En ciencia, una hipótesis no se defiende con argumentos, se demuestra con datos. Hace casi treinta años, el Parc Científic de la Universtat de Barcelona (PCB-UB) se fundó sobre una hipótesis: que la investigación y la actividad empresarial podían no solo coexistir, sino reforzarse mutuamente. Los datos de la actividad del Parc el último ejercicio, publicados estos días, son, en cierto modo, el resultado de este experimento a largo plazo que, al igual que ocurre en el laboratorio, ha requerido un seguimiento constante, ajustes y mejoras. Las empresas de nuestro ecosistema captaron 230 millones de euros de inversión en 2025, un nuevo máximo histórico. Además de la cifra récord, es muy significativo que el 44% de toda la inversión registrada en el sector de las ciencias de la vida y la salud en Catalunya haya sido captado por spin-offs, start-ups y scale-ups de nuestro ecosistema. Un porcentaje que invita a reflexionar sobre qué condiciones hacen posible este resultado y, sobre todo, cómo sostenerlas en el tiempo. El PCB-UB es, treinta años después, más útil que nunca.

El PCB-UB nació en 1997 con la idea de que la investigación y la actividad empresarial podían compartir no solo un espacio físico, sino también una cultura de trabajo. Que entre el laboratorio y el mercado no había necesariamente una frontera infranqueable, sino un territorio que valía la pena explorar. Durante casi treinta años hemos construido este entorno, donde una empresa emergente puede desarrollarse cerca del grupo de investigación del que surgió, acceder a infraestructura científica especializada, conectar con inversores y establecer vínculos que en otro contexto le llevarían mucho más tiempo de consolidar. Los datos de 2025 sugieren que este enfoque ha dado sus frutos.
Los dos casos más recientes que ilustran bien el tipo de impacto al que nos referimos son, en primer lugar, SpliceBio, que cerró una ronda de 118 millones de euros en 2025 —la más grande registrada en el sector biotecnológico español— para avanzar en el desarrollo de una terapia génica para la enfermedad de Stargardt, un trastorno hereditario de la retina sin tratamiento aprobado hasta ahora. Deepull, por su parte, captó 50 millones para impulsar UllCORE, una plataforma de diagnóstico precoz de la sepsis, una de las principales causas de mortalidad hospitalaria en el mundo. Ambas empresas crecieron en el Parc y, en ambos casos, la ciencia que las sustenta tiene un vínculo directo con necesidades médicas reales y no resueltas. Cuando una empresa emerge de un entorno donde la investigación, la infraestructura, los servicios y el tejido inversor conviven en un mismo espacio, las probabilidades de que llegue lejos son mayores. El ecosistema no garantiza el éxito, pero sí que reduce la distancia entre una buena idea y su materialización.
El ecosistema no garantiza el éxito, pero sí que reduce la distancia entre una buena idea y su materialización
Más allá del contexto catalán, vale la pena situar estos datos en una perspectiva más amplia. Europa hace tiempo que reflexiona sobre cómo reforzar su capacidad de innovación y reducir su dependencia tecnológica en sectores estratégicos. Las ciencias de la vida son uno de ellos. En este debate, los parques científicos pueden ejercer un papel que va más allá de proveer metros cuadrados de laboratorio; son espacios donde se genera masa crítica, donde la investigación se transforma en empresa, la empresa se desarrolla y donde el talento encuentra razones para quedarse. Barcelona es uno de los referentes europeos en salud e innovación biomédica, pero mantenerlo requiere decisiones sostenidas en el tiempo, no solo resultados puntuales.
En esta dirección apunta también el futuro del Parc, con la ampliación de sus instalaciones. El edificio Cub añadirá 2.700 metros cuadrados de espacio de laboratorio, y el proyecto MIES-UB impulsado por la Universitat de Barcelona incorporará 10.000 metros cuadrados más en un nuevo edificio para acoger el Institut de Bioenginyeria de Catalunya (IBEC), el Institut Fraunhofer y nuevos grupos de investigación de la universidad, todo ello en el marco del proyecto Campus Clínic - Universitat de Barcelona. Son pasos concretos para responder a una demanda de espacio que no para de crecer y que, de alguna manera, refleja la vitalidad del sector.
En ciencia, cuando un experimento da resultados consistentes durante treinta años, deja de llamarse experimento. Se llama evidencia. Los datos de 2025 son evidencia de que, cuando se crean las condiciones adecuadas, la ciencia y la empresa se impulsan mutuamente, y el impacto puede trascender fronteras. Quizás esta es la reflexión más importante que nos llevamos de este año récord: no celebrar el resultado, sino entender qué lo ha hecho posible para potenciarlo.


