Manu Guix: "Soy adicto a la intensidad, y eso tiene un precio"

Manu Guix presenta su nuevo disco 'Galàxies'. ©Àngel Bravo
Manu Guix presenta su nuevo disco 'Galàxies'. ©Àngel Bravo

Hace unas semanas, Manu Guix pasó por la UCI a causa de una neumonía bilateral severa. Ahora, ya recuperado, encara los próximos meses con casi cuarenta conciertos y la promoción de “Galàxies”, su disco más personal, dedicado íntegramente al amor.

25 de julio de 2026

En esta conversación en su casa frente al mar, el músico y director musical de Operación Triunfo habla sin tapujos del susto de salud, de la libertad sexual, del odio en las redes, de cantar en catalán y del futuro de la inteligencia artificial en la música.

Empecemos por el último capítulo: ¿estás bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué ha pasado?

— Bueno, estoy bien. He tenido un susto de salud por primera vez en mis cuarenta y seis años: una neumonía bilateral severa que se manifestó con unos síntomas muy extraños, difíciles de detectar, y que me costó una semana en la UCI. Pero ya está. Afortunadamente tuve una recuperación prácticamente milagrosa y ahora me siento perfecto.

¿Y qué te ha costado, todo esto? ¿Has tenido que cancelar muchos compromisos?

— Afortunadamente, no. Perdí un concierto en un festival que no se pudo reagendar, pero pudimos recolocar cuatro más. Al final, solo me ha costado un vuelo.

Y ahora ya puedes volver a hacer bolos con normalidad: Sant Joan de les Abadesses, Ceba, Sallent, la Cerdanya, l’Escala…

Sí, a full. Hasta octubre tenemos casi cuarenta conciertos, y estoy muy contento. Tengo dos formatos de gira: uno con la banda completa, con el que presentamos el disco nuevo, y otro en el que voy solo al piano, que es el que hago más a menudo. De hecho, en formato banda habrá trece o catorce; el resto (veintiséis) los hago solo, arriba y abajo, por todo el territorio.

Manu Guix ens rep a casa seva. ©Àngel Bravo
Manu Guix nos recibe en su casa. ©Àngel Bravo 

Hablemos de Galàxies, tu último trabajo. ¿Haces algo diferente de lo que habías hecho hasta ahora? ¿Hay un salto personal?

— Yo creo que sí. Es un tópico decir que es el más maduro, lo cual es lógico por el paso del tiempo, pero sobre todo es el primer disco que compongo con la intención de hablar exclusivamente de un tema: es monográfico, y habla del amor. He querido hacer un disco de canciones que hablen de amor en todas sus vertientes: el amor físico, el amor familiar, el amor sexual, la libertad de amar. Creo que me han salido unas canciones muy honestas, en las que me he atrevido a decir cosas que quizás no había dicho nunca.

He querido hacer un disco de canciones que hablen de amor en todas sus vertientes. 

Se percibe en ti una vertiente más profunda y reflexiva, pero también una muy juguetona (lo hemos visto en algunos videoclips). ¿Hasta qué punto hay profundidad detrás de una aparente superficialidad?

— Es una buena pregunta. Creo que jugar te puede acercar a amar más. Precisamente la canción más juguetona y provocadora del disco, Astres, musicalmente es muy alegre, festiva, un funky desenfadado, pero habla de algo importante: de la necesidad de practicar sexo libremente y de desvincular el sexo del amor. Supongo que, como estoy en esta crisis de mediana edad en la que te planteas si has conseguido lo que quieres o si estás con quien quieres estar, me he dado cuenta de que todavía hay mucho tabú en esta sociedad alrededor de esto.

¿Por qué crees que cuesta tanto, todavía?

