsé de las dos horas cinematográficas y plantearse objetivos mucho más ambiciosos.

Por ahora, esta época dorada del documental nos ha regalado joyas como Wild Wild Country, el retrato alocado de la secta Rajneesh y su intento de construir una ciudad utópica en medio del desierto de Oregón, y también promete revolucionar los documentales deportivos con proyectos como All or Nothing, una marca de Amazon que por el momento había hecho retratos inmersivos de equipos de fútbol americano y de rugby, hasta que este 2018 ha aterrizado en la Europa futbolera con un retrato inmersivo del Manchester City.

Por una cifra que algunos medios situaron en torno a los 10 millones de libras, el City aceptó que las cámaras de Mediapro se pegaran como lapas al equipo durante la temporada pasada, con un acceso prácticamente ilimitado a los entrenamientos, las estrellas y las charlas de Pep Guardiola en el vestuario. “Nos seguían hasta las duchas y todo”, llegó a comentar, burlón, uno de los capitanes. En el mundo del periodismo, esta técnica se llama Fly on the Wall (mosca en la pared), y se remonta a reportajes históricos como el retrato de Ernest Hemingway que en 1950 firmaba Lillian Ross en la revista New Yorker, pero las posibilidades que se abren ahora son infinitas, sobre todo cuando se permite la entrada de cámaras a lugares inaccesibles.

El resultado de All or Nothing: Manchester City es una visión hasta ahora nunca vista de un club de fútbol desde dentro –en ocho capítulos de una hora, es decir 480 minutos ante la pantalla–, con la suerte o la desgracia de acompañar al equipo que pulverizó todos los récords de la Premier League: récord de puntos, de victorias, de goles y primeros en superar la barrera de los 100 puntos gracias a una victoria in extremis en el último minuto de la temporada 2017 hasta 2018.

Comparados con la cantidad de minutos de deportes diarios que nos tragamos en los telediarios, los documentales deportivos de calidad son escasos, sobre todo porque se suele dar coba y caer en las obviedades trilladas, con frases como fútbol es fútbol y todo lo que ha transformado buena parte del periodismo deportivo en la prensa rosa masculina. Poner el micrófono ante los aficionados y grabarlos mientras gritan “el City es el mejor” o “nos los zampamos” no aporta mucha información relevante, para entendernos. Además, en una disciplina que mueve tanto dinero, se hace difícil encontrar el tono crítico e imparcial que tienen los grandes documentales –es decir los que buscan plantear las grandes preguntas– y no caer en el publirreportaje sin paliativos.

Descubrimos, por ejemplo, que el Kun Agüero pasa el rato viendo películas de la mafia y acción en una pantalla gigantesca mientras echa de menos a su hijo, que lo visita una vez al mes ya que vive en Argentina. Puede que el delantero nade en la abundancia, pero es lastimoso ver que vive solo como un hongo.

En All or Nothing: Manchester City los capítulos alternan la trama principal, que es el avance del equipo en las diversas competiciones, con las pequeñas cotidianidades del día a día, como las recuperaciones de los lesionados –que operan en Barcelona porque el equipo técnico confía ciegamente en el doctor Ramon Cugat, un referente mundial de las lesiones de rodilla– y la vida que hacen los cracks en la ciudad de Manchester. Descubrimos, por ejemplo, que el Kun Agüero pasa el rato viendo películas de la mafia y acción en una pantalla gigantesca mientras echa de menos a su hijo, que lo visita una vez al mes ya que vive en Argentina. Puede que el delantero nade en la abundancia, pero es lastimoso ver que vive solo como un hongo.

El documental también quiere enseñar el trabajo del equipo técnico, pero en los muchos minutos en vestuarios no aprendemos ninguna lección táctica importante, más allá de ver Guardiola moviendo fichas de colores sobre una pizarrilla – el inglés de Guardiola, a ratos improvisado e incomprensible, ha sido bastante criticado en The Guardian. Tampoco descubrimos ninguna revelación sobre la planificación económica del club: en varios capítulos vemos a Txiki Beguiristain y Ferran Soriano planificando fichajes con Khaldoon Al Mubarak, la todopoderosa mano derecha del dueño, pero nunca sabemos qué objetivo se ponían ni cuánto estaban dispuestos a desembolsar – parece que muchísimo. En el mercado de invierno, los acompañamos a Bilbao en el fichaje relámpago de Aymeric Laporte, pero la negociación es pan comido por lo que el City paga a toca teja la cláusula de rescisión: ninguna emoción.

