“Soy contemplativo, me puedo quedar colgado, fascinado, admirando un cuadro, un detalle estético o escuchando una canción”. Quod erat demonstrandum, el elegante compás de Copacabana Surf Board de Les Baxter acompasa la atmósfera vespertina del Bar y, acodado a la barra, Dani Montlleó se pierde en sus notas mientras sorbe una cerveza. “Un peinado que me gusta me puede abstraer, y me puede acabar salvando el día”, añade con una sonrisa de alma gamberra asomando por debajo de la barba.
Artista multidisciplinar capaz de mezclar música, diseño, arte figurativo y texto entendido como algo más que un soporte explicativo de cada obra, de niño era el típico que saturaba las libretas de dibujos de calidad inversamente proporcional a sus rendimientos académicos. A los catorce años su mundo eran los Beatles, la cultura Pop y ese residual sustrato subcultural que rompía con la monotonía paisajística del Mataró de los primeros 80. “Acabé BUP con la idea de querer dedicarme al arte que, eso sí, siempre he entendido como una actividad comparable a cualquier otra, un oficio más, sin ínfulas”, pero no tardó en dejarlo para entrar de aprendiz en una peluquería.
“Llevo casi veinte años ganándome la vida cortando el pelo junto con mi compañera, Susana Rodríguez, pero es algo que no considero un arte, sino que combino con mi actividad artística”. Proyectos como El gafe i la revolució, The Stuarts, Pompeu the martian u Otto Bloch (la camisa de Pete Townshend) combinan música, documentales, libros, pintura, figuras, ilustración o vídeo. Arte Pop y Moderno, en un siglo XXI de blanda posmodernidad y liquidez gris. “Mi primera exposición, KF59, estaba muy inspirada en Basquiat, luego me fui nutriendo de más influencias como Peter Blake y, desde hace un tiempo, la arquitectura y el urbanismo son claras influencias en mi trabajo”.

Así lo atestiguan proyectos como Döppelganger Goldfinger, que conecta la arquitectura con el cine, la literatura, el diseño, la música y algunos movimientos revolucionarios y subculturales. O, también, los trabajos de investigación sobre arquitectos de proximidad del movimiento racionalista, realizados con Domènec y Manuel Guerrero bajo el nombre de Modernitat amagada, con los que visibiliza edificios poco conocidos como la Casa Capell de Mataró o el pabellón Sert de Arenys de Mar. “Ahora mismo estamos trabajando con una nueva entrega de la serie sobre varias casas que Josep Antoni Coderch realizó en Caldes d'Estrac”, anuncia.
Pelos y señales
Aunque la actividad como peluquero de Dani Montlleó ha estado al margen de su labor artística, no se puede decir que ambos mundos hayan transcurrido siempre en paralelo. El nexo de unión entre ambas disciplinas tal vez se halle en la figura de Tito Díaz. “Era el peluquero canalla de la Barcelona de los 80, un personaje singular que, un buen día lo dejó todo y se fue a un pueblo a vivir para dedicarse al arte”, a partir de ahí devino un artista conocido “por su pasión por los procesos orgánicos. En particular, por sus esculturas hechas con cabello humano, entre otras obras en distintos soportes”. Dani tendría unos diecisiete años cuando en TV2 dedicaron un programa de Un día en la vida de… a Díaz. Y algo hizo clic dentro de aquel chaval convencido de que la perfección era el peinado de Stu Sutcliffe.

“Años después de ver aquel programa quise saber qué había sido de Díaz, al que parecía que se hubiese tragado la tierra. Indagué y así salió Tito, the phantom monk”, un documental que rescataba de la oscuridad al artista a través de su obra, sus palabras y las de otros amigos y admiradores, como Enrique Sierra, de Radio Futura, o Miquel Barceló.
Esta no es la única vez en que la peluquería se cruza en la labor artística de Dani. El proyecto Del Weimar-cut al Googie-cut, por ejemplo, proponía un pequeño recorrido por momentos y movimientos utópicos del siglo XX, a través del análisis de sus cortes de pelo. Y en otoño verá la luz, de la mano del Colectivo Bruxista, un libro escrito a cuatro manos con Oliver Mancebo sobre peinados y las subculturas urbanas del siglo pasado.
Urbe cartesiana
Para el artista su escenario barcelonés por excelencia es aquel barrio Gótico al que bajaba, de joven, en busca de músicas, estéticas y sensaciones extraordinarias. Sigue enamorado de sus bares, de sus tabernas, de calles como Avinyó, donde durante una temporada regentó una peluquería. “En Barcelona había ese ecosistema subcultural que en Mataró apenas si cuajó, lo que tenía su lado bueno y es que los cuatro que estábamos metidos en alguna movida underground convergíamos en la misma plaza”.
Se siente de Mataró, “pero sin ser un activista del lugar”, aunque más cercano “al espíritu algo asilvestrado del Maresme, que choca un poco con el racionalismo excesivo de los barceloneses, que me parecen muy cartesianos. Esta ciudad es, toda ella, cartesiana”, sentencia, dando el último sorbo a la cerveza.

– Lo que desata pasiones incluso entre los más racionalistas es nuestra cocina. Se acerca la hora de cenar y tal vez se te pueda tentar con unas tapas o la carta…
Dani Montlleó duda. Las tapas serían una buena opción, pero decide que todavía es pronto para cenar. “Eso luego –dice–, ahora me tomaré un peppermint frappé”. Como la película de Saura. Como la canción de Los Canarios. La bebida más Pop Art que se puede pedir en el siglo XXI. El artista vuelve a sonreír, antes de quedarse embelesado siguiendo las notas del Silver Sand de Les Baxter.