— Porque por el hecho de ser una persona sexualmente liberada, a menudo te tildan de degenerado, de mala persona, de pervertido, de frívolo, de incapaz de comprometerse. Y me gustaría poder separar estas cosas: el deseo sexual lo tenemos todos, en mayor o menor medida, y cada uno lo vive a su manera. Hay quien necesita explotarlo y llevarlo a la práctica, y está muy bien; y hay quien no, y también está muy bien. Es un poco luchar contra el estigma de que quienes son sexualmente liberados son unos degenerados. Para mí es un mensaje bastante serio y bastante profundo.

Manu Guix davant del seu piano. ©Àngel Bravo
Manu Guix davant del seu piano. ©Àngel Bravo 

Es como si, a partir de cierta edad, ya no pudieras divertirte.

— Exacto. Y no es solo una cuestión de edad, también lo es del estado civil: si tienes pareja, parece que todavía pensamos la monogamia como el único esquema posible, cuando hay otros. No digo que sea fácil, ni que yo lo practique, pero intento tener siempre la mente abierta.

¿Crees que dedicarte a la música te abre más el corazón y la cabeza? ¿Te da otra mirada sobre la vida?

— No lo sé con certeza. Mi psicólogo me lo dice a menudo, y es el problema sobre el cual estoy trabajando: soy una persona adicta a la intensidad. Lo vivo todo muy intensamente, y siempre lo he vivido así. No sé si es por la música o simplemente por mi manera de ser (al fin y al cabo, soy músico desde que nací y, para mí, las dos cosas van ligadas). Esto, por sí solo, no es un problema; el problema es si no se gestiona bien.

Soy una persona adicta a la intensidad. Lo vivo todo muy intensamente, y siempre lo he vivido así.

¿Y cómo lo gestionas? 

— A mí me dicen que tengo que encontrar la felicidad en la tranquilidad y en la paz, y resulta que la tranquilidad y la paz me aburren. Supongo que, por el trabajo que hago, necesito esa adrenalina del directo, el estar en proyectos importantes: la tele, un teatro, componer… Y sí, me enamoro mucho, y voy siempre a toda vela. Siempre había pensado que esto de la crisis de mediana edad era mentira, y resulta que no, que pasa, y que también se tiene que gestionar.

¿Cómo convives con esta mediana edad dentro de OT, en el papel de director musical?

— Convivo bien, porque estoy cómodo, porque me gusta, porque quiero y porque me divierto. Pero sí que he notado un cambio espectacular. Empecé en 2001, cuando era más joven que todos los concursantes; ahora les doblo la edad. Desde 2017 soy el director musical de la academia, y recuerdo todavía la edición de Ana Guerra, Maia, Aitana… me hice muy amigo de ellos, salíamos de fiesta juntos. Pero han pasado diez años y ahora ya no somos amigos, porque ya no me ven como un igual: para ellos ya soy un señor. Cada edición ellos tienen veinte años y yo me hago mayor; noto mucho esta distancia generacional, que es inevitable.

¿Y cómo ha cambiado Operación Triunfo en sí mismo, más allá de tu propia mirada?

— Creo que OT cambia de verdad cuando aparecen las redes sociales, a partir de 2017. Durante la época de televisión lineal, de 2001 a 2011, era un programa más blanco; después vendría la etapa de Telecinco, la más sucia para entendernos. Pero el gran cambio es cuando el programa se empieza a consumir de muchas maneras diferentes, no solo por televisión: las redes se llenan y se genera un debate constante. Los fans de OT viven el programa de una manera muy apasionada y se expresan muchísimo en las redes, y el ejercicio personal más difícil que tenemos que hacer (lo hablo a menudo con Noe) es intentar mirarlas lo mínimo posible. Pero es inevitable, y al final lo acabamos mirando todo.

Conversando con Manu Guix. ©Àngel Bravo
Conversando con Manu Guix. ©Àngel Bravo

¿Esto te dificulta el trabajo?

Mucho, porque te sientes muy juzgado. Yo estoy en contra de las redes sociales, ¿sabes?

Lo he notado.

