Ciudad mediterránea, calor andaluza

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22 de agosto de 2026 a las 05:30h

Con demasiada frecuencia, para captar lo que nos pasa justo ante los morros, necesitamos la mirada de un extranjero observador. Pensaba en ello leyendo el último artículo del profesor de sociología Eric Klinenberg en mi querido New Yorker (The end of European summer,17-08-2026; el autor viaja hacia ciudades del tipo París, Milán y casa nostra para ver cómo estos entornos urbanísticos, urdidos bajo la idea de la existencia en climas más bien suaves o directamente fresquitos, ahora combaten la presente hoguera climática), cuando el autor se fija en que los guías que conducen rebaños de turistas en el Gòtic cada vez organizan más visitas nocturnas para evitar que la parroquia acabe desmayada víctima del bochorno, algo que —como habitante de aquello que los cursis llaman “calle emblemática”— puedo certificar al dedillo. Recogiendo una idea de la consultora urbanística venezolana-barcelonizada Andreina Seijas, Klinenberg transcribe; “En Barcelona empiezo a ver a gente organizando sus horarios tal como se hace en Sevilla o Málaga: te quedas en casa con el aire acondicionado y las persianas corridas, haces una siesta y entonces, a las 8 o 9 de la tarde, ya puedes emerger”. 
 
Pese a sufrir las inclemencias de la canícula, celebro no haber caído todavía en el paradigma conductual andaluz, no sólo porque en casa somos aspirantes a pseudo-clase media y me toca currar los meses de ocio (¡lo hago bien gustosamente, como saben los lectores de esta Punyalada!). A su vez, durante el verano aprovecho las mañanas para ejercitarme en el mundo exterior (practicando la desastrosa moda del running, justo cuando los expertos dicen que es peor; a eso de las 11... y en ayuno) y, a pesar de apreciar íntimamente el único invento de nuestros enemigos que adoro sin reservas, por las tardes trampeo la somnolencia largándome a la biblioteca del Ateneu, donde uno puede zamparse los libros y los oratorios de Händel que ha reservado expresamente para el tedio veraniego. Sin embargo, incluso los filósofos —últimamente poco acostumbrados a meditar sobre la naturaleza— hemos acabado admitiendo que la terquedad envolvente de esta fiebre transfigura el aire y todo el entorno, condenando así a la esfera celeste (tradicional signo de grandeza y esperanza) a devenir la principal amenaza contra la tranquilidad espiritual.
 
En el artículo antes citado, Klinenberg ejercita el buen periodismo y charla con responsables de la ciudad como Laia Bonet y la arquitecta Maria Buhigas (el alcalde Collboni, ya se sabe, cuando hay que atender a los medios realmente importantes del planeta acostumbra a estar en el lavabo o de vacaciones), las cuales explican bien la transición del ideario naturista del Eixample, la pacificación de las supermanzanas y, en los últimos tiempos, la popularización de los Refugios climáticos (yo redefiniría este naming con un palabro algo más amable, pues hacer sentir a los barceloneses como  exiliados del Kurdistán acongoja un tanto), al proyecto Radars de acompañamiento de la gente mayor más vulnerable y también a la redimensión de espacios de transición entre barrios como el esperanzador proyecto de los jardines Oriol Martorell, gracias a los cuales el socialismo capitalino parece olvidar (¡eso espero!) el estalinismo horripilante de las plazas duras. Pero como dice el propio Klinenberg, a menudo las triquiñuelas del diseño contemporáneo pueden quedar muy bien en las revistas de urbanismo, pero no acaban de resolver los problemas de muchos vecinos.

Refugios climáticos en la ciudad. © Ayuntamiento de Barcelona

En este sentido, diría que la mayoría de barceloneses no se sienten muy cómodos viendo cómo la administración los teledirige hacia edificios municipales, por fresquito que uno esté en las bibliotecas públicas. Nos guste o no, el progresivo calentamiento del planeta tenderá a convertir los veranos de las grandes ciudades en pruebas de fuego para la mayoría del común, y diría que el poder público haría bien en combinar el vanguardismo del diseño con algo tan prosaico como ayudar a que los barceloneses puedan sufragarse la refrigeración de sus casas. Sé perfectamente que el Ayuntamiento, siguiendo ejemplos como el neoyorquino Cooling assistance benefit, ha aprobado ayudas importantes en la instalación de aparatos de aire acondicionado en domicilios particulares. Pero también me atrevo a avanzar que las ayudas al gasto parcial —si entendemos el hecho de respirar, dormir y no morir en el intento como un derecho básico— pronto tendrán que ampliarse a muchos segmentos de la población y con partidas de gasto más generosas. Permítanme la demagogia, pero si hemos sufragado visitas de monjes albinos y de ciclistas musculados, dicho gasto resulta aún más urgente.
 
La condición mediterránea, ay, parecerá exigirnos una transformación tecnológica más que radical. Ya tiene su gracia que, en un tiempo donde todo el mundo disfruta imaginando el apocalipsis que comportará la IA y otras mandangas, el cambio que todo Dios anhela sea poder sufragarse un cachivache climático en su propia casa. Cualquier cosa será buena, evidentemente y si me permite una cierta xenofobia bondadosa, si nos aleja del peligro del andalucismo conductual (a su vez, cualquier esfuerzo está justificado si se trata de quedar bien ante las visitas de mis hermanos neoyorquinos). 

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