Pompeu Fabra - Kurt Cobain The NBP
A la izquierda, Pompeu Fabra, foto del archivo de Carles Varela i Burch, 1973. A la derecha, Kurt Cobain, 1990. Foto de The LIFE Picture Collection/Getty Images

Los sobrinos de Pompeu Fabra y el camello de Kurt Cobain

La humanidad y los momentos estelares: hacen falta millones de personas para que nazca un solo genio. De la misma forma, dentro de la historia, son necesarios millones de instantes, preparación y desarrollo para que suceda algo excepcional. Pero cuando pasa, cuando en el misterioso taller de Dios tiene lugar un momento excepcional, el rumbo de la historia pasa a ser irrevocable durante años y quizás siglos
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as últimas semanas he tenido dos biografías como libros de cabecera, una que trata la vida de Pompeu Fabra –este año celebramos 150 años del nacimiento del ingeniero y gramático catalán– y otra que expone con todo detalle la de Kurt Cobain, el que fuera líder de los Nirvana. Pompeu Fabra y Kurt Cobain curiosamente nacieron el mismo día, los separan 99 años. Pero lo que me ha resultado inquietante es que, a veces, he sufrido la distracción de cruzar las historias. Uso la palabra distracción a propósito porque con esto quiero decir que no ha sido una acción deliberada. No es que haya forzado la imagen de Pompeu Fabra en el sofá del apartamento del camello de Kurt Cobain, ni he querido constreñir la pulcritud de la culta asociación del Ateneu Barcelonès proyectando una hipotética junta de gobierno presidida por un tipo con unas pintas que el mismo entorno de la entidad entonces habría tachado –y seguramente todavía juzgaría– como dejado de la mano de Dios. Cuando digo que ambas historias se me han cruzado en algún momento, tampoco me quiero referir a las figuraciones que acabo de describir torpemente –aunque tiene una carga kitsch notable y, solo por este hecho, ya vale la pena imaginarlo–, ni quiere ser la excusa para un debate sobre la posmodernidad. Me parece que va más allá, y la conclusión a la que he llegado es que hay una cierta confluencia.

A Pompeu Fabra lo llamaban Maestro; Mestre Fabra. De pequeño inventaba idiomas que representaran sus soldados de juguete y pasaba ratos en el puerto, donde cazaba vocabulario de las conversaciones de los marineros extranjeros; por lo tanto, es evidente que la condición de gramático le venía de serie. El día que se hizo la luz, el día que comprendió que la lengua que hablaba también se podía escribir, fue al descubrir unos libros de contabilidad de sus abuelos escritos en catalán. Pocos días más tarde, su padre sugirió al joven Pompeu que escribiera unas líneas dirigidas a los sobrinos de Camprodon. Fabra accedió y comenzó en castellano, como era común hacerlo en aquella época: Queridos sobrinos… Pero de pronto se encontró que no sabía cómo continuar. Las palabras para referirse a los sobrinos no le fluían en una lengua que no era la suya. Así que comenzó una nueva carta, esta vez en catalán. El episodio tiene lugar entre el segundo tercio del siglo XIX y finales del mismo. Pero no es hasta el año 1913, en el contexto de la Mancomunitat –la entidad que aglutinó las cuatro diputaciones catalanas en un único ente regional–, que se publica la primera normativa del catalán moderno. Pompeu Fabra hacía un par de años que había vuelto de Bilbao, donde había vivido diez años después de ganar la cátedra de química de la Escuela de ingenieros. Y en 1932 culmina la misión con la publicación del Diccionario normativo de la Lengua Catalana.

