Tarot, espiritualidad, ideología hippie y familia. Estos son algunos de los temas de los que trata la nueva propuesta de Oriol Puig Grau, el dramaturgo residente en la Sala Beckett que, en el marco del Grec 2026, presenta El número setze dels Arcans Majors, una obra con un título muy explícito donde ya nos da pistas sobre lo que encontraremos en el escenario. Con un reparto encabezado por Lluïsa Castell, acompañada por Mariona Pagès, Alba Pujol y Laura Roig, el espectáculo nos sitúa en una casa de campo abandonada que capta la atención de una periodista por la curiosa historia que tiene detrás.
Hemos hablado con Oriol Puig Grau para que nos explique mejor en qué consiste su nueva obra, en qué se ha inspirado y qué se encontrará el público cuando, este mes de julio, visite la Beckett para emprender un viaje hacia el mundo espiritual.
— Buenos días, Oriol. Este Grec presentas en la Sala Beckett El número setze dels Arcans Majors. ¿Nos puedes hacer un resumen de la obra?
— Oriol Puig Grau: La obra básicamente sigue a una periodista que está escribiendo un reportaje. Al inicio, investiga sobre unas fiestas que tenían lugar alrededor de una casa situada en las afueras de un pueblo. A lo largo de la historia, vemos cómo esta periodista va desplegando los árboles genealógicos y las vidas que han marcado esta casa durante los últimos años. El espectáculo consiste en acompañarla a medida que va desenterrando toda la historia que esconden estos muros.
— El formato de la propuesta es una entrevista. ¿Por qué escogiste este formato y cómo te ha permitido jugar a la hora de crear la narrativa?
— No lo tenía claro al inicio, pero apareció en el momento en que nació el personaje de la periodista. El proceso de escritura tiene una parte muy intuitiva, sobre todo en la primera fase, cuando todavía no sabes muy bien qué estás creando. Esta escritora no deja de ser un alter ego mío: yo estoy construyendo un relato y, a la vez, tengo un personaje dentro del texto que también construye uno.
Descubrí rápidamente que si huía del momento de la entrevista o de la conversación con los testimonios para colocarla en otros espacios, la estructura perdía fuerza. Me interesaba mucho más quedarme directamente en el momento de la declaración. De hecho, toda la obra va por cortes: entramos cuando ella ya está entrevistando y nos vamos antes de que la conversación haya terminado. Hay mucha vida antes y después de la obra.
El proceso de escritura tiene una parte muy intuitiva, sobre todo en la primera fase, cuando todavía no sabes muy bien qué estás creando.
— ¿Cómo se relaciona este personaje contigo? ¿Por qué consideras que es tu alter ego?
— Esta es la cuarta obra que escribo. Aunque cada proceso creativo es nuevo, hay partes de mi "yo escritor" que ya conozco más. Mi proceso es muy intuitivo y fluido, y de esta misma manera acabó apareciendo esta criatura en escena, viviendo el proceso de búsqueda al mismo tiempo que lo vivía yo. Tener a alguien dentro de la historia que también busca el relato me permitía vehicularlo. A través de sus preguntas, ella controla hacia dónde va la narración. Es como si yo estuviera literalmente dentro de la obra moviendo las palancas y decidiendo hacia dónde vamos.
— Escuchándote hablar, parece que el proceso de escritura sea casi un proceso mágico donde los personajes van apareciendo solos.
— Sí, es que escribir tiene una capa que consiste en sintonizarse en una frecuencia, conectar con un canal y estar abierto a lo que va apareciendo. Después viene el trabajo más técnico o "detallista": cuando empiezas a acumular símbolos, personajes, criaturas y acontecimientos, tienes que conectarlo todo para que tenga un sentido y una fuerza dramática. Pero el flujo inicial es puramente intuitivo. Normalmente, este proceso lo hago yo a solas en casa, pero en esta obra tengo un personaje que lo está haciendo en directo sobre el escenario.
Escribir tiene una capa que consiste en sintonizarse en una frecuencia, conectar con un canal y estar abierto a lo que va apareciendo.
— Los grandes temas de la obra son la espiritualidad y la familia. ¿De qué tipo de espiritualidad y de familia hablamos exactamente?
— A lo largo del espectáculo se abren muchas cuestiones. Cuando hablamos de espiritualidad, nos referimos a que hay muchos personajes en una búsqueda constante, con la necesidad de conectar con algo que ponga orden a aquello inexplicable de la vida. Por eso se habla del cosmos, del tarot o del zodíaco. También tenemos personajes que son literalmente magos o que en su día a día están conectados con el terreno de la sorpresa y de aquello que está fuera del control humano.
