Cruzar el patio del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) siempre predispone a un diálogo. En esta ocasión, la cita requería una dosis extra de honestidad, porque entrar en un espacio expositivo dedicado a desgranar los cánones estéticos de la humanidad portando un cuerpo cansado, alejado de cualquier dictado normativo, podría parecer un acto de vulnerabilidad.
No cumplo los estándares. Mi estatura es discreta, mis caderas son anchas, convivo con una barriga que guarda la memoria de haber gestado a mis dos hijos, peino canas que no deseo ocultar y conservo una pala dental ligeramente torcida que resistió, indómita, a tres años de costosa ortodoncia. Sin embargo, al cruzar el umbral de la muestra, esa fisonomía que la publicidad insiste en catalogar como imperfecta no se sintió como un error, sino como un mapa vivo, una biografía escrita en la piel que merecía ser leída con ternura y respeto.
La propuesta, adaptada con acierto por Blanca Arias y Júlia Lull Sanz a partir del proyecto original de Janice Li en la Wellcome Collection de Londres, plantea precisamente eso: una invitación a subvertir la mirada y a rescatar la dignidad de los cuerpos que la norma ha invisibilizado.
La exposición El culto a la belleza propone, así, un recorrido a través de más de dos mil años de historia para demostrar que los ideales estéticos no son verdades universales, sino construcciones culturales atravesadas por relaciones de poder, intereses económicos y luchas por la representación de los cuerpos. Un viaje profundo y necesario que transforma el espejo en un territorio de reconciliación y disputa política.
La tesis central desmantela de inmediato la idea de que la belleza es una cualidad biológica inmutable o un absoluto metafísico. Al contrario, se nos presenta como una construcción social en constante transformación. A través de las más de 400 piezas que componen el recorrido, el espectador comprende cómo el poder normativo del canon ha funcionado históricamente como un dispositivo de ordenación y exclusión. ¿Y acaso no nos sigue pasando lo mismo?
Desde la Antigüedad clásica, donde las reglas de proporción y género fijaban una perfección inalcanzable, la sociedad ha vinculado la armonía física a la virtud moral, equiparando el envejecimiento o la asimetría con el fracaso —permítame un paréntesis para recomendar la lectura de La invención del cuerpo. Arte y erotismo en el mundo clásico de Carmen Sánchez (Siruela, Biblioteca de Ensayo), a colación de esto—.
Este examen adquiere un peso sobrecogedor al adentrarse en la relación entre los ideales estéticos y el pensamiento colonial. Las pinturas de castas del siglo XVIII y la estética orientalista muestran cómo la imposición de la piel blanca como baremo de pureza y civilización sirvió para legitimar jerarquías raciales y lógicas de dominación que todavía hoy estructuran nuestro consumo y nuestra mirada. Comprender que el canon es un instrumento político nos libera de la culpa y nos empuja a buscar una belleza más compleja, plural y humana.
Pero el viaje histórico que propone la muestra no es lineal, sino que dialoga constantemente con el presente, cruzando la arqueología con las derivas contemporáneas de la inteligencia artificial y la cultura digital, recordándonos que, aunque nos creamos seres evolucionados, no estamos tan lejos.
En medio de este denso entramado conceptual, el diseño expositivo ofrece respiros de una enorme potencia sensorial (sin lugar a duda, estos han sido mis rincones favoritos). Es el caso de la instalación olfativa creada por la Fundación Ernesto Ventós, que invita a detenerse ante una serie de recreaciones aromáticas inspiradas en grandes figuras masculinas de la historia. Olfatear esos difusores es una forma de entender cómo el estatus y el atractivo se codificaban a través del aroma en diferentes épocas.
"La industria limpia la disidencia corporal para devolverla empaquetada y apta para el consumo, recordándonos que el verdadero desafío no consiste en que el mercado apruebe nuestras imperfecciones, sino en que nosotros aprendamos a habitarlas fuera de su lógica"
El Faraón Tutankhamon evocaba su naturaleza sagrada mediante el uso de resinas orientales, incienso y mirra, un olor denso pensado para la inmortalidad. Nerón, en cambio, recurría al exceso del agua de rosas y aromas exóticos para escenificar la opulencia de una Roma imperial donde la belleza era un privilegio que se pagaba con oro. Por su parte, Napoleón Bonaparte utilizaba de manera casi industrial el agua de Colonia, un aroma cítrico y punzante diseñado por sus boticarios no solo para la higiene personal, sino para fijar una imagen de pulcritud, disciplina y control absoluto ante sus tropas. En todos ellos, la fisonomía quedaba subordinada al aroma del poder; el canon perdonaba la decadencia física si esta venía envuelta en la fragancia de la soberanía.
