¿Qué pasa cuando intentas quemar el sistema desde lo alto de un escenario? La directora Anna Serrano Gatell lleva al Lliure de Gràcia L'autora (The Writer), una pieza cargada de verdad y rabia, firmada por la británica Ella Hickson. Un texto que nace desde las entrañas para dinamitar los códigos de la ficción dominada por hombres y que pone sobre la mesa el eterno debate: ¿sirve el arte para cambiar el mundo o solo venimos al teatro a darnos masajes en la conciencia?
A través del retrato de una joven escritora, el texto lanza un grito en defensa del talento femenino frente a un sistema que acostumbra a juzgar a las mujeres por su apariencia y capacidad de seducción. Es un viaje dramatúrgico muy original que muestra cómo el sistema obliga a modular nuestra rabia e indignación para poder encajar en la sociedad.
La rabia intelectual de Ella Hickson
L'autora (The Writer) se estrenó en el Almeida Theatre de Londres en 2018. Con esta presentación, la dramaturga británica sacudió los cimientos del teatro anglosajón y dividió a la crítica en dos bandos. Y es que Hickson traslada su necesidad casi mística de creer, pero canalizada a través de una rabia intelectual absolutamente política.Antes de presentar esta obra, Hickson escribía sobre jóvenes adultos atrapados en la precariedad y la incertidumbre del mundo contemporáneo. Ella misma bromeaba diciendo que la recopilación de sus primeros dramas debería titularse Plays One: Grow up and Get a Proper Job (Crece y búscate un trabajo de verdad). Pero con cada texto, su ambición iba a más: el realismo se convertía en lirismo y se atrevía a crear obras con una estructura más compleja. Y eso es lo que propone en The Writer: rompe totalmente con la estructura clásica del teatro para construir cinco actos que son obras dentro de la obra.
La libertad del montaje de Serrano
El montaje que nos propone la directora Anna Serrano Gatell en Barcelona nace, precisamente, de la misma libertad con la que se creó el original. La obra fue escrita en aislamiento absoluto, un proceso que Serrano describe como una escritura “muy automática, como vomitada, de lanzarse a escribir sin pensar y sin una lógica”.Estamos acostumbrados a relatos cerrados y estructuras cómodas, pero el mundo real es fragmentado y contradictorio, y esta versión responde desde la forma: la forma se rompe, se desplaza y se convierte en el contenido. La escenografía de Judit Colomer contribuye a organizar esta estructura: cada capítulo de la obra funciona como un microuniverso particular.
https://www.youtube.com/watch?v=I7-C2DCMCCU
Una estructura que rompe esquemas
Estamos ante una obra que te rompe en cada escena y en cada acto. Cuando crees que ya has cogido el hilo o el código de la función, se produce una ruptura absoluta que abre un camino completamente distinto. Es un viaje dramatúrgico potentísimo y muy alejado de lo que estamos acostumbrados a ver en la cartelera. Como ocurre en cualquier producción de este formato, hay escenas que funcionan mejor que otras; algunas respiran con más facilidad o mantienen el interés más alto, pero el cómputo global de la propuesta es indiscutible: consigue crear una pieza escénica muy potente, llena de capas, que sacude al público.Mercantilizar las emociones humanas
El texto reivindica el hecho de escribir como un ejercicio catártico, un viaje interior y una expedición casi sagrada hacia la esencia del ser humano. Por eso resulta tan doloroso ver cómo esa necesidad casi divina tiene que mercantilizarse y rebajarse para poder sobrevivir dentro del circuito de consumo.Nausicaa Bonnín encarna a esta joven escritora con un gran magnetismo; quiere cambiar el mundo, quemarlo todo, convencida de que el arte es la única herramienta real para hacer la revolución. Toda esa indignación se presenta a través de un discurso muy elevado y elaborado. No es un discurso visceral y crudo, sino una réplica teatral muy estudiada y pensada para poder encajar dentro del juego escénico. Y es en este punto donde el mensaje se vuelve brillante: la obra utiliza el mundo del arte como un espejo de la sociedad capitalista.
La autora nos muestra cómo el sistema te obliga a tomar tus sentimientos más íntimos, tu rabia y tu propio “vómito” creativo, y modularlos para poder encajar en los engranajes del mercado. Porque al final, si quieres que te escuchen, tienes que pasar por una estructura dramática comercial, tienes que resultar atractivo para el público; si no lo haces, te quedas sola en los márgenes, como una tribu en el bosque que huye de la realidad pero que no interesa a nadie.
Las mujeres que escriben
La pieza pone el dedo en la llaga sobre una verdad incómoda del oficio cuando se lee desde la perspectiva de género: a la escritora, a la mujer creadora, muchas veces se la sigue valorando antes por su físico que por sus ideas. Y lo peor de esta violencia patriarcal es la semilla de duda que siembra en la propia artista; incluso cuando alguien te valora por tu talento, si te dan a entender que también les atraes físicamente, como mujer caes de lleno en la trampa y dudas de ti misma. Ya no sabes si realmente eres buena o si, simplemente, estás buena.En este sentido, L'autora también actúa como un grito en defensa del talento y de la pasión de las que escriben, con el que es imposible no sentirse identificada.
Cuando el discurso se atasca
A pesar de todas estas virtudes, el espectáculo empieza a tener algunos problemas a medida que avanza. Hay escenas que pecan de ser algo largas, repetitivas y redundantes. El mensaje principal de la protagonista se entiende perfectamente en los primeros diálogos de la historia, pero el texto se atasca a veces en un bucle discursivo en el que el personaje de la autora adopta un tono que se acerca al egocentrismo.El mensaje pesimista
Sin embargo, el punto en el que la obra genera más contradicción (y donde personalmente me cuesta más entrar) es en su mensaje final. Durante toda la función, la obra lanza una bocanada de aire fresco, abre las alas de la mente del espectador con una perspectiva feminista y anticapitalista muy necesaria, planteando el teatro como un espacio sagrado que no debe pervertirse. Pero, en el último acto, todo lo que se ha criticado al principio se corrompe y se contradice de manera absoluta. Los roles del patriarcado se cumplen al pie de la letra; la protagonista acaba claudicando, repitiendo exactamente los mismos patrones de dominio masculino e incluso adoptando una actitud sexualizada que antes rechazaba. Parece que la obra quiera decirnos que el sistema está tan impregnado en nuestro ADN cultural que la derrota es el único camino posible. Esta visión tan catastrófica empaña toda la potencia y la ilusión que habíamos acumulado durante la función.La obra nos sitúa frente a la figura del artista idealizado, un intelectual al estilo de Picasso pintando el Guernica: alguien que observa el dolor del mundo desde una posición de privilegio absoluto, fumando y tomando una copa mientras plasma de forma estética cómo los demás se desangran en la trinchera. Es verdad que muchas veces el escritor se queda en eso, en un simple observador de las desgracias ajenas, pero cerrar una pieza tan combativa con un pesimismo tan devastador deja un sabor amargo.
¿Vamos al teatro a cambiar el mundo o a silenciar nuestra conciencia?
L'autora nos plantea el eterno debate sobre si el arte sirve realmente para cambiar las cosas o si, al fin y al cabo, no somos más que un grupo de burgueses que vamos al teatro para que nos cuenten lo que queremos oír y, así, calmar la conciencia.Aunque su tramo final te cierre la puerta a la esperanza con una bofetada de realidad en la cara, la producción de Anna Serrano Gatell nos emociona porque demuestra que, aunque el sistema capitalista siempre acabe pasándonos por encima, la necesidad de escribir y de combatir las estructuras de poder sigue siendo el único espacio real de resistencia que nos queda.
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