Josep Maria Miró presenta El Cadell, una obra que nos sitúa en una casa solariega donde, diversas generaciones de la misma familia, van apareciendo ante nuestros ojos. Y digo "apareciendo" porque realmente es así como sucede, como si fueran apariciones, fantasmas del pasado que vienen a hablarnos del presente.
Mercè Aránega, Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G. Alonso, Àurea Márquez, Alba Pujol, Rosa Renom y Marc Tarrida son los protagonistas de esta propuesta que nos sitúa en la Cataluña rural, aunque en ningún momento se mencione el nombre del pueblo, sabemos que estamos en casa porque hay ciertas tradiciones (como la boleitaire) que nos resultan de lo más cercanas. Además, también contamos con un lenguaje que seguro hemos oído en más de una ocasión cuando nos hemos acercado a las comarcas rurales: *dingú, por ejemplo, en vez de ningú, resuenan en el escenario para situarnos el espacio donde ocurre esta historia.
El Cadell nos plantea una historia que no es nada lejana. Una historia que, por desgracia, al público nos resuena demasiado: el peso del hombre en una familia, el orgullo de tener un niño y no una niña a principios de siglo. Porque un hombre era sinónimo de fuerza, trabajo, dinero. Pero una mujer... Una mujer era símbolo de carga y de dote, de la necesidad de casarla y deshacerse de ella lo antes posible (con 15 años era más que razonable). Las mujeres vistas como muebles de la casa, como si solo estorbaran, pero que, a la hora de la verdad, eran las únicas que sostenían la casa y la familia. Vaya, tal como pasa ahora. Sí: las cosas pueden cambiar de color y de forma, pero la base sigue siendo la misma.
En la búsqueda del cachorro
La primera escena de la obra ya muestra el cariz de las dos horas y cuarto que veremos sobre el escenario: un hombre y una mujer que se conocen y que deciden casarse. Bien, él decide casarse con ella y, para hacerlo, la evalúa como si fuera ganado: analiza su cuerpo, su fuerza y pone en duda si será capaz de llevar la casa y, sobre todo, de darle un cachorro. Cachorro. Aquí es el primer momento donde aparece esta palabra tan gráfica y despectiva a la vez. Cachorro.
A partir de este momento, vemos desfilar sobre el escenario a todas las mujeres que forman parte de la familia: las dos hermanas, las hijas, las sobrinas y, por supuesto, el deseado hijo. Y estas mujeres no tienen nombre: solo tienen el sobrenombre que el hombre de la casa les pone: La extraña, La Urraca o La Pétalos, entre otros. Pero él sí tiene nombre y se encarga de dejarlo bien claro. No acepta el nombre de Cadell, él se llama Josep (y, más tarde, vendrá Albert, que también reafirma su identidad).
Las mujeres como fantasmas de una casa oscura y muy lorquiana
Las mujeres de la casa, por lo tanto, aparecen desdibujadas, como sombras que pasean por los pasillos, que viven entre la oscuridad y que tienen que hablar bajito para no molestar a los hombres. Ellas callan y obedecen. Pero, en medio de este silencio, también hay voces, susurros que son autoritarios, letales. Como si vivieran dentro de la obra de Lorca de La casa de Bernarda Alba, todas estas mujeres viven sometidas a la madre, una mujer inflexible, católica y autoritaria que tiene totalmente anuladas a todas las mujeres que conviven con ella. Además, este toque lorquiano también lo podemos ver en el vestuario (todos vestidos de negro, como si estuvieran de luto) y con la oscuridad que reina sobre el escenario. Las sombras, las luces temblorosas y la oscuridad que ahoga son los máximos protagonistas de la puesta en escena.
Alba Pujol, la madre de familia, es la representante de la autoridad, una mujer que, además, se queda impregnada en la casa con una imagen divertida y muy significativa: su "moño" queda marcado en las paredes a causa del humo de la chimenea. Su presencia, siempre intacta, estará sobre la casa, sobrevolando sus paredes y vigilando todos los movimientos. Pujol hace una interpretación llena de verdad, de dureza, de mano firme; causa rechazo, rabia, dolor... Pero cuando, al final, le vemos un poco la humanidad, nos rompemos con ella y entendemos que no es otra cosa que una víctima más del sistema patriarcal que ahoga y aniquila.
Màrcia Cisteró es la víctima más clara de su madre. Ella, en una situación de peligro, pide ayuda de forma insistente. Ella, como la Adela de Lorca, quería una vida diferente, llena de belleza, de literatura, de sueños. Un alma libre, con ganas de salir de aquella oscuridad imperante y de vivir el amor, la pasión, la vida... Pero se equivoca. "Tenías mucha prisa por marchar", le recuerda la madre y le cierra la puerta. Ella es la Extraña; extraña solo porque le gusta leer, porque es diferente del resto, porque tiene alas en vez de brazos. La extraña que nos deja con un nudo en la garganta y que está magistralmente interpretada por Màrcia Cisteró.
Interpretaciones impecables y cargadas de fuerza
Todas las actrices hacen un trabajo impecable defendiendo sus papeles: Mercè Aránega, Lurdes Barba, Màrcia Cisteró, Roberto G. Alonso, Àurea Márquez, Alba Pujol y Rosa Renom. Y todas ellas tienen detrás suyo una historia de renuncia, presionadas por el machismo imperante de la sociedad. La Tieta, por ejemplo, decide ser tía para siempre, no casarse ni tener descendencia, ante la prohibición de su madre de casarse con el hombre a quien amaba de verdad. La Pètals es otro personaje entrañable: una niña de solo 18 años casi obligada a casarse con un hombre de 40 años e instalada en una casa oscura, opresiva, una casa que la borra de la vida y que (con una simbología preciosa de la mano del autor) le decolora el pelo de blanco.
Marc Tarrida es el único actor del montaje e interpreta a los hombres de tres generaciones de la familia. Los tres son cachorros, pero son muy diferentes entre ellos. Mientras que los dos primeros siguen un patrón muy similar a la hora de tratar a las mujeres (con diferencias muy sutiles), el tercero, el más contemporáneo, es el más diferente y conmovedor. Es el que nos lleva a la actualidad y el que nos hace entender lo difícil que es para muchas personas vivir en un entorno donde las ideas pueden ser más anticuadas y conservadoras.
Mención aparte merece el monólogo sublime, irónico, divertido y lleno de energía de Mercè Aránega. Su aparición en escena es como una bocanada de aire fresco: salimos de la oscuridad y del silencio de las mujeres, para dejar hablar durante unos veinte minutos a su personaje que no perdona ni una. Habla de la familia, sí; pero también habla de temas más actuales como la política o del racismo (inmenso este último discurso, destrozando todas las falsas creencias racistas que hoy en día tanto se escuchan por las redes sociales).
Josep Maria Miró ha escrito una tragedia rural que sacude e indigna. ¿Cómo puede ser que esto pudiera pasar en nuestra casa? ¿Cómo puede ser que las mujeres vivieran silenciadas y encerradas entre las paredes de una casa? Y, a la vez, también nos hace reflexionar sobre el presente. Porque, aunque esta situación difícilmente pueda suceder hoy en día, sí que es cierto que la última historia, la de Albert, no es tan lejana y que es un gran reflejo de hasta dónde puede llegar la opresión del sistema patriarcal.