Esta gestión artesanal de la propia imagen mutó radicalmente durante el siglo XX con el auge de la industria de la autoimagen, transformando la belleza en una maquinaria económica global que convierte la apariencia física en capital cultural y fuente inagotable de beneficio. Este fenómeno se analiza de forma brillante en la sección dedicada a la muñeca Barbie, un objeto cotidiano que funciona como el termómetro perfecto de nuestras obsesiones estéticas.
Desde las primeras versiones de los años cincuenta, con sus cinturas imposibles y anatomías deshumanizadas orientadas a la domesticación femenina, hasta las vitrinas contemporáneas que incorporan muñecas con vitíligo, en silla de ruedas o de silueta curvy, la muestra nos obliga a reflexionar sobre los límites de la inclusión comercial.
Observando esas figuras con detenimiento, se percibe cómo el mercado asimila la diferencia: las Barbies diversas conservan rostros de simetría matemática y superficies pulidas, desprovistas de las marcas reales del tiempo, del dolor o del cansancio. La industria limpia la disidencia corporal para devolverla empaquetada y apta para el consumo, recordándonos que el verdadero desafío no consiste en que el mercado apruebe nuestras imperfecciones, sino en que nosotros aprendamos a habitarlas fuera de su lógica.
El verdadero corazón de la exposición late en el giro hacia la corporalidad pura, allí donde el discurso se estructura en torno a la piel, el cabello y la carne como auténticos territorios políticos. Es en este espacio donde las comunidades históricamente marginadas —colectivos queer, personas trans, no binarias y cuerpos racializados— se convierten en los protagonistas de una resistencia profunda, utilizando sus propias identidades para ensanchar los límites de lo que consideramos bello.
La pieza más conmovedora y rotunda del recorrido, despojada de cualquier adorno, es un par de masas de pechos extirpados que se conservan en un frasco de formol, ubicada en la sección dedicada a las realidades transgénero. El impacto de esta obra radica en su honestidad radical. Al mostrar la carne desnuda, libre de la erotización y la censura con la que los medios bombardean el cuerpo de las mujeres a diario, la intervención quirúrgica deja de ser una herramienta de sometimiento al canon para convertirse en un proceso de emancipación, dolor y soberanía existencial. Hay una belleza sobrecogedora en ese dolor que busca la propia verdad, una dignidad que no entiende de simetrías sino de autenticidad.
El CCCB demuestra una madurez intelectual inmensa al abordar un tema tan propenso a la frivolidad desde un discurso neutro y plural, que no busca adoctrinar ni juzgar las decisiones individuales de cuidado o modificación corporal, sino propiciar que el espectador elabore su propia reflexión. Esta sensibilidad se traslada también a la accesibilidad de la muestra, que incorpora recursos táctiles pensados para personas invidentes, demostrando que la experiencia estética puede descodificarse a través del tacto, el oído y la memoria olfativa, saboteando el monopolio histórico de la mirada hipervisual.
Tan absorta estaba en estas reflexiones, reconciliándome con cada una de mis cicatrices y con ese diente rebelde que se niega a alinearse, que perdí por completo la noción del tiempo. Me encontraba en la última sección, contemplando una serie de prótesis que exploraban la reparación del cuerpo herido y la estética del futuro, cuando una vigilante de sala, con una amabilidad firme, me recordó que el museo cerraba sus puertas y que debía abandonar las dependencias.
Me quedé con las ganas de descifrar aquellas últimas piezas, pero la realidad reclama sus horarios. Salí a las calles del Raval bajo una luz suave, con la cabeza llena de preguntas y la mirada transformada, una vez más. Al cruzar la plaza, vi a la gente de Barcelona caminar, reír y hablar: jóvenes con cortes disidentes, ancianos que lucían sus arrugas como medallas de vida, madres que sostenían a sus hijos con cuerpos cansados pero llenos de fuerza. Ninguno de ellos encaja en los anuncios que iluminan las avenidas, y sin embargo, en cada una de sus asimetrías, en cada uno de sus gestos auténticos, sopla una belleza inmensa.
Volver a mirar distinto no es un capricho estético; es una necesidad humana para aprender, por fin, a querernos en nuestra maravillosa y compartida imperfección.
