Casa de nines, el clásico de Henrik Ibsen, vuelve a la cartelera de Barcelona. Esta vez, la Sala Atrium ha sido la encargada de acoger esta pieza clásica que rompe con el modelo de mujer-esposa-madre perfecta para presentarnos a una mujer que toma conciencia de sí misma y decide empoderarse.
Casa de nines, o cómo una mujer se repiensa y se prioriza
Esta pieza de Ibsen es todo un clásico en el teatro europeo. Y es que, de manera totalmente innovadora para su época, el dramaturgo optó por romper las reglas de la sociedad de la época presentando a una mujer que decide abandonar a su familia para encontrarse consigo misma. Y este giro final, esta decisión valiente y conmovedora, es una de las escenas más brillantes de esta versión que, ahora, podemos disfrutar en la Sala Atrium. Un momento lleno de verdad, de rabia, de sinceridad y de reencuentro donde Anna Maruny nos emociona y nos alienta.
Pero empecemos por el principio... En Casa de nines de la Sala Atrium nos encontramos con Nora preparando la Nochebuena. Parece muy feliz dentro de su mundo imaginario donde se ha creado el escenario perfecto, idílico y bonito, para hacer su papel de mujer perfecta, de madre perfecta y de muñeca perfecta. Torvald, su marido, la admira como si fuera una reliquia: Nora no es vista ni tratada como una mujer de carne y hueso, sino como un juguete muy bonito con quien reír, jugar y pasar el rato. Nada más.
Este mundo tan bien montado y organizado se rompe la Nochebuena cuando una decisión de Nora tendrá sus consecuencias. Y, a partir de aquí, todo el castillo de arena que se había creado en torno a su vida, empieza a hundirse. Nora, desesperada, intentará salvar su mundo, pero, al final, acabará aceptando su destino y será cuando verá el escenario donde ha actuado toda la vida.
Buenas interpretaciones, creíbles, naturales y enérgicas
El elenco de Casa de nines defiende muy bien su papel. Mención especial a Anna Maruny que consigue darle grandes matices a su interpretación: vemos a la muñeca, pero también vemos a la mujer desesperada, a la mujer asustada y, finalmente, a la mujer empoderada que decide liberarse.
Durante la primera parte de la obra, este personaje nos chirría por su artificialidad y superficialidad; pero, cuando la trama va avanzando, empezamos a verle todas las caras al caleidoscopio y nos encontramos con una mujer completa, compleja y llena de contradicciones.

Escenografía bonita, pero poco práctica
Kike Blanco nos presenta una escenografía que, a la mitad de la obra, nos sorprende. Aparece la casa de muñecas ante nosotros y, detrás de los cristales, vemos la vida de Nora como si fuera un escaparate de tienda. Este recurso simbólico y estéticamente bonito, acaba siendo poco práctico para el transcurso de la obra.
Y es que impide que el público pueda ver bien todo lo que sucede en el interior de la casa y que el sonido de las voces se vea dificultado por ese "muro" que se ha instalado ante nosotros. Finalmente, el experimento acaba siendo un poco irregular. Personalmente, estaba sentada en una de las butacas más pegadas a la pared y tuve que cambiarme de silla para poder ver bien.
A pesar de este pequeño inconveniente, la versión de Casa de nines de la Sala Atrium es digna de ver. Sobre todo por la escena final donde Nora se quita la máscara y nos hace vibrar con una toma de conciencia y una verdad que nos estremece el alma.
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