Day One, ¿y si el futuro distópico ya hubiera comenzado?

Day one al Sincrotró
Day one al Sincrotró

Después de recorrer las diferentes caras cinematográficas de Barcelona, ‘Day One’ pone el foco en la ciudad tecnológica que mira hacia el futuro y plantea los límites —y las contradicciones— de una tecnología cada vez más presente

02 de septiembre de 2026 a las 05:30h

¿Qué parte de nuestro cerebro estamos dispuestos a ceder a la inteligencia artificial? Hace solo unas décadas, una pregunta así habría parecido el argumento de una distopía escrita por los grandes clásicos del género, como George Orwell o Aldous Huxley. Hoy, sin embargo, esta pregunta —y su respuesta— ya no parecen tan distópicas ni tan futuras. Cada vez más, de hecho, hablan en presente.

Primero cedimos a la inteligencia artificial las tareas mecánicas: buscar información, resumir, ordenar e incluso responder preguntas que a menudo damos por buenas sin apenas cuestionar la respuesta. Después, las decisiones: qué itinerario de viaje nos conviene más, cómo organizar nuestros ahorros, cómo actuar ante un problema o incluso qué decir en una determinada situación. El siguiente paso parece todavía difícil de delegar: las emociones, una de las características que más nos definen como humanos. No solo el hecho de dejar que la tecnología sepa qué o cómo nos sentimos, sino incluso llegar a permitirle interpretarlo y condicionarnos.

Es precisamente este el punto de partida de la serie Day One (disponible en Amazon Prime), una producción que podríamos calificar de distópica, aunque el futuro que plantea no parece tan lejano como quizás querríamos pensar. La serie imagina unas lentes de contacto con inteligencia artificial incorporada, capaces de ver y registrar todo aquello que experimenta quien las lleva y de interpretar el entorno en tiempo real. Inicialmente, la empresa que las ha diseñado —Diskin, liderada en la ficción por Damián Diskin (Jordi Mollà)— las presenta como una herramienta capaz de ayudar al usuario a tomar decisiones al instante.

Day One imagina unas lentes de contacto con inteligencia artificial incorporada.

Pero la tecnología pronto revela una capacidad mucho más inquietante: también puede intervenir sobre las emociones e incluso manipularlas. Evitar que esta tecnología llegue al mundo será, precisamente, el objetivo de Ulises Albet (Álex González), uno de los protagonistas de la serie, que deberá enfrentarse a una carrera contrarreloj para impedir su lanzamiento, que se celebra coincidiendo con la semana del Mobile World Congress.

Pero la distancia entre esta ficción que presenta la serie y el presente no es tan grande como parece. Afortunadamente, todavía no conocemos ninguna empresa —al menos públicamente— que esté desarrollando unas lentes capaces de intervenir directamente sobre nuestras emociones y, a través de ellas, sobre el cerebro. Pero tampoco hay que ir muy lejos para encontrar algunas de las tecnologías que Day One imagina. Las gafas con inteligencia artificial ya hace meses que son una realidad y son capaces de reconocer aquello que tenemos delante. Tampoco son extraños los robots humanoides o con forma de animal, que tienen un papel relevante en la serie y que también forman parte del paisaje habitual del Mobile World Congress (MWC), convertidos en uno de los elementos más fotografiados del congreso tecnológico que cada año aterriza en Barcelona.

Así, el salto que propone la serie —pasar de consultar la tecnología ocasionalmente a llevarla incorporada continuamente— ya no parece tanto una cuestión de ciencia ficción como de tiempo. 

La Barcelona tecnológica

Y este futuro —un futuro que quizás ya ha empezado— tiene, en Day One, un escenario muy concreto: Barcelona. La ciudad que cada año se convierte en uno de los grandes puntos de encuentro de la industria tecnológica también se transforma, en la ficción, en el epicentro de esta historia. Tanto es así que la mayor parte de la serie se rodó en la capital catalana, en una producción impulsada por Prime Video con la participación de 3Cat y la producción asociada de Mobile World Capital Barcelona, que habría contado con un presupuesto de 9 millones de euros, según fuentes extraoficiales.

Day One se ubica en escenarios reales como el Sincrotrón Alba, el BSC o la Universitat Pompeu Fabra. 

Después del recorrido que este verano hemos iniciado desde The New Barcelona Post por las diferentes caras de la Barcelona cinematográfica con Luces, cámara y... Barcelona!, Day One nos propone ahora un salto adelante hacia la ciudad del futuro. Si hasta ahora hemos seguido el rastro de la Barcelona negra en producciones como El cerco, hemos descubierto la ciudad escondida bajo la apariencia del París del siglo XVIII en una de las producciones más ambiciosas que se han rodado nunca en la ciudad, El perfume, y nos hemos adentrado en los márgenes de la capital catalana con Petit Indi, ahora la mirada se desplaza hacia otra Barcelona: la de los laboratorios, los superordenadores, la inteligencia artificial y la innovación tecnológica.