— Y aun así me toca la pera poder estar en una clase de OT montando una canción o un coro y, al salir, encontrarme tres tuits que digan que qué mierda de voces ha montado Manu Guix. ¿Y quién lo ha escrito? Vete a saber: tres personas cualesquiera, quizás mentalmente poco equilibradas, o niños. Pero te ves esos tres mensajes y te afectan, por fuerza. Empiezas a dudar: ¿no me lo he currado lo suficiente? ¿Realmente es una mierda lo que hacemos? Y te preguntas por qué le damos tanto valor a tres opiniones, cuando quizás se han escrito tres mil y solo tres son malas. Igualmente, esas tres te afectan mucho.

Empiezas a dudar: ¿no me lo he currado lo suficiente? 

Además de músico, también eres catalán, y has trabajado por todo el Estado. ¿Notas también un cierto rechazo por esta condición?

Sí, eso también pasa. Recibo, es cierto, un cierto menosprecio de vez en cuando por el hecho de cantar en catalán. No es que reciba un odio constante, pero sí que aparecen comentarios como “catalán, vaya mierda” o “este fracasado que solo canta en catalán y le escuchan cuatro mataos”.

Defiéndeme cantar en catalán.

— Como músico, no puedo sentirme más afortunado. Hay quien me dice que debería haber triunfado más, que debería vender millones de discos o llenar un Palau Sant Jordi. Yo vivo en Cataluña, hago música en catalán porque es la que a mí me gusta, es como pienso y como hablo, y es con la que me siento más cómodo. Cuando me pongo a cantar en otro idioma me siento un poco postizo: tengo canciones en castellano y a veces las canto, pero compongo y escribo, siempre que puedo elegir, en catalán. Y si te lo montas bien, Cataluña tiene un circuito fantástico.

Hago entre cuarenta y sesenta conciertos al año y puedo vivir de ello perfectamente. Está demostradísimo que hay un público con muchas ganas de consumir música en catalán; no necesito más. A los cuarenta y cinco años, prefiero hacer los conciertos a una hora y media de coche de casa y, al acabar, poder dormir en mi cama, que no coger un avión a Málaga, dormir en un hotel y volver al día siguiente. Para mí, esa es la medida perfecta.

Yo vivo en Cataluña, hago música en catalán porque es la que a mí me gusta, es como pienso y como hablo. 

Cualquier artista tiene que convivir con la diferencia entre la vida personal y el personaje. En tu caso, serían tres: el cantante, el de OT y el Principito. ¿Cómo llevas esto?

— Bueno, estoy bien. Como decía al principio, creo que también soy adicto a mi trabajo, y al final lo que me hace más feliz es trabajar. Me preguntan si hago vacaciones, y la verdad es que tengo días sueltos: ahora, en julio y en agosto, tengo muchos conciertos. Pero es esa sensación de empezar un concierto un poco nervioso, salir al escenario, tocar el primer tema, disfrutar, y de repente se ha acabado y piensas: ¿qué ha pasado? Esta capacidad de abstraerte del mundo que te da el escenario no me la da nada más.

Siempre soy feliz trabajando, y me pasa lo mismo con todo: cuando llega la campaña de Navidad y vuelve el Principito, lo espero con ansias, aunque después de hacerlo tantas veces se me haga un poco pesado, porque son tres meses muy intensos. Pero no concibo mi vida sin trabajar y sin proyectos; es lo que me ilusiona. Ahora mismo estoy trabajando en un musical de creación que estrenaremos dentro de un par de años (una propuesta nueva, ambientada en Barcelona) y me lo estoy pasando pipa.

Guix tocando el piano. ©Àngel Bravo
Guix tocando el piano. ©Àngel Bravo 

Tu madre, parece, te dice que aproveches esta neumonía para descansar, que el cuerpo te ha avisado.

Sí, no lo sé, tío. Si no trabajo me aburro.

Vamos hacia el final. Desde el punto de vista creativo (composición, ventas, Spotify, inteligencia artificial), ¿qué reflexión te merece la tecnología aplicada a la creación musical, ahora mismo?

