Hace diez años que Clara Sanchis y María Ruiz tuvieron una idea: trasladar la voz de Virginia Woolf al escenario. Pero querían hacerlo de la manera más fiel posible al texto, con su ironía, con el humor que traspasa las palabras y con el poderoso mensaje que agita consciencias. Desde entonces, Una habitación propia ha estado programada en diferentes teatros de Madrid e, incluso, hace cinco años agotó entradas en la Sala Beckett porque, como bien dice Clara, "Es una obra que agota entradas".
Me encuentro con ella en el bar del Teatre Raval. Viene con la maleta a cuestas, a caballo entre Madrid y Barcelona, para poder seguir llevando la voz de Woolf al público actual. Nos sentamos, nos miramos, sonreímos y empezamos a hablar.
— Estrenaste Una habitación propia hace diez años. Cuando montaste el espectáculo, ¿imaginabas que tendría este recorrido?
— Para nada. La historia de esta función es preciosa, es la crónica de un pequeño (o gran) éxito. Ahora cumple una década y por eso la hemos remontado. De hecho, la estamos haciendo simultáneamente en Madrid y Barcelona; el domingo pasado no tuve función aquí porque actuaba en el Teatro del Barrio.
Aunque en Barcelona estuvimos en la Beckett hace cinco años, la estrenamos hace diez. En Madrid hemos pasado ya por seis teatros y hecho gira. María Ruiz (directora y adaptadora) y yo nos lanzamos solas ante el peligro para llevar a escena un texto que admirábamos y que nos había cambiado la vida. Yo acababa de salir de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y buscábamos un proyecto juntas. Una mañana tuve una revelación: Una habitación propia no se había adaptado al teatro. Vimos que tenía una teatralidad intrínseca porque en el fondo es una conferencia que Virginia Woolf fabula dar a las primeras universitarias británicas.

Nos lanzamos sin producción, lo que nos dio una enorme libertad. Miguel del Arco nos acogió en el Ambigú del Pavón Kamikaze, un espacio muy reducido. Empezamos con pocas funciones en horarios raros, pero enseguida se agotaron las entradas. La función ha seguido llenando teatros desde entonces, para nuestra gran sorpresa. Como no teníamos más compromiso que el artístico, decidimos mantener el texto de Virginia Woolf casi puro, respetando su complejidad inicial. Redujimos los seis capítulos del libro a cuatro, pero respetamos la esencia.
Pensé: «Si este libro me provocó una noche de insomnio, si logramos transmitir bien sus palabras en escena, tiene que funcionar». Si algo te conmociona y lo transmites con verdad, se produce el mismo efecto en el público. Y así fue. Del Kamikaze pasamos al Teatro Español, luego fuimos a la Beckett —donde se agotó todo antes de empezar— y esa demanda es la que nos ha traído de vuelta.
La historia de esta función es preciosa, es la crónica de un pequeño (o gran) éxito.
— Mencionabas esa primera lectura nocturna. ¿Qué fue lo que más te impactó?
— Yo había abandonado el libro varias veces, como le ocurre a mucha gente, porque sus primeras treinta páginas son complejas. Pero me atraía. Una noche de gira en un hotel, sin otro libro a mano y con insomnio, atravesé esa barrera. De pronto todo cobró sentido y entendí por qué me dolía tanto: te das cuenta de que todo ser humano lleva las marcas del pasado en su psique y en su cuerpo.
Esas marcas del maltrato histórico a las mujeres están ahí, tanto en el inconsciente como en lo cotidiano. Leyendo el libro pasados los treinta años, entendí una duda que me perseguía en mi adolescencia como pianista: «¿Por qué nunca toco a una compositora? ¿Por qué no hubo una Brahms o una Beethoven? ». Cuando llegué al capítulo de la hermana de Shakespeare, lo comprendí todo. Si Shakespeare hubiera tenido una hermana con su mismo talento, ni siquiera habría podido salir de casa ni cuidar los caballos en la puerta del teatro. Fue revelador.
También me impactó su atrevimiento al vincular mujer y dinero, algo clave para la independencia. Y, por supuesto, cómo explica los mecanismos de la desigualdad a través del sentido del humor y su famosa ley del espejo: «Las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del mágico y vicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural».
— Al adaptar la obra redujisteis los seis capítulos a cuatro. ¿Qué criterio seguisteis para podar el texto?
— Fue un trabajo de orfebrería de María Ruiz. No hay una sola palabra que no sea de Virginia Woolf. Mantuvimos la dificultad de los primeros 20 minutos, donde al público le cuesta situarse, porque si la quitáramos eliminaríamos la delicadeza del texto y lo convertiríamos en un panfleto.
Te das cuenta de que todo ser humano lleva las marcas del pasado en su psique y en su cuerpo.
— ¿Cómo lográis atrapar al espectador desde el inicio?
— Desgranando muy bien lo que ella cuenta. Virginia empieza desde el detalle ínfimo —como la diferencia entre el menú de una facultad masculina y una femenina, o llamar «Mary» a todas las mujeres— para llegar a lo universal. Intentamos iluminar esos detalles y apoyarnos en la ironía del texto. María Ruiz tuvo la lucidez de poner el foco en el sentido del humor de Woolf, un humor radical que a veces pasa desapercibido.
— ¿Te costó actuar desde la ironía tratando temas tan duros?
— El sentido del humor no excluye la crudeza; al contrario, lo necesitamos para abordar lo más difícil. Como dijo Vicky Peña en un coloquio, las risas en esta función celebran la inteligencia de Virginia Woolf. El humor ha sido una herramienta sutil de las mujeres para exponer las barbaridades de la historia con el máximo realismo.
El sentido del humor no excluye la crudeza; al contrario.
— ¿Siguen existiendo hoy «hermanas de Shakespeare» sin oportunidad de brillar?
— Por supuesto. Siglos de historia no se revierten en cien años. Pensar que le hemos dado la vuelta a algo tan inoculado en tan poco tiempo es irreal. En el mundo hay millones de mujeres sin derechos básicos; nosotras somos de las primeras generaciones con acceso a estudios e independencia económica. La desigualdad es un veneno para todos. Aunque falten referentes y el poder económico siga siendo abrumadoramente masculino, estamos empezando a contar nuestra propia historia.
La desigualdad es un veneno para todos.
— Tras diez años haciendo la obra, ¿ha cambiado tu visión de Virginia Woolf?
Es un texto tan rico que no dejas de descubrir matices. Con el tiempo, María y yo hemos ganado madurez y técnica actoral. En esta reetapa nos hemos atrevido a potenciar aún más su sentido del humor. Las situaciones que narra ya son trágicas de por sí, no hace falta subrayar el drama.

