Fotograma de la película Blade Runner, de Ridley Scott, 1982.

El transhumanismo: ¿demasiado humano?

Tanto las promesas que ofrece el TH como las objeciones que se le presentan nos obligan a reflexionar sobre los fundamentos mismos de nuestra condición y sobre nuestro papel en el mundo. Es ocioso especular sobre si las promesas del TH pueden llegar a materializarse. Es preferible que nos preguntemos si ese programa, de ser factible, supone trascender la naturaleza humana tal como la conocemos.
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a especie humana”, escribía Julian Huxley en 1957, “puede, si lo desea, trascenderse a sí misma”. Es esta una definición del transhumanismo (TH) cuya concisión esconde una multiplicidad de orígenes. Hoy, la promesa esencial del transhumanismo, ir más allá de la especie humana, se ve respaldada por unos avances científicos inconcebibles hace un siglo: la biomedicina, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la neurociencia se combinan para presentarnos la emergencia de una humanidad superior como una mera cuestión de tiempo. El programa del transhumanismo cuenta entre sus participantes con científicos de talento más que probado; no obstante, no todo el mundo cree que ese programa sea posible, ni deseable, y entre los críticos del TH se cuentan científicos y filósofos igualmente reconocidos. No se trata aquí de averiguar quién tiene razón, sino solo de sugerir que tanto las promesas que ofrece el TH como las objeciones que se le presentan nos obligan a reflexionar sobre los propios fundamentos de nuestra condición y sobre nuestro papel en el mundo.

TRANSHUMANISMO Y PROGRESO TÉCNICO

Si bien el TH aparece indisolublemente vinculado al progreso técnico, no todos los avances de la tecnología están orientados al objetivo del programa. Conviene, pues, distinguir tres niveles de relación entre el progreso técnico y el transhumanismo propiamente dicho: el de la ingeniería médica y la biomedicina; el de la psicología cognitiva y la neurociencia; y un tercer nivel, más especulativo, que se fija como meta una nueva relación entre la máquina y el hombre que da lugar a una conciencia superior. No hace falta destacar aquí los enormes avances logrados en el primer nivel, tanto si se trata de mejorar diagnósticos médicos, de tratar enfermedades o incluso de prevenir su aparición, como de ampliar la percepción, la movilidad o la facilidad de interacción de personas tanto consideradas normales como discapacitadas. El objetivo de esos avances es, como el de la medicina convencional, mejorar la calidad de vida y ampliar las capacidades de la humanidad actual más que trascenderla; por ello, la relación entre esas disciplinas y el programa TH es tangencial, aunque sea lícito pensar en relaciones recíprocas beneficiosas. En ningún caso parece tratarse de “alteraciones radicales en la naturaleza y posibilidades de nuestras vidas” que definían, según Max More, el núcleo del programa TH.

Una relación más estrecha es la que tienen disciplinas como la inteligencia artificial (AI), la psicología cognitiva o la neurociencia. Para ellas, lo que diferencia al hombre del resto de la creación es su cerebro, considerado producto, como la creación entera de un proceso de evolución que combina alteraciones fortuitas y adaptaciones a circunstancias cambiantes. De esa consideración del hombre se deduce que el conocimiento de lo específicamente humano se logra mediante el estudio de su cerebro. Un proyecto colosal, el Brain Activity Map, que forma parte del proyecto Brain lanzado por la Casa Blanca en 2013, pretende identificar, a escala neuronal, todas las actividades del cerebro humano: percepción, acción, cognición. Por otra parte, el crecimiento exponencial de las técnicas de computación y de las posibilidades de conectar el cerebro con instrumentos de cálculo permite imaginar un superhombre que se sirva de los progresos de la biomedicina para mantener su organismo en forma mientras su cerebro dispone de una capacidad mental —procesamiento de información y cálculo— superior a la de Deep Blue, el ordenador que venció a Kaspárov jugando al ajedrez; superior y en proceso de constante mejora. En el tercer nivel de relación entre tecnología y la humanidad, el dibujado por Raymond Kurzweil en The Age of Spiritual Machines (1998), computador y cerebro se unen mediante implantes cibernéticos, hombre y máquina quedan inextricablemente unidos, y una nueva inteligencia toma el control del universo.

