Vicenç Altaió es uno de los barceloneses con mayor capacidad para observar críticamente la evolución de la ciudad, y del país, desde los años 70 hasta hoy en términos culturales, sociales y filosóficos. Traficante de ideas desde hace cincuenta años, se niega a dejar que el tráfico actual de ideas se ponga en manos de la inteligencia artificial y denuncia la sumisión a una dinámica que sustituye al ciudadano por el usuario.
Acaba de publicar El sueño de la subversión / Memorias de un traficante de ideas (Galaxia Gutenberg) y en esta conversación describe, provoca y, sobre todo, crea. Altaió es incapaz de ser solo un observador: en él, cada palabra es una acción.
--- ¿Cómo ve un subversor, un transgresor, un traficante, el panorama artístico y cultural actual en comparación con los años 70?
--- Es plenamente diferente. Teniendo en cuenta que siempre hay algo en la sustancia humana que es permanente, claro está… Pero sí, es muy diferente. Todo se mueve a una velocidad vertiginosa y ahora el panorama no tiene nada que ver con el tardofranquismo, con aquellos enlaces que pudimos establecer con lo que era la generación de la vanguardia, la generación del exilio, e incluso toda la toma de posición estética a favor de la imaginación. Todo aquello que nosotros cambiamos —la ausencia plena de teatros fuera de los cooperativos y alternativos, la ausencia de espacios expositivos más allá de lo que luego sería la Fundació Miró y los espacios experimentales— ya no tiene absolutamente nada que ver.
--- ¿Qué ha cambiado, sobre todo?
--- En aquel momento se constituía algo nuevo, que tenía un valor positivo y comunitario. En cambio, ahora nos encontramos claramente con la dificultad de sostener una sociedad del conocimiento con depredación, sumada a la facilidad y al mundo global, con una masificación de todo, incluso de lo que era la cultura de memorias. No digo que hoy sea un paisaje decadente respecto a aquel momento inaugural, pero sí que estamos en un tránsito que, hasta que este caos no vuelva a armonizarse, viviremos con precariedad.
--- Si entonces la subversión reclamaba equipamientos culturales, ¿crees que ahora nos sobra política de equipamientos, nos sobra orden, en definitiva nos sobra sistema?
--- Ninguna duda. Ya en los años 80 advertíamos que había un crecimiento insostenible, tanto desde el punto de vista demográfico como desde el consumo necesario, incluso de la socialización del conocimiento. Recuerdo que en los 90, en el núcleo del KRTU, hicimos en la Fundació Miró una exposición dedicada a la cultura de la sostenibilidad. Que hoy esto se haya asumido como política prioritaria a escala global significa que lo han convertido en una forma de mercado. Cuando en aquel momento era una advertencia crítica. Es imposible que los equipamientos creados puedan absorber la avalancha de artistas, obras de teatro, etcétera. El sistema que creamos en aquel momento debe modificarse. No hay ninguna duda de que la tecnología puede ayudarnos a resolver el problema de la comunicación global y de masas.
--- ¿Hoy el “traficante de ideas” sería la inteligencia artificial?
--- El traficante de ideas era inteligencia artificial. Era una voluntad de que el intelectual dejara de ser un analista “micro” en la formalidad de su especialidad para ser alguien con una mirada interdisciplinaria y que hiciera apuestas ilustradas. En un momento determinado nos pareció que esta figura de intelectual que siempre había existido en el pensamiento crítico no podía seguir leyendo. Fue un error. Es una responsabilidad ética seguir leyendo. Sobre todo ahora, que tenemos un sistema centralizado y autoritario que gobierna todo lo que es el bien público. Como clásicos y vanguardistas a la vez, debemos tener la capacidad de leer por encima de las antinomias que todos procuran.
--- ¿Podríamos haber llegado a un punto en el que nos encontramos con un “autoritarismo democrático”?
--- Esto ya está escrito en la historia: sabíamos que la condescendencia ante el populismo implicaba una perversión y que, por tanto, quienes hacen de bisagra (como puede ser la socialdemocracia en España) serían quienes provocarían el auge de la extrema derecha, como ocurrió en Alemania con el fascismo. Es muy fácil acusar y decir que la reivindicación democrática del 1 de octubre fue la que “despertó a las fieras”. La contrarreforma española siempre ha existido.
"La ley del mercado es una ley salvaje: aunque tiene una intención reguladora, no puede llegar a todo"--- ¿Y entonces, qué ha pasado?
--- El problema es que algunos elementos de la cultura progresista son absolutamente carcas, y no aceptaban un modelo avanzado que proponía una voz colectiva pacifista, democrática e incluso posmoderna.
--- ¿La última subversión fue el procés, entonces?
--- La última subversión en Europa fue esta, del mismo modo que lo fue en su momento la toma de posición popular y republicana que tuvo el movimiento vasco.
--- A nivel más de ciudad, aquella ebullición, aquella creatividad popular de calle que emergía en los 70 y 80, ¿crees que se ha perdido del todo o aún detectas brotes verdes en la ciudad?
--- Como decía, cada época es esencialmente diferente. La ley del mercado es una ley salvaje: aunque tiene una intención reguladora, no puede llegar a todo. Finalmente, el modelo impositivo acaba creando grandes pirámides cuya cúspide es el estamento político, que va desde la monarquía hasta el gobierno del Estado, los parlamentarios, el número creciente de funcionarios… Te das cuenta de que, al final, el dinero no es lo que debe organizar la sociedad. Todos tienen derecho a procurar lo que les es propio. Nosotros, que somos gente de cultura, debemos volver a dar valor a la memoria y al conocimiento de la sensibilidad. De la misma manera que existe el estamento religioso que procura que las almas tengan un paraíso, más real o menos.