— Destaca el respeto absoluto que tenéis por el original.
— Ese es el secreto del éxito de este montaje: la fidelidad y la admiración hacia Virginia Woolf. Solo pretendemos transmitir su pensamiento con la mayor verdad posible.
— La nota de prensa habla del «encuentro de Virginia Woolf con el público del siglo XXI». ¿En qué consiste?
— Nace de forma natural. Lo interesante no es actualizar el texto, sino confrontar un pensamiento de 1928 con el espectador actual. Ese choque estimula la mente y da libertad al espectador para analizar qué resuena hoy en su cuerpo y en su vida.
— ¿Acude público masculino a la obra?
— Sí. Aunque el público teatral suele ser mayoritariamente femenino, a esta función vienen muchas mujeres jóvenes y también muchos hombres, incluidos hombres jóvenes, algo vital porque el teatro necesita relevo generacional.

— El libro afirma que la mujer es «el animal más discutido del universo». ¿A qué crees que se debe?
— A que la visión sobre la mujer ha sido históricamente formulada por hombres. Ellos discutían sobre nosotras porque hablaban en nuestro lugar; les faltaba el dato esencial: la voz femenina.
— En el montaje también tocas el piano e interpretas a Bach. ¿Qué aporta su música a la palabra de Woolf?
— Necesitábamos separar los cuatro capítulos. Probamos con el Romanticismo o el Impresionismo, pero llevaban la función a un terreno demasiado denso o sentimental. El barroco de Bach es emocionante pero transparente, cristalino y matemático. Acompaña sin desbordar y permite que las emociones del texto respiren sin caer en el melodrama.
— ¿Hay alguna reacción del público que recuerdes especialmente?
— Muchas mujeres se quedan a esperarme al final para darme un abrazo. No es por mí, sino por la conmoción de haber entendido cosas de su propia vida. A pesar de su dureza, la función tiene mucha luz: Virginia Woolf te espolea, te anima y te recuerda el impacto que puedes tener en el futuro.
Virginia Woolf te espolea, te anima y te recuerda el impacto que puedes tener en el futuro.
— Si pudieras tomarte un café con Virgina Woolf, ¿qué le dirías?
— Primero, intentaría ocultarle lo mal que están muchas cosas en el mundo, aunque lo sabría de sobra... Pero, simplemente le daría las gracias y le invitaría al café para demostrarle que entendí la importancia de la independencia económica.
— ¿Y dónde encuentras tú hoy tu «habitación propia»?
En la naturaleza. Era un refugio fundamental para Virginia Woolf y lo es para mí. En un mundo hiperconectado y lleno de artificio, la naturaleza me devuelve a la realidad y me pone en mi sitio.
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