Este año, el Teatre Condal ha querido rendir homenaje a la compañía vasca Kulunka Teatro durante el Festival Grec de Barcelona. Y lo ha hecho programando tres de sus piezas teatrales que se caracterizan por un estilo único y muy identificativo: el uso de máscaras y la ausencia absoluta de palabras. Un teatro gestual, donde la mímica y los cambios de escena nos cuentan una historia tan humana y tan profunda que no hace precisa de texto.
En el escenario del teatro del Paral·lel hemos podido disfrutar de André y Dorine, Solitudes y, ahora, Forever, una obra que sigue la misma estela de las anteriores: explicar una historia sobre la intimidad de una familia, su amor, su dolor y su lucha. Este espectáculo ha ganado una gran cantidad de premios como el Premio Max 2024 a la Mejor dirección y el Premio a la Mejor autoría o el Premio Talía 2024 al Mejor espectáculo.
El declive de una familia y la prevalencia del amor
Forever es una obra dura y preciosa. Es una obra que empieza explicando una historia de amor y termina con una historia de absoluto horror. Pero, por mucho horror que haya, el amor siempre está presente: en una mirada, en un beso, en una caricia en la mano. Y esto es lo que más potente que tiene Kulunka Teatro: nos presenta a personas humanas de una manera natural, sin artificios, sin escudos ni miedos; personas que sienten, que aman y que son vulnerables a las emociones.
Y Forever, todo y ser una de las obras más dolorosas de la compañía, sigue teniendo ese canto a la esperanza y al amor. La historia comienza con una pareja joven que, recién casados, deciden que es el momento de ir a buscar un bebé. Pero la búsqueda no será tan fácil: el ansiado hijo tarda en llegar y la pareja comienza a distanciarse ligeramente ante esta primera dificultad que tienen que afrontar como matrimonio. Finalmente, el hijo llega, aunque la vida les sirve otra piedra: nace con una discapacidad física que, aunque no es invalidante, hará que los padres se vuelquen mucho más al cuidado del hijo.
Poco a poco, vamos viendo cómo la familia evoluciona en esa nueva realidad. Los padres, muy pendientes del bienestar de su hijo, le colman de atenciones, de besos, de cuidados. Un tipo de educación sobreprotectora que se hace evidente cuando el hijo llega a la adolescencia y empieza a demandar un poco de intimidad e independencia. Aquí es cuando la familia comienza a experimentar su primera ruptura: los padres, entregados a su hijo, abandonan su relación y, esta, empieza a deteriorarse. El hijo, por su parte, empieza a padecer acoso en el colegio y se refugia en videojuegos plagados de sangre y violencia. El caldo de cultivo está servido y la familia no tarda mucho en romperse.

Una historia narrada con un estilo muy cinematográfico
En Forever nos encontramos ante una historia con una gran cantidad de detalles, de escenas, de momentos que explican mucho, sin necesidad de siquiera realizar ninguna acción. Esto es porque la propuesta bebe mucho del lenguaje cinematográfico: gracias a la escenografía de Javier Ruiz de Alegría y Ikerne Giménez, así como a la plataforma giratoria, nos vamos moviendo por las diferentes estancias de la casa. Nos colamos dentro de la habitación del hijo, de la habitación del matrimonio y del salón para "espiar" a los personajes cuando viven en su intimidad.
La plataforma va girando y se va deteniendo cuando se quiere explicar una escena. Pero, también hay momentos en los que se va moviendo y los actores van desplazándose por los diferentes espacios, haciendo que el público sienta que está viendo un plano secuencia de cine. Todo ello contribuye a dotar de ritmo la propuesta, así como de una visión más caleidoscópica sobre el día a día de esta familia. El escenario se convierte, así, en la rueda misma de la vida, pero también en una espiral que engulle a los protagonistas, los atrapa y no los aprieta.
La incomunicación en el seno de una familia
El principal problema que vemos en la familia de Forever es que, por mucho que lo intentan, los personajes no saben comunicarse. Los problemas de cada uno de ellos, sus miedos, sus conflictos familiares o sus vergüenzas hacen que no se entiendan y que, al final, esa falta de comunicación sea la detonante del estallido final.
En este sentido, hay una escena muy significativa que refleja los problemas que puede haber en una pareja cuando hay fallos de comunicación. El matrimonio, totalmente volcado en la educación y el bienestar de su hijo, se ha abandonado por completo. Las relaciones íntimas entre ellos brillan por su ausencia y, en un momento dado, el padre se encuentra a la madre viendo una película erótica en el móvil de su hijo.
Ella lo está viendo por accidente, pero él cree que puede ser una nueva vía para intentar reconectar en la cama. Cuando la propuesta surge por la noche, la discusión es definitiva y la pareja, en lugar de comunicarse y afrontar el problema que tiene delante, decide separarse por falta de entendimiento. Y, en realidad, lo único que latía ahí era el amor porque él solo intentaba acercarse y complacerla a ella con sus supuestos "nuevos gustos".

¿El amor lo puede todo?
La presencia del amor es constante a lo largo de toda la propuesta. Desde la primera escena, vemos este sentimiento materializado en un cojín en forma de corazón que ella le regala a él por su cumpleaños. A lo largo de la obra, ese corazón va deteriorándose, al igual que lo hace el amor en esas cuatro paredes. Ella, en un momento desesperado, lo cose e intenta repararlo, pero en lugar de un corazón, parece algo amorfo, extraño y un poco terrorífico.
Vemos el amor muy potenciado, sobre todo, con la figura del hijo: lo colman a besos, a atenciones, a cuidados... El amor de la pareja se desgasta, pero el amor por el hijo permanece. Incluso cuando el hijo daña, hiere y maltrata, el amor sigue ahí, en pie. Aunque eso sí: ahora el corazón está un poco más roto.
Esa es la pregunta que parece que se nos lance desde el escenario: ¿realmente el amor lo puede todo? O, mejor aún: ¿el amor debería poder con todo o deberíamos aprender a "soltar" ese cojín maltrecho y darnos una nueva oportunidad? Ese Forever que indica el título es lo que nos hace replantear el trasfondo de la historia: ¿existe (o debe existir) un "para siempre"?
La autoría y dramaturgia corre a cargo de Iñaki Rikarte, José Dault, Garbiñe Insausti y Edu Cárcamo. Sin palabras ni texto, se construye una dramaturgia basada en acciones y en fotografías. José Dault, Garbiñe Insausti y Edu Cárcamo son los intérpretes de la propuesta, un trabajo actoral inmenso que, con gestos y pura expresión corporal, son capaces de hacernos entrar en el viaje por las diferentes etapas de la vida de una familia: nos reímos con ellos, nos emocionamos con ellos y, sobre todo, lloramos con ellos.
Porque la historia que cuentan es una historia tan profundamente humana, que es imposible apartar la mirada.
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