«Yo, en Cataluña, me había hecho a menudo, como tantos otros, la ilusión de pasar una vejez tranquila en un rincón amable, con el gozo de ver frutar lo que uno buenamente ha sembrado. Era, tal vez, un sueño, pero ahora no me queda ni el recurso de soñar». Pompeu Fabra

No fue fácil llegar hasta allí. Las dificultades económicas para sacar adelante la familia, la marcha forzosa al País Vasco, el retorno y la inminente usurpación del poder por parte de Primo de Rivera y, pasado este periodo, cuando parecía que la vida tendía a serle favorable, primero los Fets d’Octubre –huelga general, insurgencia armada y declaración de un Estado catalán– que le supusieron entre cinco y seis semanas de prisión y, posteriormente, el exilio por su condición nacionalista y republicana. Fabra, junto con algunos otros intelectuales catalanes, huyó al exilio con un bibliobús tronado de la Consejería de Cultura –evasion que Ana Ballbona explicaba en detalle en este artículo de El Punt Avui. El día antes, en la Conselleria, con los franquistas rondando por Barcelona hacía cinco días, había participado en una reunión de la Institució de les Lletres Catalanes para estudiar cómo salvar obras inéditas. Fabra ya no volvería más a Barcelona. Francia no ahorró el sufrimiento, sobre todo después del armisticio del general Pétain, cuando a pesar de los acuerdos las SS y la Gestapo registraron Montpellier. En una de las tabernas de esta ciudad, donde se conservaba una barrica con las cuatro barras pintadas, el Mestre Fabra mantenía largas conversaciones con Francesc Pujols: «lo cierto es que esta tragedia nos ha sacudido a todos. A los jóvenes, porque les ha roto el curso que normalmente habría seguido sus vidas, y ahora pierden los años que habrían tenido que ser los más provechosos. […] De los que ya somos viejos no hay que ni hablar… Yo, en Cataluña, me había hecho a menudo, como tantos otros, la ilusión de pasar una vejez tranquila en un rincón amable, con el gozo de ver frutar lo que uno buenamente ha sembrado. Era, tal vez, un sueño, pero ahora no me queda ni el recurso de soñar».

La vida de Kurt Cobain fue casi tres veces más corta que la de Fabra, pero quizás tres veces más tormentosa. Desde la separación de sus padres, el joven se encamina a la muerte prematura. Malvive y lo acogen, temporalmente, amigos y familiares. Después vienen unas primeras viviendas de alquiler infectas, problemas con el alcohol, las drogas y la salud.

Kurt Cobain acumulaba tanta rabia que tuvo que recurrir a la heroína. Durante los últimos meses llegaba a gastarse cientos de dólares diarios en esta droga. Su entorno más inmediato no daba crédito a cómo un cuerpo como el de Kurt Cobain, extremadamente demacrado, fuera capaz de absorberla

Kurt Cobain se había propuesto alcanzar la fama para, una vez alcanzada, someterla a un duelo con el objetivo de vulgarizarla. Meticuloso, a pesar de su condición autodestructiva, canalizó la rabia a través de la guitarra que le había regalado su tío. Pero no fue suficiente. Acumulaba tanta –rabia– que tuvo que recurrir a la heroína. Durante los últimos meses llegaba a gastarse cientos de dólares diarios en esta droga. Su entorno más inmediato no daba crédito a cómo un cuerpo como el de Kurt Cobain, extremadamente demacrado, fuera capaz de absorberla. Incluso había conseguido que un camello se colara en el hospital donde había sido ingresado y le chutara heroína directamente a la bolsa del suero. Eclipsado por la dependencia y unos dolores estomacales crónicos, Kurt Cobain optó por quitarse la vida en varias ocasiones aplicándose, deliberadamente, sobredosis que acababa remontando, hasta que optó por pegarse un tiro.

El ingeniero que fue gramático y el bala perdida que fue músico. Hacen falta millones de personas para que nazca un solo genio. Del mismo modo, dentro de la historia, son necesarios millones de instantes, preparación y desarrollo para que ocurra algo excepcional. Pero cuando pasa, cuando en el «misterioso taller de Dios» tiene lugar un momento excepcional, el rumbo de la historia pasa a ser irrevocable durante años y quizás siglos. A estos momentos el escritor Stefan Zweig llama momentos preñados o momentos estelares, porque brillan por encima de la noche efímera, y ningún escritor, dramaturgo o poeta tiene derecho a intentar superarlos.