Los algoritmos se encargarán de llevar a cabo muchas de nuestras tareas, porque incluso los trabajos más creativos tienen muchos elementos de rutina y todo eso puede hacerlo un ordenador mejor que el ser humano

ALGORITMOS EXPONENCIALES

Es ocioso especular sobre si las promesas del transhumanismo pueden llegar a materializarse. Es preferible que nos preguntemos si ese programa, de ser factible, supone trascender la naturaleza humana tal como la conocemos. ¿Qué ofrece, en esencia, el programa? Un extraordinario desarrollo de la capacidad de cálculo. Ordenadores que no solo son capaces de asimilar enormes cantidades de datos de todas clases, y de obedecer conjuntos de instrucciones cada vez más complejos, sino también de generar ellos mismos nuevas instrucciones, lo que llamamos algoritmos, sin intervención humana, de tal modo que sus capacidades van creciendo, como afirma Kurzweil, a ritmo exponencial. No cabe duda de que esos algoritmos se encargarán de llevar a cabo muchas de nuestras tareas, porque incluso los trabajos más creativos tienen muchos elementos de rutina: hay que revisar los textos una vez escritos; una demostración compleja debe ser comprobada; los experimentos científicos siguen protocolos muy rígidos que exigen una repetición exacta, y todo eso puede hacerlo un ordenador mejor que el ser humano que escribe, descubre o experimenta. McKinsey estima que, si bien menos de la mitad de los actuales puestos de trabajo pueden ser ocupados por las máquinas, un 95% de las tareas que definen un trabajo lo son. Un ordenador será capaz de prever qué haremos mañana mejor que nosotros mismos, porque nuestra conducta ordinaria está hecha en gran parte de hábitos rutinarios, muchos de ellos inconscientes. Los campeonatos de ajedrez dejarán de existir, porque serán competiciones entre máquinas: cuando le preguntaron a un gran maestro holandés cómo se enfrentaría a Deep Blue, este contestó: “Con un martillo”.

CONOCIMIENTO Y NATURALEZA HUMANA

¿Pero todo eso da pie a pensar en un cambio en la naturaleza humana, o es solo más, aunque sea mucho más, de lo mismo? Dicho de otro modo: el TH nos ofrece, en esencia, la posibilidad de ampliar enormemente nuestra capacidad de procesamiento de información. Pero ¿estamos seguros de que nuestra mente es solo una complejísima arquitectura de algoritmos, de programas de ordenador? ¿Estamos seguros de que conocer es, en esencia, calcular? Los defensores de la AI en su versión más radical dicen que sí, pero científicos, filósofos o incluso artistas no menos solventes no están de acuerdo. Las objeciones de Roger Scruton son muy sólidas. Si hay algo más que calcular en la actividad de conocer, ¿qué puede ser? Los antiguos hablaban de la intuición intelectual, que se manifiesta en ese convencimiento íntimo que alguna vez muchos habrán sentido que algo es verdad antes de que la razón —el ordenador— se lo confirme; una intuición que, para el pensamiento tradicional, era la manifestación de un lazo directo entre la conciencia humana y la realidad. Hay muchos ejemplos conocidos de esa intuición: el del matemático Henri Poincaré, que, en el momento de subir a un autobús, supo haber dado con la solución a un problema en el que llevaba tiempo trabajando, certeza que comprobó a la vuelta de su excursión; el testimonio de Mozart, que veía una de sus obras como un todo, y no como una sucesión de partituras; en el campo del rigor por excelencia, el de las matemáticas, Hadamard afirma que la invención está gobernada por el sentido de la belleza científica, y el matemático Roger Penrose afirma que “un teorema, antes de poder demostrarlo, hay que haberlo visto”.

