Cuando Dioniso prefiere el café de especialidad

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30 de junio de 2026 a las 05:30h

En Nobelhart & Schmutzig, en Berlín, cené sola y sin móvil. No porque me lo hubiera dejado en casa ni porque lo hubiera perdido, sino porque en este restaurante está prohibido utilizarlo. Aquella noche, al verme sentada sin nadie delante, una persona del equipo de sala me acercó varios libros. “Mira si alguno te parece interesante”, me dijo. No intentó llenar el silencio ni convertir la soledad en una escena incómoda. Me dejó leer.

Uno de esos libros era Borrachos, de Edward Slingerland. A pesar del título, no es tanto una apología del alcohol como una investigación sobre una pregunta antigua: ¿por qué los seres humanos hemos buscado una y otra vez la intoxicación, a pesar de conocer sus riesgos? Slingerland sostiene que, en ciertos momentos de la historia, beber ha servido para aflojar jerarquías, crear confianza, dejar entrar ideas inesperadas y hacer posible una convivencia menos rígida.

Lawrence Osborne lo formula de una manera mucho más incómoda en Beber o no beber: "¿Es el alcohol el creador de la máscara o, precisamente, aquello que nos la arranca?". Todos sabemos que el alcohol puede convertir a alguien en una caricatura de sí mismo, hacer aflorar violencia, euforia o crueldad. Pero también ha sido, durante siglos, una rendija: un lugar donde bajar la guardia, reducir distancias con los demás e, incluso, encontrar soluciones.  

Lawrence Osborne:  "¿Es el alcohol el creador de la máscara o, precisamente, aquello que nos la arranca?"

Y es precisamente este papel social lo que hace más evidente la pregunta: ¿por qué parece que cada vez rechazamos más el alcohol? Solo hay que hablar con algunas bodegas para constatar que las ventas caen año tras año y que, especialmente entre la gente joven, hay menos interés por beber. Algunos, como Sumarroca, han optado por elaborar vinos de menor graduación, mientras que otros han vuelto a mirar variedades como el trepat, capaces de dar vinos más ligeros. En el mundo de la cerveza, las opciones sin alcohol ganan cada vez más terreno.  

La alta gastronomía también está aprendiendo a escuchar este cambio. Durante mucho tiempo, no beber vino en un gran restaurante te convertía en una especie de comensal incompleto. Ahora existen maridajes sin alcohol que intentan construir un lenguaje propio. Aleia y Mont Bar, por ejemplo, trabajan con fermentaciones, tés y elaboraciones propias que no aspiran a imitar el vino, sino a construir acidez, textura y capacidad de acompañar un plato. En Disfrutar, en cambio, han trabajado la desalcoholización de vinos para conservar, incluso sin alcohol, una parte del territorio y de la cultura que contiene cada botella.

Pero esta transformación no se limita a la mesa: también llega al ocio. En Barcelona, las Caffeine Raves están en pleno auge. Son fiestas diurnas, a menudo con música house, café de especialidad y una estética de club que cambia las copas por la cafeína. Cada vez son más visibles en la ciudad, con sesiones en espacios como Time Out Market. El Dioniso barcelonés ya no aparece con una copa de vino, sino con un flat white en la mano a las once de la mañana.

El Time Out Market Barcelona acoge algunas de las Caffeine Raves organizadas por Caffeine Social Club. -

Sin convertir este cambio en una lectura nostálgica, quizás convenga preguntarnos qué dice de nosotros este nuevo desinterés por el alcohol. Más allá de sus efectos nocivos, la cuestión no es solo que queramos beber menos. Quizás también hay una pulsión a no abandonar el control en un mundo donde todo puede escaparse de las manos: a evitar aquello que puede ser grabado, a no parecer débiles ante los demás y, sobre todo, ante sus cámaras. 

Por eso resulta tan elocuente la metáfora que plantea el videojuego Ghost of Yōtei. Cuando el combate se complica, el sake permite recuperar "espíritu", la energía que sirve para curarse o activar técnicas y que remite, inevitablemente, al origen mismo de las bebidas espirituosas. Pero beber demasiado tiene un precio: la visión se enturbia y el combate se vuelve más difícil. No es un elixir inocente ni una puerta automática a ninguna verdad. Puede ayudarte a recuperar fuerza y, a la vez, hacerte tropezar.

La prohibición del móvil en Nobelhart & Schmutzig también es, en cierta manera, una respuesta a esta necesidad de mantenerlo todo bajo control. Es una norma restrictiva que, paradójicamente, abre un espacio menos vigilado. Quizás aquello que la hipervigilancia nos hace más difícil no es solo el exceso, sino también aquel margen de imprevisibilidad que representaban las ménades: la posibilidad de aflojar la identidad, salir durante un rato de la versión más administrada de nosotros mismos y sentir, aunque sea durante un instante, aquella "luz pura de finales de verano" que Píndaro asociaba a Dioniso.

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