Las revelaciones del documental están en los pequeños detalles, como en la escena con el capitán citizen Vincent Kompany siguiendo un partido trascendental y teniendo que aguantar los comentarios de su suegro, aficionado del United. O durante la fiesta de cumpleaños de la hija de Fernandinho, un espectáculo kitsch para nuevos ricos, con los invitados llenando una mesa de regalos a base de bolsas y bolsas de Burberry y Polo Ralph Lauren, mientras la mujer del jugador, Glaucia Roza, se sincera y explica su papel en la renovación del centrocampista: “hace tiempo que lo discutíamos, quedarnos irá bien para los niños”. Un buen baño de realidad para los que piensan que estas decisiones siempre se toman en función de la carrera deportiva de la estrella, y no según la situación familiar.

En el montaje final, los resúmenes de los partidos ya se esfuerzan para insuflar emoción al documental a base de música de suspense, pero con el equipo ganando por paliza la mayoría de jornadas se hace difícil crear cliffhangers ni tirar de épica: en el pico del invierno, con el equipo líder y mil puntos del segundo clasificado, la intriga del documental se reduce a intentar adivinar quién será el próximo jugador en lesionarse.

All or Nothing: Manchester City también revela lo que, en mi opinión, es el secreto mejor guardado del club: se trata de Brandon Ashton, el utillero que arregla las botas de los jugadores, un pelirrojo divertidísimo que siempre aporta la nota de humor y distensión que el equipo necesita. En una plantilla llena de millonarios en la veintena, disponer de un encargado del material joven, empático y que se deja tomar el pelo vale su peso en oro.

En el montaje final, los resúmenes de los partidos ya se esfuerzan para insuflar emoción al documental a base de música de suspense, pero con el equipo ganando por paliza la mayoría de jornadas se hace difícil crear cliffhangers ni tirar de épica: en el pico del invierno, con el equipo líder y mil puntos del segundo clasificado, la intriga del documental se reduce a intentar adivinar quién será el próximo jugador en lesionarse.

Pero, a mi entender, el error principal de All or Nothing: Manchester City es que no funciona como un documento periodístico porque rehuye los temas más polémicos: renuncia a la voluntad de informar y únicamente entretiene y satisface a los fans. Desde la llegada del Jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan, el Manchester City ha pasado de ser un club mediocre a ganarlo todo, ha pasado de “tener aseos sin puertas”, como explica el capitán Kompany, a disponer de unas instalaciones de lujo y batir todos los récords de fichajes a golpe de talonario. En el campo, el City es una maquinaria perfecta, un sueño, un equipo de videojuego, pero todos los que hemos jugado a videojuegos sabemos que se pueden hacer trampas para conseguir un poder inalcanzable: esto es lo que ha hecho el City con el potencial económico ilimitado del Jeque y, a pesar de todo, el documental no se interroga sobre ello, ni sobre la incomodidad que causa la gloria cuando se financia con dinero manchados de sangre.

Tampoco vemos ninguna polémica con los jugadores que no juegan, las clásicas peleas que hay en todos los vestuarios y que aportarían un poco de tensión dramática. Se podría haber aprovechado el malestar de Yaya Touré, por ejemplo, que aquella temporada solo jugó 228 minutos de liga, defenestrado, según él, por el entrenador.

En resumen: All or Nothing: Manchester City satisfará los futboleros por el acceso a una cantidad ilimitada de confidencias y chismes, pero por las cuestiones importantes se pasa siempre de puntillas. El seguimiento omnipresente a Pep Guardiola –que nunca se saca el lazo amarillo de la solapa– hubiera permitido tratar el debate, casi filosófico, que flota en Inglaterra desde su llegada, sobre si en la Premier League se puede hacer un fútbol de posesión y primer toque al estilo Johan Cruyff, pero una vez más sobrevolamos la cuestión sin profundizar. En la serie, Guardiola destaca como el protagonista absoluto, un héroe blanco y sin contradicciones, leal y comprometido con la plantilla hasta el extremo: “En la rueda de prensa os defenderé hasta el final”, dice después de una derrota, “pero aquí os diré la verdad: volved a la tierra”.

Sea como sea, la idea detrás de All or Nothing es fantástica, y esperamos que en próximas entregas la serie nos regale más testigos únicos y bucee en otros entornos inaccesibles. Eso sí, para ir bien deberían seguir un equipo pequeño, con mal ambiente en el vestuario y el entrenador despedido a media temporada: de este modo se conseguiría un relato genuinamente épico y shakesperiano.