Hay muchos ejemplos que sugieren que nuestra mente tiene una parte no algorítmica, es decir, inaprensible para cualquier ordenador. No son más que ejemplos, y un seguidor del TH puede no concederles validez alguna; en estos momentos basta con que aquellos a quienes no les gusta la perspectiva de una transhumanidad sepan que hay serios argumentos para poner en duda su posibilidad. “Soy un pequeño mundo, sutilmente formado / de elementos y de un espíritu angélico”. Eso permite pensar que ese “espíritu angélico” no solo es lo específicamente humano, sino que ha de quedar por siempre fuera del programa TH.

LA NECESIDAD DE TRASCENDER

Toda actividad humana tiene un propósito: nada serio se hace porque sí. La frase de Mallory cuando le preguntaron por qué quería escalar el Everest (“Porque está ahí”) es una forma ingeniosa de no contestar. Al observar el transhumanismo podemos preguntarnos cuál es su objetivo y especular, con la debida circunspección, sobre cuáles pueden ser los motivos de sus participantes. A primera vista, el objetivo declarado del TH, ir más allá de la especie humana de hoy, parece querer dar respuesta a un anhelo tan antiguo como la humanidad misma: la búsqueda de la trascendencia, de algo, o de alguien, que está por encima del hombre y le atrae: para algunos ese anhelo se expresa como la búsqueda del ser, de lo “realmente real” que se oculta tras el velo de las apariencias; para otros se trata de llegar a contemplar el rostro de la divinidad, de recrearse en su amor, de fundirse incluso con ella. Para otros, que se consideran exiliados en nuestro mundo, se trata sencillamente de hallar el camino que los llevará a su verdadero hogar. Formas distintas de expresar algo que escapa al lenguaje, caminos que parten de puntos distantes para llegar al mismo sitio. En nuestra cultura, la forma más corriente de ese anhelo es el deseo de salvación, y la religión el camino más familiar —aunque no el único— para alcanzarla. ¡Cuántas de nuestras grandes obras son historias de salvación! La Divina Comedia, los autos sacramentales, las tragedias de Shakespeare, el Fausto de Goethe, hasta nuestro modestísimo Quijote: “Yo tengo ya juicio libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia”, exclama en su lecho de muerte.

Ya se ve, sin embargo, que estamos frente a conceptos distintos de la trascendencia: el TH, con la teoría de la evolución como base de partida, considera el anhelo de algo trascendente al hombre y a la creación como un residuo de la ignorancia primitiva de la especie; si bien admite que cumplió una función tranquilizando al hombre y favoreciendo la cooperación social, el conocimiento científico considera ese anhelo, no solo falso, sino sobre todo innecesario. Solo es real lo que es accesible al conocimiento científico. Aquellas preguntas sobre el sentido de la existencia o el porqué de la existencia del mundo, preguntas que el hombre se obstina en plantearse y que la ciencia no puede contestar porque no están en su territorio, muchos científicos suelen considerarlas como carentes de significado, “ídolos de la superstición y la impostura”, en frase de Francis Bacon. Otros ofrecen respuestas circulares: “El significado de nuestra existencia es la épica de la especie”, escribe el biólogo E.W. Wilson.

De este modo, el programa TH aparece como un trasunto, una inversión, de la búsqueda de la verdadera trascendencia: la transhumanidad no es más que una etapa de la evolución de un universo determinado siempre por las mismas leyes. No hay verdadera trascendencia porque no hay solución de continuidad: la naturaleza no da saltos, decía Linneo. Eso sí, el programa del transhumanismo tiene un gran aliciente para sus participantes: no necesita la ayuda de nadie. No ha de esperar nada, ni temer nada de nadie, ni rendir cuentas a nadie. Es el hombre solo, dueño de su destino, que decide ir más allá de sí mismo: “Estamos en una posición suprema (exalted), hemos llegado a ser la mente de la biosfera: nuestros espíritus son capaces de saltos de imaginación cada vez más impresionantes (breathtaking)”, escribe Wilson. Manifestaciones como esta hacen sospechar de la presencia, en la composición ideológica del TH, de una pizca de esa sustancia que tanto cuesta separar de la condición humana: el orgullo. Concluyamos, pues: el transhumanismo es humano, sí; quizá demasiado humano.