Como se hablaba de dónde nos arraigamos espiritualmente, durante la escritura surgieron de forma natural las cuestiones de dónde nos arraigamos familiarmente o geográficamente. Todo gira en torno a esta casa: se habla de los que han abandonado este lugar y de los que han dejado otros lugares para arraigarse aquí. Se genera un espejo muy bonito entre dónde nos arraigamos energéticamente y dónde nos arraigamos físicamente.

— En la obra aparecen temas muy presentes en la sociedad actual como el tarot, el zodíaco o la astrología. ¿Eras cercano a estas prácticas o tuviste que investigar?
— En la base, el tarot y el zodíaco no me apetecían nada ni me eran cercanos. Sí que tenía una curiosidad personal por algo más cósmico, pero no la vivía traducida en elementos tan concretos. Sin embargo, cuando el texto empezó a abrir estas cuestiones, me pareció divertido ofrecer estos lazos que están tan a la orden del día. Nos permitía aterrizar en el presente interrogantes muy grandes a través de una persona a quien, simplemente, le echan las cartas.
— Justamente, el título hace referencia a la carta número 16 de los Arcanos Mayores del tarot. ¿Qué representa?
— Es la carta de La Torre que, de una manera muy general, evoca un cambio forzado o una catástrofe. En la carta aparece un rayo que impacta contra lo terrenal y humano. El símbolo del rayo está muy presente en toda la pieza: en las tres entrevistas que vemos se hace referencia a este enlace entre el mundo divino y el terrenal. La carta del tarot me permitía invocar este rayo, y por eso da título a la obra.
Creo que el tarot o el zodíaco son una especie de tablero de juego compartido y colectivo que nos permite conversar.
— ¿Por qué crees que hoy en día hay tanta gente que acude a estas prácticas espirituales para satisfacer la incertidumbre?
— Creo que el tarot o el zodíaco son una especie de tablero de juego compartido y colectivo que nos permite conversar. Cuando compartes estos símbolos, puedes hablar con otras personas sobre cuestiones muy grandes desde un lugar más juguetón y divertido. Son elementos que nos ayudan a ordenar intuiciones cósmicas muy complejas que todos tenemos, pero que a veces son difíciles de expresar con palabras. De repente, tienes unas cartas con unas ilustraciones y un orden preestablecido por alguien que ha destilado estos símbolos, facilitando que tú los apliques a tu propia realidad.
— A diferencia de otras obras tuyas, defines este texto como "expansivo". ¿En qué sentido?
— Tiene que ver, por un lado, con el lugar desde donde se comunican los personajes. No hay un relato íntimo dirigido directamente al público, sino que lo están compartiendo entre ellos en escena, a través de un canal bastante abierto donde hablan de cuestiones existencialistas muy grandes. Por otro lado, la expansividad también nace de los relatos que abre la periodista, que son enormes a nivel geográfico y existencial: tenemos personajes que vienen de Rusia y viven en la casa, y otros que se han marchado a América a vivir con hippies.
Además, se habla del peligro y de la facilidad de manipular a las personas utilizando esta necesidad de poner orden a lo inexplicable, haciendo que actúen en beneficio del interés de otro. En mis últimas piezas había una búsqueda más introspectiva e individual; aquí es claramente más colectiva.

— Explicabas que te inspiraste en una frase de la obra El zoo de cristal. ¿Cuál es y cómo ha influido en tu pieza?
— Al final de aquella obra, el protagonista abandona a su familia y le dice a su hermana que apague las velas, porque en el mundo lo que lo iluminan son los relámpagos. Yo me he agarrado de alguna manera a este hermano que se marcha (en nuestra pieza también tenemos muchos familiares que vuelven o se van) y a estos relámpagos que iluminan el mundo. Los he tomado y los he resignificado, vinculándolos directamente con lo divino.
— ¿Qué simboliza exactamente la casa en esta historia?
— En un terreno muy sencillo, estamos hablando de familia, y la casa a nivel teatral es el símbolo por excelencia de la caja que da cabida al núcleo familiar. Después, esta casa también me sirve para mostrar el paso del tiempo. En el presente está abandonada y llena de grafitis. Esto permite que el paso de los años, que en muchos momentos de la función toma un vuelo muy esotérico e intangible, se mantenga en un plano material muy físico y terrenal para el espectador: ver cuándo ha estado habitada, cuándo ha estado cerrada y cómo ha dado cabida a lo humano y a lo cotidiano.
— Es la primera vez que trabajas con la actriz Lluïsa Castell. ¿Por qué pensaste en ella para este personaje?
