El Teatre del Raval acoge Una habitación propia, el texto de Virginia Woolf que la actriz Clara Sanchis y la dramaturga y directora María Ruiz adaptaron hace ya una década. Pero la vigencia del texto sigue siendo de radical importancia hoy en día porque, aunque muchas mujeres trabajen y tengan cierta independencia, siguen existiendo brechas salariales, desigualdades a la hora de acceder del poder y una violencia sistemática ejercida hacia la mujer (de hecho, en lo que llevamos de 2026, ya se han contabilizado 38 asesinatos machistas en el país, según los datos actualizados del Ministerio de Igualdad).
Así pues, aunque el discurso de Woolf pudiera parecer desfasado o anticuado, no lo es en absoluto. Lo que la autora nos plantea es una verdad que sigue latiendo en nuestra sociedad y es que las mujeres no gozan de las mismas oportunidades ni derechos que los hombres. Y, si aún alguien duda, solamente hace falta echar una ojeada a los líderes que controlan el orden mundial y, entonces, veremos ante qué realidad nos encontramos. Además, hoy en día, con el movimiento en redes sociales de mujeres amas de casa (concidas como tradwives) se vuelve a pugnar por el papel sumiso de la mujer, relegada a las tareas del hogar y al cuidado de la familia.
Por tanto, sí: Una habitación propia es un texto que sigue resonando con fuerza, que sigue removiéndonos por dentro y que sigue luchando por una sociedad más justa e igualitaria entre hombres y mujeres. Y el mensaje de Woolf, su análisis de la sociedad, su ironía y su dolor han sido perfectamente reflejados en la adaptación que ahora se puede ver en el Teatre del Raval.
Una interpretación llena de cambios de ritmo e ironía
Si alguna vez habéis intentado leer Una habitación propia os habréis encontrado, con un inicio denso y que puede resultar abrumador. Sobre todo, porque la autora se centra en explicar de manera muy detallada cómo se vive una cena en una escuela masculina de Oxbridge (un acrónimo que fusiona los nombres de las universidades de Oxford y Cambridge) comparándola con el mismo tipo de cena, pero en Fernham, la escuela femenina.
En la adaptación de María Ruiz esa escena sigue apareciendo porque, tal y como nos contó Clara Sanchis en la entrevista que le hicimos, han respetado completamente el texto; pero, la escena cobra tal vitalidad y energía, que es imposible apartar la mirada del escenario. Y esto es gracias al talento interpretativo de Sanchis que, con cambios de ritmo, movimientos ligeros y una ironía que agita consciencias, nos metemos de lleno en el viaje filosófico y reflexivo que estamos a punto de emprender.
De la anécdota pequeña en las dos universidades ficticias, pasamos a un análisis más amplio y profundo sobre el poder en el mundo y la ausencia de figuras femeninas en las altas esferas. Por eso, Woolf defiende a capa y espada la necesidad de que la mujer tenga dinero; la economía como principio de independencia en una sociedad capitalista donde vales lo que tienes. Con una intervención llena de humor, Sanchis rememora las palabras de la autora y anima a que todas las mujeres tengan su independencia económica para poder ser más libres, autosuficientes y dueñas de sus decisiones.
Pero, además de economía, también es necesario un espacio privado y cerrado en el que se pueda tener tiempo para reflexionar, para parar de hacer tareas y más tareas, y ser conscientes de nuestra presencia en el mundo. Es aquí cuando aparece el término de "una habitación propia" como refugio femenino ante un mundo que nos exige hacer, hacer y hacer, para no tener tiempo ni de pensar. "¡Pensemos!", parece gritarnos Woolf, "¡pensemos y enriquezcámonos!", para poder tener libertad ecómica y libertad de pensamiento.
A lo largo del monólogo nos encontramos con una gran variedad de reflexiones que invitan al pensamiento y a la observación del mundo actual. Porque Woolf escribió esta obra en el 1929, hace casi un siglo, y muchas de las ideas y propuestas que lanza siguen siendo solo eso, ideas que se han quedado en el mundo de las ideas, sin llegar a materializarse. Hay muchas frases que llaman la atención a lo largo de la obra; pero hay una que, personalmente, me quedó marcada y es que para conocer realmente la sociedad ante la que estamos, más que hacer un estudio sobre la emancipación femenina, sería más interesante hacerlo sobre la reacción masculina a dicha emancipación. La cita exacta es la siguiente:
«La historia de la oposición masculina a la emancipación de las mujeres quizás sea más reveladora que la historia misma de la emancipación.»
Música de Bach improvisada en directo
María Ruiz ha querido aprovechar las dotes musicales de Clara Sanchis y, por eso, la obra cuenta con música al piano en directo que ayuda a aposentar el mensaje y a reflexionar sobre todo lo dicho. Los diferentes actos de la propuesta son amenizados por el piano de Sanchis quién apostó por la música de Bach como base inspiradora. Porque no se limita a interpretar piezas de Bach, no: ella improvisa sobre las partituras, así que, cada noche, la banda sonora de esta obra es única y diferente.
La música de Bach es el bálsamo perfecto para que nuestra mente descanse, las ideas amontonadas de Woolf puedan interiorizarse y el público respire. El añadido de la música, además de darle un toque íntimo y emotivo a la propuesta, también contribuye a delinear el ritmo y evitar que, el resultado, sea una acumulación de ideas y reflexiones. Con la música de la mano, el texto de Woolf se digiere mucho mejor, nos permite tener un momento de pausa para poder saborearlo bien.
Con la música de la mano, el texto de Woolf se digiere mucho mejor.
El cierre de esta conferencia ficcionada es alentador y estimulante: sigamos luchando por construir un mundo en el que la mujer sea cada vez más presente, en el que vayamos ocupando espacios de poder, en el que tengamos riquezas, habitaciones y voz propias. Un mundo en el que las hermanas de Shakespeare no tengan que acabar sepultadas bajo el cruce de ninguna ciudad y puedan subirse al escenario, lanzar sus ideas y ser mundialmente reconocidas.
Juntas somos más fuertes, parece decirnos la Virginia Woolf del principios de XX. Pues tenías razón, Virginia: juntas somos más fuertes.
