Tras el gran éxito de La presència, Pau Roca dirige una nueva comedia que se mueve entre la risa y el thriller. Hablamos de La promesa, un texto escrito a cuatro manos por Sílvia Navarro Perramon y Yago Alonso que utiliza el humor para lanzar una crítica contra la hipocresía de nuestras vidas burguesas.
El montaje se plantea como una cuenta atrás macabra que arranca con una fiesta de reencuentro y acaba convertido en una olla a presión donde los secretos de juventud y las miserias personales están a punto de estallar. La premisa es muy sencilla: ¿qué harías si, en medio de una fiesta con amigos, te enteraras de que tu copa está envenenada? A partir de ahí, los personajes empiezan a entender que la única salvación posible es ser sincero con uno mismo.
La antesala perfecta: una fiesta de los años 90
La obra nos invita a una fiesta temática de los años 90. Un grupo de amigos se reúne después de un año separados y la anfitriona decide ambientar la velada en la época que les marcó. El escenario se convierte en una máquina del tiempo donde suenan Spice Girls, OBK o Michael Jackson, y donde los amigos van vestidos como algunos personajes típicos de aquella década: desde el bakala con chándal y gafas ovaladas hasta la chica grunge fan de Nirvana, pasando por la chica del esplai o un guiño muy divertido a la Barcelona olímpica del 92.
Pero este es solo el contexto de la historia… Porque, como siempre sucede con la pluma de Yago Alonso (dramaturgo de otras comedias exitosas como La pell fina u Ovelles), la trama tiene un gran trasfondo social y crítico. En esta ocasión, junto con la dramaturga Silvia Navarro, han creado una obra que nos habla sobre la precariedad laboral y los abusos de las actuales empresas de reparto a domicilio: empresas que no cumplen con las leyes, que se aprovechan de los vacíos legales y que ponen en riesgo la seguridad de sus trabajadores y trabajadoras. Un dardo directo hacia la desprotección de los colectivos más vulnerables (como los recién llegados) que se ven abocados a aceptar cláusulas abusivas por pura necesidad.
El sello de Sixto Paz, que lleva más de una década sacudiendo el teatro
Para entender este montaje, hay que entender quién está detrás. Sixto Paz Produccions nació en 2013 con una premisa muy clara: cambiar las reglas del juego. Desde sus inicios, esta productora ha defendido que el teatro no es solo arte, sino una actividad que debe ser sostenible y que necesita nuevas fórmulas para conectar con el espectador y buscar, siempre, la complicidad directa del público.
Artísticamente se definen como "eclécticos", y su historial de espectáculos así lo demuestra. En los últimos años nos han hecho viajar por la memoria con El més bonic que podem fer (2022), nos han conmovido con el drama social en Cost de Vida (2023) o Bèsties (2023), y ya habían colaborado con los autores de La promesa en producciones como Biològica de Sílvia Navarro (2024), La presència de Yago Alonso y Carmen Marfà (2024), o Qui va matar el meu pare (2025). Con La promesa, la compañía se mantiene fiel a su objetivo fundacional: poner al ser humano, las emociones y la actualidad en el centro del debate.
Una comedia con gags frescos y actuales
Lo mejor de la propuesta es que estamos ante una comedia muy divertida, llena de gags frescos, actuales y que generan una empatía inmediata con la platea. Los personajes, a pesar de jugar con el cliché propio del género para elevar la comicidad, funcionan de maravilla gracias a un elenco entregado. Eduard Lloveras está sublime clavando los movimientos prohibidos de Michael Jackson sobre el escenario y protagoniza uno de los momentos más brillantes de la obra: una cata de vinos intensa, forzada y ridículamente divertida. Marc Rodríguez, como un hipocondríaco de libro ligado al espíritu olímpico, regala algunas de las escenas más delirantes de la función, bien acompañado por unos sólidos Eduard Buch y Mercè Martínez.
Mención aparte merece lo que pasó la noche del estreno. Por motivos de salud, Carol Rovira no pudo actuar, y en un tiempo récord de solo tres días, Clara Altarriba asumió el papel de la anfitriona (el motor del conflicto de la obra). Su interpretación es excepcional; la actriz defiende un texto complejo con una seguridad y un magnetismo que hacen olvidar por completo que se trata de una incorporación de última hora. Se merece una ovación gigante.

La verosimilitud es el punto más débil de la propuesta
Ahora bien, el punto débil de La promesa radica en su falta de verosimilitud. Situar a este grupo en una situación límite entre la vida y la muerte por un supuesto envenenamiento, no encaja con el tono distendido de la comedia. Cuesta mucho digerir que los personajes, ante una traición tan grande, acepten someterse a unas pruebas que parecen juegos de campamento. La trama se ve forzada y pierde realismo.
Esto se hace aún más evidente en un desenlace muy precipitado. El cambio de perspectiva de los personajes se produce de repente, sin una evolución psicológica previa sobre el escenario; la conciencia aparece de golpe, después de diez años de silencio. El guion es consciente de este giro forzado y, por si acaso el público no lo entiende, te lo da masticado con una línea de diálogo que lo justifica diciendo: "Son remordimientos". Una resolución demasiado sencilla para un conflicto tan extremo.

A pesar de que el texto tambalea en su tramo final y pide un "salto de fe" importante al espectador en cuanto a la credibilidad de la trama, el resultado final de La promesa es positivo. La obra cumple con creces su objetivo principal: conectar con el público, hacernos viajar a través de la nostalgia de los 90 y poner sobre la mesa un debate social muy necesario.
Pau Roca consigue mantener un ritmo vivo que hace que la hora y media pase volando. La sensación al salir del teatro es la de haber pasado un rato muy divertido, de habernos reído muchísimo y, por qué no, de salir tarareando algún hit de nuestra juventud.
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