Alessandro Balducci estudia desde hace décadas cómo evolucionan las ciudades. Profesor del Politecnico di Milano y una de las voces más influyentes en planificación territorial y gobernanza metropolitana en Europa, defiende que las metrópolis son organismos complejos que no entienden de límites administrativos. Para él, las grandes ciudades —Barcelona incluida— deben interpretarse como una región interconectada por flujos de personas, datos, infraestructuras, actividad económica y relaciones sociales que atraviesan fronteras administrativas. Así lo considera Balducci, y así lo defendió en la segunda jornada de diálogos del AMB 15+15, que el miércoles se reunió en el Port Olímpic con una pregunta: ¿Cómo queremos vivir la metrópolis dentro de 15 años?
Esta mirada también inspira el concepto de la ciudad invisible, y es que Balducci sostiene que las transformaciones urbanas a menudo no se perciben a simple vista: la digitalización y determinadas infraestructuras y dinámicas sociales y económicas redefinen las ciudades, sus retos y la manera de abordarlos. Estos pasan por la vivienda, el cambio climático y la cohesión social, y por diseñar políticas capaces de anticiparse a una realidad que cambia más deprisa que las instituciones. Todo esto también ocurre en Barcelona, que hace 15 años constituyó el AMB para construir una estrategia metropolitana, que ahora abordamos con Balducci en una entrevista.
— ¿Cuál es el balance de 15 años del AMB?
— El AMB es la administración metropolitana más prestigiosa de Europa. Para empezar, porque es una institución relativamente nueva, y ya se creó con una estructura que le da una capacidad de actuación muy importante. A pesar de su juventud, asume competencias muy diversas, que van de la planificación territorial al transporte, la vivienda, el agua y los residuos.
— Son 15 años como AMB, pero la cooperación metropolitana viene de mucho más atrás.
— Es heredera de una tradición de planificación estratégica que viene de lejos, y que recibió un impulso en los años 90. El plan estratégico elaborado con motivo de los Juegos Olímpicos fue, probablemente, el primero de este tipo en Europa. Introdujo la idea de que, para gobernar una ciudad, no basta con un plan urbanístico general: hace falta una visión compartida de futuro. Aquel modelo se fue renovando en diferentes etapas gracias a la cooperación entre Barcelona y los municipios de su entorno, una manera de trabajar que después se consolidó con la creación del Área Metropolitana.
— Con 36 municipios, y apuntando a 3,5 millones de personas.
— Y creo que la institución tiene la capacidad de abordar los retos de un territorio aún más amplio.
— La región metropolitana de los cinco millones. ¿Habría que ampliar los límites del AMB?
— Creo que, en realidad, el debate de los límites no tiene fin. Hace años que la literatura académica habla de urbanización planetaria. La economía y la sociedad evolucionan muy rápidamente, y la digitalización amplía constantemente nuestras relaciones. Si intentamos encontrar el límite definitivo de una metrópolis, siempre acabaremos ampliándolo un poco más.
— ¿Qué hay que hacer, entonces?
— En este contexto, es más útil disponer de una institución central fuerte que sea consciente de que no representa toda la región urbana y que, en consecuencia, coopere con el resto de administraciones. En el caso de Barcelona, esto significa trabajar conjuntamente con la Generalitat y con los territorios de alrededor a través de proyectos compartidos, en lugar de abrir un debate permanente sobre los límites administrativos.
— Por lo tanto, ¿la clave es la cooperación?
—Exacto. Y esta cooperación debería ir más allá del color político de los gobiernos. Si depende solo de las mayorías del momento, es muy difícil construir una estrategia metropolitana sólida. Yo apostaría por reforzar la colaboración entre las instituciones existentes y desarrollar proyectos concretos. Si el reto es ampliar la red de transporte público, hagamos proyectos conjuntos. Si el problema es el acceso a la vivienda, impulsemos políticas que permitan vivir en municipios más asequibles, bien conectados ferroviariamente. Lo importante es resolver problemas.