— Hace años que la sigo y es una actriz fantástica. El personaje que interpreta pedía una relación muy concreta con el pasado. Tiene una herida muy grande, pero en el presente no la muestra como primera capa. Sabía que necesitaba a alguien capaz de construir y jugar con todo ese dolor, pero que a la vez pudiera conectar desde el presente con cierta ironía y con una energía más oscura y juguetona. Sabía que Lluïsa podía conectar con este canal, y así ha sido. Fue un gran momento cuando pudimos confirmar que estaría en el equipo.
— Has explicado que escribiste muchas más páginas de las que finalmente se han visto en el escenario. ¿Cómo ha sido este proceso de destilación y por qué decidiste recortar texto?
— Toda la tensión dramática de la obra está en el pasado; lo que tenemos en escena son personas que desde el presente nos explican cosas que ya pasaron. En otros espectáculos míos, los personajes vivían el relato en el presente, aquí y ahora. En este caso, he tenido que escribir de más para poder destilar qué era lo esencial. La gestión de la información tenía que ser muy cuidadosa para mantener la tensión dramática de la entrevista. Si se explicaba de más, el ritmo bajaba y se perdía el interés. Tenías que ir regulando cómo y cuándo dabas los detalles del pasado.
Es un espectáculo muy poroso que pone de manifiesto que todos y todas estamos mucho más conectados de lo que nos pensamos.
— ¿Este proceso de recorte lo hiciste solo o ya en la sala de ensayos con las actrices?
— He disfrutado mucho de cómo funciona el calendario de la autoría residente en la Sala Beckett. Yo ya estaba montando el equipo cuando todavía iba por la mitad del proceso de escritura. Confirmamos el reparto y organizamos algunas lecturas previas para poner a prueba el texto. Se abrió un diálogo muy interesante con las actrices; ellas mismas me compartían qué material les resonaba mejor. Aunque empezamos los ensayos con el texto bastante cerrado, ha habido un diálogo previo que nos ha contaminado a todos.
Además, el hecho de que se incorporara el equipo a mitad del proceso de escritura hizo que fuera un auténtico trabajo colectivo. Paula González (espacio escénico), Rai (luces) o Fernando Epelde (música) me iban enviando imágenes y materiales mientras yo todavía escribía, así que nuestros procesos se retroalimentaron mucho más de lo habitual.
— ¿Cómo funciona exactamente el proceso de residencia con la Sala Beckett y el Festival Grec? ¿Os proponen ellos la temática?
— No, es una carta en blanco. El único límite que me pusieron fue el número máximo de actores por un tema de presupuesto. Después se hace un seguimiento: yo les iba entregando material, teníamos encuentros para hablar de ello y funcionaba como un acompañamiento, como un espejo donde compartir las dudas que me surgían. Más que imponer un tema, te dan un espacio de laboratorio con el equipo del teatro con quien puedes ir dialogando. Nos íbamos enviando materiales mutuamente y se agradece muchísimo; en el proceso de escritura estás muy solo, y aquí me he sentido muy acompañado.
Se habla de una energía que está por encima del hacer y deshacer de lo humano y que pone de manifiesto algo que nos atraviesa a todos.
— Exploras la conexión con "aquello divino". ¿Qué es para ti la divinidad? ¿Hablamos de Dios, de energías...?
— En el espectáculo no va ligado a una espiritualidad religiosa, sino más bien a un plano energético que yo también considero divino. Se habla de una energía que está por encima del hacer y deshacer de lo humano y que pone de manifiesto algo que nos atraviesa a todos. Tenemos diferentes personajes de generaciones distintas que no se conocen entre sí, pero que han pasado por un mismo espacio en algún momento de su vida. De alguna manera están conectadas y, energéticamente, están resolviendo cuestiones generacionales de las cuales ni siquiera son conscientes. Se abre un terreno cosmológico y cósmico al que yo llamo "aquello divino".
Eso sí, tenemos la escenografía llena de cirios, coronas funerarias y fotos, incluida una foto del Papa puesta en un rinconcito. Sabemos que quizás solo la verán tres espectadores, pero nos hace gracia que esté allí entre las tazas de té, como una pequeña broma visual.
— Para terminar, si tuvieras que completar la frase: "El número setze dels Arcans Majors es..."
— Es un espectáculo muy poroso que pone de manifiesto que todos y todas estamos mucho más conectados de lo que nos pensamos.
Del 1 de julio y hasta el 2 de agosto se podrá ver esta propuesta de Oriol Puig Grau en la Sala de abajo de la Sala Beckett. Una obra que nos invita a abrir la mente y dejarnos llevar por todo aquello invisible que nos rodea y que no sabemos explicar con palabras.