— Es muy difícil, esto de la inteligencia artificial. Creo que nos llevará a un punto en que se tendrán que empezar a prohibir ciertas cosas, porque todo depende de cómo se utilice. Tengo amigos DJ que me dicen que han hecho un tema guapísimo, y cuando les pregunto cómo, me dicen que lo han hecho con Suno. Entonces les digo: tú no has hecho ningún tema, no has hecho nada. Si esta tecnología se utiliza como una herramienta, como un sintetizador o un instrumento, a mí me parece bien: si solo tengo un piano y marco una línea de notas y quiero que suene como un violín, que una herramienta me lo permita es como usar un sampler.

Ahora, que sea la inteligencia artificial la que haga directamente toda la canción, para mí no tiene ni pies ni cabeza. Siempre he pensado que la solución será prohibir estas herramientas en aplicaciones profesionales y dejarlas como herramienta doméstica, para pasárselo bien. Spotify, de hecho, ya se está poniendo las pilas y no para de retirar canciones hechas con inteligencia artificial de la plataforma. Creo que este es el camino: al final se tendrá que censurar, en el ámbito musical, el uso de la inteligencia artificial como creadora total de una producción profesional. Si no, nos vamos todos a la mierda.

Al final se tendrá que censurar, en el ámbito musical, el uso de la inteligencia artificial como creadora total de una producción profesional.

Y desde tu posición privilegiada de contacto con la gente joven: ¿cuál es el cambio más grande que has visto en quince años?

— El cambio más grande es que ahora conocen muchísima más música que yo. Y no hablo de conocimiento teórico, sino de haber escuchado mucha música. Creo que esta herramienta absolutamente revolucionaria que es tener Spotify en la palma de la mano, con acceso a toda la discografía mundial, es increíble para la juventud con inquietudes musicales y para la gente activamente curiosa: no paran de escuchar cosas. Cada generación de OT, desde 2017, no para de enseñarme artistas que no conozco. Y luego está el cambio tecnológico: hoy en día, todo lo que es grabación y producción de una canción lo puedes hacer en casa con un portátil.

Hay discos que han vendido millones de copias y que se han hecho en una habitación de hotel con un portátil y una interfaz de audio de doscientos euros. Se ha democratizado mucho el acceso a la producción musical, y se tiene que aprovechar al máximo: no es casualidad que haya un boom de jóvenes que quieren estudiar producción musical. Hoy día no necesitas ningún intermediario para empezar una carrera musical, solo una buena canción: si tienes una buena canción, una buena idea y haces un clip mínimamente ingenioso, tienes posibilidades de que se haga viral y que, de golpe, seas alguien. Antes yo no podía grabar si no iba a un estudio que me costaba mil euros al día.

Si tienes una buena canción, una buena idea y haces un clip mínimamente ingenioso, tienes posibilidades de que se haga viral y que, de golpe, seas alguien.

¿Y algo que encuentres que esta generación podría mejorar?

— Diré cosas de abuelo, quizás, pero echo de menos un poco la capacidad de sufrimiento, la capacidad de esfuerzo: esperan que muchas cosas les vengan dadas. A mí me educaron de manera que no espero que se me dé nada. Uno de los últimos consejos que me dio mi padre, antes de morir, fue: “Manu, sé siempre tu propio jefe”. Yo me he buscado siempre el trabajo, y nunca nadie me ha regalado nada. Para mí, cada edición de Operación Triunfo es un regalo: no doy por hecho que el trabajo sea mío ni que estaré para siempre. Hasta que no me llaman y me dicen que vuelven a contar conmigo, no lo sé. Y esta actitud de no esperarte nada de la vida, de saber que te lo tienes que buscar, a menudo falta: falta la predisposición a pasar un poco de mili.

Yo he hecho mil bolos cargando instrumentos y yendo en furgoneta, cargando un teclado que pesa un cojón, hasta hace bien poco que tengo un equipo que me lo hace. El camino es duro, y a veces los encuentro un poco flojos en esto. Al final, uno debería preguntarse siempre: ¿yo mismo me contrataría?  

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Jordi Cabré
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