Una cara tecnológica de Barcelona que no es ficticia y que la producción no ha tenido que recrear en platós ni decorados, como acostumbra a pasar en las películas que abordan futuros distópicos, sino que ya existe en la realidad. Los ordenadores cuánticos del Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS), el Sincrotrón ALBA, la Universitat Pompeu Fabra o incluso el Talent Arena —el evento que se celebra en el marco del MWC y que pone el foco en el talento digital— no son producto de la imaginación de los guionistas de la serie —Cristina Pons, Luis Arranz, Luis Moreno y Juan Salvador López; con dirección de Marta Pahissa y Víctor Cuadrado— sino instalaciones y espacios punteros que forman parte del tejido científico y tecnológico de Barcelona y su área metropolitana.

Una Barcelona perfectamente reconocible para investigadores, ingenieros y científicos de todo el mundo, pero mucho menos familiar para el gran público y, en muchos casos, poco accesible. Day One nos permite, así, adentrarnos en estos espacios y descubrir una ciudad que habitualmente queda fuera del imaginario cinematográfico, protagonizado por la magnificencia de las calles del Eixample o la monumentalidad de la Sagrada Familia. 

Asimismo, el congreso que sirve de contexto para la serie, el Mobile World Congress, es también, en la vida real, un escaparate de muchas de las tecnologías que Day One imagina: inteligencia artificial, dispositivos inteligentes, robots humanoides o gafas capaces de interactuar con el mundo que tenemos delante. Esta frontera entre realidad y ficción todavía se diluye más por el vínculo directo de la serie con el ecosistema del Mobile: la Mobile World Capital Barcelona participa como productora asociada y, de hecho, aprovechó el conocido como Mobile Lunch —el encuentro que da el pistoletazo de salida a la semana del Mobile World Congress— para presentar la producción.

La mirada de Day One se desplaza hacia la Barcelona de los laboratorios, los superordenadores, la inteligencia artificial y la innovación tecnológica.

Una tecnología sin límites

Pero es precisamente porque la frontera entre realidad y ficción está cada vez más diluida que Day One adquiere una dimensión especialmente inquietante. Porque el verdadero peligro no reside solo en las capacidades de la tecnología, sino en el poder que estamos dispuestos a conceder a las herramientas que la incorporan y, sobre todo, a las empresas que las diseñan. ¿Qué pasa cuando una herramienta creada para facilitarnos la vida acaba convirtiéndose en un instrumento de control y manipulación?

Es un debate que sobrevuela los seis capítulos de la serie, de unos 45 minutos cada uno, que incorpora un reparto encabezado por Álex González y Jordi Mollà, a los que se añaden nombres como Alba Planas, Iván Massagué, Peter Vives o Melina Matthews. Una incógnita a la que, a pesar de todo, Day One no acaba de dar respuesta. El debate ético está ahí, aparece una y otra vez, pero parece una reflexión que aparece en segundo plano y que pocas veces se convierte en el verdadero centro del conflicto ni del propio guion.

El verdadero peligro no reside solo en las capacidades de la tecnología, sino en el poder que estamos dispuestos a conceder a las herramientas que la incorporan y, sobre todo, a las empresas que las diseñan

De hecho, esta contradicción se muestra en el propio protagonista. El encargado de detener el lanzamiento del nuevo dispositivo, Ulises, que al inicio de la serie se presenta como una especie de ermitaño que vive apartado de la tecnología hasta el punto de rechazar cualquier contacto con ella, acaba recurriendo al final de la trama a algunas de estas innovaciones. Hologramas o asistentes virtuales que le permiten recuperar vínculos, recuerdos y emociones relacionados con personas que ya no están. La tecnología que al principio representa una amenaza, por lo tanto, se convierte también en una forma de consuelo.

Ulises, que al inicio de la serie se presenta como una especie de ermitaño, acaba recurriendo al final de la trama a alguna de las innovaciones tecnológicas en busca de consuelo.

Así, la reflexión ética sobre la tecnología, encarnada en el conflicto del propio protagonista, va perdiendo peso a medida que la trama deriva hacia el thriller policial. Asesinatos, persecuciones, sicarios, secretos empresariales y una carrera a contrarreloj pasan a ocupar el primer plano, sin dejar de lado las tramas personales y amorosas de los protagonistas.

Quizás el propósito de Day One, por lo tanto, no es tanto resolver estas cuestiones como dejarlas abiertas y poner sobre la mesa las consecuencias (y las contradicciones) de un futuro que ya no parece tan distópico. En términos tecnológicos, el “día uno” es aquel momento en que una nueva herramienta entra en el mundo y ya no hay marcha atrás. ¿Pero cuándo empieza realmente este momento? ¿Se podría decir que nosotros ya estamos viviendo nuestro propio “día uno” con la irrupción de las herramientas inteligentes? ¿Hasta qué punto estamos cediendo espacio a la tecnología? Y, sobre todo, ¿sabemos dónde poner el límite? Son cuestiones que Day One deja sobre la mesa y que, cada vez más, escapan del ámbito de la ficción.