"Cuando la economía es la prioritaria, la política acaba siendo subsidiaria. La gran perdedora es la cultura, y el vencedor es el consumo depredador".--- ¿Una capital vendida al mercado, para entendernos?
--- Cuando la política se convierte en un sistema más, ya no hay elemento regulador. Y cuando la economía es la prioritaria, la política acaba siendo subsidiaria. Con lo que la gran perdedora es la cultura, y el vencedor es el consumo depredador.
--- Las vanguardias, Miró, Tàpies… ¿todo eso ha desaparecido?
--- Esto ha ido desapareciendo por el camino. Ha habido muchas soluciones, por ejemplo en el momento del diálogo en la transición política. Tuve la suerte y el privilegio de trabajar en una mesa de independientes cercana al Departamento de Cultura y hacer observaciones sobre la mutación cultural. El hecho de que esto estuviera planteado en forma de diálogo y con total libertad generaba elementos positivos. Creíamos que debía crearse una cultura dinámica y en red, por la misma razón nos oponíamos a la construcción del emblema de la Sagrada Familia como resolución de una construcción permanente y dábamos valor, en aquel caso, al patrimonio.
--- El patrimonio no solo puede conservarse: puede crearse.
---- El caso es que ahora el lugar de consenso entre las diversas opciones políticas es el que levantó todas estas infraestructuras, este modelo, que es la cultura de la piedra. Nosotros, en cambio, éramos partidarios de una cultura líquida, y parece que la tecnología nos ha dado la razón, porque el turismo masivo también ha reforzado el emblema de la Sagrada Familia como modelo industrial.
--- Los grandes equipamientos no resuelven la creatividad de los sectores.
--- Se convierten en lugares de alto consumo. Lo más positivo de aquel momento era que los tres tiempos verbales actuaban en un mismo tiempo: el pasado, que muchas veces se considera decadente, para nosotros era un valor, aunque la nueva generación creara futuro.
--- ¿Hoy el genio está más solo?
--- Se reconoce la genialidad creativa, pero no existen las estructuras necesarias para que la comunicación entre la cultura minoritaria y la popular se interrelacionen. En aquel momento ambas crecían a la vez. Miró reivindicaba el mundo rural, como lo hace Perejaume.
--- ¿Cómo definirías la vanguardia en este momento y en este país?
--- Antoni Muntadas sería un ejemplo. Un artista que en su juventud se fue a Nueva York y que sigue manteniendo una relación plena con Catalunya. Este artista juega el mismo papel que simbólicamente pudo jugar Miró en nuestra generación, pero aquel Miró trabajaba en lo ultralocal y en un campo internacional mientras que Muntadas trabaja en el ámbito global y con actuaciones particulares. Nosotros, por ejemplo, acabamos de hacer una exposición en la Galería Cadaqués, con un título muy particular.
--- Sadomasoqués.
--- Exacto. Para definir la dificultad que el pueblo de Cadaqués tiene para contrarrestar la imagen estándar publicitaria de lugar bellísimo. Lo es, pero nosotros decimos que tiene piedras en la playa, que el acceso es difícil, que hay problemas de vivienda… Invitamos a artistas que viven o conocen Cadaqués, tan internacionales como locales, y un centenar han participado en este proyecto. Interrelacionamos una pluralidad de tendencias artísticas y de materiales: foto, vídeo, objetos, incluso una performance.
"El catalán no puede ser solo instrumental, como el castellano o el inglés: debe tener un valor positivo. Debe asociarse, por ejemplo, a la libertad"--- ¿Qué me dices de los proyectos de arte digital inmersivo?
--- Todo esto de las experiencias envolventes está de moda y, como bien sabes, es muy superficial, aunque tecnológicamente muy atractivo. Es completamente superficial en su capacidad de crear relatos e interpelación.
--- ¿Qué vale la pena, entonces, ahora?
--- Por ejemplo, la última exposición en el MACBA dedicada monográficamente al artista Jordi Colomer. O bien los artistas que podemos ver en el nuevo núcleo de Trafalgar, en la galería Bombon. Enric Ferrés y otros poetas como Gabriel Ventura, que acaba de publicar un nuevo libro. También te diré que el mundo de las redes sociales permanentemente toma y eleva a personas como referentes generacionales y, al mismo tiempo, las quema, pero esto es un elemento rotativo.
--- Por tanto, ¿dónde está el problema?
--- El problema es el valor. Si no se aporta valor, no sirve de nada. Pongamos por caso el catalán: en aquellos momentos pasó de golpe a ser un valor positivo, y eso hizo que todos (incluso sectores económicos como La Caixa) jugaran a favor. Por ejemplo, la publicación de las mejores obras de la literatura catalana, o de la literatura universal, que podían comprarse a través de La Caixa. Hoy eso se lee en negativo. Todo lo que fue un avance ahora está tocado por el nuevo fenómeno de la migración global. Si no construimos un discurso positivo, de integración, pero también de valor, estamos perdidos. El catalán no puede ser solo instrumental, como el castellano o el inglés: debe tener un valor positivo. Debe asociarse, por ejemplo, a la libertad.
--- ¿Quieres hablar de tu experiencia este agosto en Letonia con Albert Serra?
--- A ver, yo soy amigo de Albert. Un artista que supe ver en su momento, que tenía una excepcionalidad y que, por generación, tenía una máquina revolucionaria que era el vídeo (una herramienta ligera, prêt-à-porter y que todo el mundo puede practicar). A la vez él era un “impel·latual” clásico. Esta conjunción hizo que en el traspaso del mundo humanístico-literario hacia el lenguaje visual en el que estamos en estos momentos… poco más puedo decir. Solo diré que ha dado un salto espectacular.