— ¿Barcelona debería mirarse en otras metrópolis europeas?
— Sin duda. Pero, más que copiar modelos concretos, creo que debería observar las iniciativas europeas que están experimentando con nuevas formas de gobernanza territorial, como proyectos impulsados por la Comisión Europea que trabajan sobre las nuevas geografías funcionales, territorios que no coinciden con los límites administrativos tradicionales.
— ¿Por ejemplo?
— Estas iniciativas han desarrollado herramientas flexibles para favorecer la cooperación entre administraciones. Un buen ejemplo son las Inversiones Territoriales Integradas (ITI), que permiten que instituciones diferentes desarrollen estrategias comunes sin necesidad de crear una nueva administración. Es una herramienta muy interesante.
— Con su trayectoria en Milán, ¿qué podría aprender Barcelona?
— Barcelona y Milán comparten muchas características. Ninguna de las dos es la capital política de su país, pero ambas son los principales motores económicos. También acumulan una larga tradición de experimentación en políticas urbanas. Así como Milán es una ciudad de ciudades, también se puede aplicar en Barcelona, para dejar de considerar a los municipios del entorno como periferias y entenderlos como comunidades con identidad propia, capaces de compartir servicios, espacios verdes y proyectos comunes.
— ¿Otras experiencias europeas pueden inspirar a Barcelona?
— Un caso muy interesante es el de la IBA de Emscher Park, en la cuenca del Ruhr, en Alemania. Se creó para regenerar una gran región industrial en declive y, en lugar de elaborar un plan tradicional, se lanzó una convocatoria abierta de proyectos e ideas. De esta manera se combinó una visión estratégica impulsada desde las instituciones con iniciativas surgidas desde la sociedad. Es un buen ejemplo de esta relación entre procesos de arriba abajo y de abajo arriba que creo que será cada vez más necesaria en la planificación urbana.
— ¿Cómo debe ser la metrópolis Barcelona dentro de 15 años?
— Creo que debería concentrar sus esfuerzos en dos grandes retos: la vivienda y el cambio climático. Son las dos cuestiones más urgentes que debe afrontar cualquier institución metropolitana. Y para darles respuesta hay que reflexionar sobre otra idea que puede parecer más abstracta, pero que será cada vez más importante: la proximidad híbrida.
— ¿En qué sentido?
— Durante mucho tiempo hemos entendido la proximidad únicamente como una cuestión física: vivir cerca del trabajo, de los servicios o de los espacios de relación. Pero hoy la digitalización está cambiando esta realidad. Muchas actividades se pueden hacer a distancia, sin renunciar a los beneficios del contacto presencial cuando es necesario. El reto es combinar estas dos dimensiones, la física y la digital, para crear nuevas formas de vida urbana más equilibradas.
— ¿Barcelona va en esta dirección?
— Ya está desarrollando experiencias muy interesantes tanto en vivienda como en espacio público, como con las superilles. El siguiente paso es extender esta innovación más allá del núcleo central. El teletrabajo, por ejemplo, puede reducir la necesidad de desplazarse diariamente al centro de la ciudad y, a la vez, revitalizar municipios del resto de la región metropolitana. Si una parte de la actividad económica se puede desarrollar desde otras ciudades bien conectadas, también se pueden redistribuir oportunidades, servicios y calidad de vida.
— Se puede descongestionar el núcleo central y crear nuevas centralidades.
— En el pasado se intentó descentralizar creando nuevos polos de actividad desde las administraciones, pero aquellos modelos a menudo no dieron los resultados esperados. Ahora la combinación entre conectividad digital y proximidad física ofrece una oportunidad diferente: repartir el valor urbano más allá del centro sin perder la intensidad de las relaciones metropolitanas. Junto con la respuesta al cambio climático y a la vivienda asequible, esta es una de las grandes oportunidades de la metrópolis de Barcelona de los próximos quince años.
